dissabte, 27 de desembre del 2014

FELIZ…FELIZ QUÉ?

Otro año que se nos va. No sé si se va por la puerta grande o se desliza por alguna alcantarilla en el anonimato de la oscuridad. Si los que le precedieron fueron una calamidad, éste  les anda a la zaga. Los hay que argumentan que la incipiente recuperación parece poder albergar esperanzas de que la cosa tiene arreglo. Yo no lo creo, no detecto novedades que me lo confirmen. Este año se llevará la palma. Además del bochornoso y escandaloso nivel de paro que existe en España y que la encumbra como líder del mundo civilizado en políticas antisociales, habrá que añadir en su cuenta de resultados el sangrante y vergonzoso expolio de las arcas públicas en manos de la corrupción o, para ser más exactos, de los corruptos. Por mucho que nos quieran hacer creer que es una exageración confundir a unas cuantas manos largas con un país entero. No es cierto, hay tanto mangante y tan suculentos arañazos al bien común que comienza a ser muy preocupante. La corrupción se instaura con plenos poderes en los países donde impera la dictadura o en los que siendo una democracia no está asentada ni consolidada. Este último es el caso de España, somos una democracia pero restringida, poco seria, más adicta al interés particular que al bien común, lo que como en otras tantas y tantas cosas bautizamos como democracia a la española. Spain is different, recuerdan?

Esta semana hemos sufrido la visita del líder de Podemos, una especie de mesías redentor que dice tener la clave para limpiar el país de la casta que cercena nuestras expectativas de bienestar y progreso. Pablo Iglesias se ha equivocado de dirección, ha confundido el destino de sus misivas o le ha hecho una jugarreta su GPS político. Habla rápido, dice muchas cosas, insulta a muchas personas y menosprecia instituciones, pero adolece de imprecisión y en cierto modo de ignorancia. Nos machacan con la cantinela de que Iglesias y sus colaboradores son universitarios, como si este marchamo fuera garantía de éxito ilimitado. Lo mismo que su estudiada imagen descorbatada y en mangas de camisa o los pulverizados vaqueros. Ya conocimos las maneras de un Guerra embravecido vestido de pana enardeciendo pabellones atestados de gorras y el dedo en la nariz. No gracias. Reniega del sistema y su espina dorsal, basa sus argumentos en una especie de arcadia de la felicidad. Me evoca los discursos de Felipe González forrado de pana diciendo NO a la OTAN y que una vez acomodado en el gobierno se dio cuenta de que aquel No había sido una estúpida imprudencia porque en este mundo no estamos solos, y mucho menos España por mucho que se lo crean. En política territorial es más de lo mismo, ninguna diferencia con respecto a PP o PSOE, España es una e indivisible. Libertad para el Sahara o Palestina, pero Cataluña quietecita que está más mona. Pues no Sr. Iglesias, se ha equivocado de discurso y territorio. Nosotros hemos de decidir nuestro destino a solas, sin interferencias, sin salva patrias, sin abruptas intromisiones fugaces en el tiempo y el contenido. Y respetando nuestras instituciones que por algo son nuestras.


No ha sido un feliz año, que va, ha sido un año infeliz, cuajado de malas noticias y peores expectativas. Demasiada podredumbre para poder respirar con garantías de salud y tranquilidad de espíritu. Somos títeres protagonistas de un espectáculo auspiciado por sinvergüenzas, oportunistas, aprovechados y ladrones. A estas alturas del culebrón les he de confesar que ya me importa una higa todo cuanto pueda acontecer en este maloliente corral, demasiada porquería para digerir. Me siento incapacitado para desear feliz año nuevo a sabiendas de que hay millones de parados que me lo podrían recriminar y con razón. Para que luego venga un intruso con coleta a decirme lo qué hay que hacer! Pues no, haremos lo que Podamos para elegir nuestras preferencias, nosotros solitos, y, en su caso, olvidar este mal sueño que ya no es soportable de ninguna manera. Ni sostenible, claro. Qué todo les vaya tan bien como yo les deseo.

dijous, 18 de desembre del 2014

LA DEL BIKINI Y SAN JOSÉ

Yo diría que más qué una tradición, las fiestas de navidad han devenido en unos días de recogimiento, de hacer excepciones, de acordarte de quien ya no está, de convertir las casas en pequeños escaparates nevados de mentirijilla, de acordarte de los que sí están pero no te relacionas, de convertir las cocinas en centros de poder y los congeladores en la retaguardia para el abastecimiento de la tropa. La tradición ya no es otra cosa que puro marketing, bombardeo de publicidad para ablandar los bolsillos, regalo de objetos que no sirven para una mierda o que te regalen dos botellas de vino ensalzadas con lujosa palabrería de sensaciones afrutadas y que no se las bebe ni el perro. Afortunadamente los chiquillos son los grandes protagonistas de todos estos días. Su dulzura y candidez superan con creces cualquier tradición por mucho marketing que haya por medio, son substanciales, auténticos, leales, inocentes, alegres y buenos.

Hasta hace pocos años hacíamos un pesebre bastante aceptable, con los inefables detalles antagónicos como una pequeña grúa tras las montañas izando un carrito de alfalfa, un pequeño tren eléctrico cruzando la noche de papel azul y estrellada cerca del campamento de los pastorcillos o una bonita lancha blanca pilotada por una señora en bikini en un mar de papel de plata. Por no hablar de los borreguitos y gallinas más altas que los propios reyes magos. A sabiendas de que el mismísimo alcalde de Belén nos podría incoar expediente sancionador por gamberros urbanos y, tal vez, los ecologistas de bicicleta también podrían haber ordenado la suspensión y cierre de mi pesebre, más que nada por aquello del capitalismo feroz al ver al niño Jesús con camisetita de Ralph Lauren. Y lo del plan parcial, claro está.

Y un servidor que es gruñón de condición, me estremecía al ver aquel escenario tridimensional, electrificado,  irisado, pintado y embellecido, en estado de saqueo y expolio. Las lucecitas colgando de la grúa, los borreguitos encima de la tele, la señora en bikini sobre el turrón de Jijona o la camisetita de Jesusito dentro de un vaso de coca cola. Pongo voluntad y cariño con las criaturas pero es que a veces me desbordan. El año que encontré a San José, apoyado en su garrota, haciendo guardia en la casita del perro y al ángel de la guarda dormitando en mi zapatilla ya perdí la paciencia. Pero saben una cosa, ahora añoro aquellos años, no por el expolio del pesebre, ni por mis riñones triturados, tampoco porque la perrita hiciera amistad con San José o la ristra de lucecitas estuviera enrollada en la cabeza de la pequeña. Nada de eso, sino por aquellos ojitos chispeantes, las expresiones de sorpresa, las muecas de desconcierto o los gestos de contrariedad. Nada de todo lo contado debe influir a aquellos que tienen nietos pequeños. Los niños son el mejor regalo de la Navidad. Han pasado pocos años pero ya desfilan los cinco con su iPad a cuestas, pero tengo la misma devoción por ellos. Crecen y se aleja un poco la magia de la Navidad, pero el grato recuerdo perdura y, según como, dan más brillo a la reunión.

No estoy muy seguro pero pese a que algunos me atribuyan una cierta frialdad, creo que en el fondo soy un romántico. Sin exagerar, la vida, como tantas otras cosas, tiene dos caras, la antipática, cruel y dura y la que permite emocionarte ante la belleza, derramar alguna furtiva lágrima al oír algunas notas, compungirte por las líneas de algún relato o mudarte por un rato al silencio del bosque, a la sinuosidad de un incierto sendero que no sabes a donde lleva, solo sientes los fríos arañazos de la brisa en tu rostro. También todo ello tiene su pequeña parte de Navidad.


Con mis mejores deseos a todos por los días que se avecinan y para después, también.

dijous, 11 de desembre del 2014

COSAS DE PLUMA Y PATATAS

Sin que nadie te lo ordene, todos escogemos nuestras preferencias, los gustos que más nos satisfacen, los platos que nos sorprenden, la música que retuerce nuestros sentimientos, la belleza que turba nuestros maltrechos sentidos, en fin, las pequeñas cosas que realmente te hacen sentir a gusto por muy sencillas que sean. Vivimos a una velocidad estremecedora que lleva impresa una cruel etiqueta con fecha de caducidad. Y son muchas las veces en que se  nos hace imposible conciliar la realidad con nuestros sueños. Despierta ya, no sueñes! Los hijos, la hipoteca, aquel viaje que lleva toda una vida esperándote, el trabajo atado con un fino hilo a los latidos del corazón, la enfermedad de la que huyes de puntillas creyendo que la esquivas, el futuro del que solo ves su destello en negro. Lo que algunos agoreros llaman pomposamente, la vida.

Pero la vida es otra cosa, tan distinta como alegrarse cada día de la salida del sol, del vuelo de las aves, de unas lágrimas surgidas de lo más hondo del corazón, la sonrisa de un niño o su dulce mirada preñada de inocencia, nada es más vital que la candidez e ingenuidad de los niños. A estas alturas del recorrido yo ya no sé si será constitucional o no, como dicen las voces de la intolerancia y el negativismo esperpéntico, pero déjenme decirles que yo amo la vida en toda su dimensión, sin peros, sin malos augurios, lejos del conformismo y la resignación del que todo lo da por perdido, del que niega la majestuosidad y el silencio de un frondoso bosque, del río que serpentea entre valles, de la niebla que esconde las cuencas, del humo que exhala una vieja chimenea. Esto es vida, no naturaleza muerta como dirían los frustrados y los fracasados.  

No me pregunten el por qué, pero siempre he sido un enamorado de la escritura cincelada con pluma. El placer de garabatear un folio en blanco con pluma es semejante a tomarse un whisky en un vaso o en una copa de balón. El plumín recorre el blanco lienzo al compás de tu mano, acariciando el papel o raspando suavemente los gorgoritos de tu firma. Se deja envolver entre el pulgar, el índice y el corazón como si del brazo de una mujer se tratara. La llevo encima pero poco la uso ya. Los tiempos han cambiado, las prendas de vestir también y las costumbres campan por sus respetos. Además, ya se ha bifurcado el camino y he tomado el que apenas hay sobresaltos ni mesas en donde escribir. A lo sumo anotaciones que sobrecogen y ruborizan al leerlas, por ejemplo: Miércoles, subir a Prades a buscar patatas, 17’30 h. controlar nivel depósito gasoil. Poca y humilde cosa es, no hay citas, apenas tres nombres en uso de la inacabable agenda, mañana comemos juntos no existe, resérvame un vuelo para…ningún día, mandar unas flores a nadie, Alerta, felicitaciones Navidad. Qué horror, ni las patatas desenfundan la estilográfica, quedan fríamente colgadas en una pantalla de colores sin redondeados trazos ni tacto amoroso, sin la ternura de unos dedos moldeando el vals de las letras sobre el blanco papel.


Siempre me ha gustado mandar y recibir felicitaciones en Navidad. Llenaba las paredes del recibidor con todas ellas puestas en pie, como si fueran fotos de familiares y amigos compartiendo los días de fiesta cerrados a cal y canto. En la intimidad atestada de buenos deseos y larga vida. Soñando que todos juntos miraríamos el jardín nevado entre risas y corchos liberados de su jaula de cristal. Las felicitaciones nunca después del día 12, no pueden llegar tarde, nada de pesebres ni rollizos niños entre José y María, solo bellas imágenes de Caravaggio o Botticelli, excepto un año en que mi desbordada pasión por la ópera me hizo remitir estampas de Paris nevando de un cuadro de La Boheme. Pero ya no hay la afanosa caligrafía deseando los mejores augurios con tinta negra. Basta con teclear un gélido “Felices fiestas” y pulsar la tecla de grupo para que 250 personas reciban al momento el escuálido deseo. Ahora mismo me hago una nota, escrita con pluma, en la que dice:”No olvidar felicitar a todos mis amigos del Tren de Llarg Recorregut”. Y eso es lo que hago con el mayor agradecimiento y pluma en mano.  


dijous, 4 de desembre del 2014

ALCOHOL, EXCESOS Y EXCENTRICIDADES

Gerard Depardieu ha vuelto a llamar la atención esta semana en Bruselas. Nadie puede dudar de la categoría profesional de este actor francés que ha atiborrado la pantalla con incontables y soberbias actuaciones. Excéntrico como tantos, a los que no les basta que la gente los adore, necesitan destacar todavía más para dejar su impronta de niños malos y traviesos y, en muchos casos, presentarse como defensores de la injusticia y los desfavorecidos, o adalid de causas perdidas. Aunque no resulta del todo difícil hacer repicar las campanas de la revolución cuando se tienen las espaldas bien protegidas y el riñón a cubierto. Depardieu se exilió a finales de 2012, en protesta por los elevados impuestos que pagaba en Francia, a la república rusa de Mordovia. Como argumento reprueba que cada año tenga de pagar un 75% de sus ganancias al fisco. Es trabajo ganado y acumulado, dice, durante toda una vida de esfuerzos. Lo de qué quien más tiene más paga puede acercarse en determinados casos a una fría y estúpida injusticia. En todo caso que paguen las fortunas heredadas, inmovilizadas, improductivas y que dan lustre a las esperpénticas y grotescas vidas de un montón de holgazanes que, en ocasiones, pretenden incluso dar algún tipo de ejemplo. Yo soy de la opinión del francés.

Siguiendo los pasos de su ex conciudadana, Edith Piaf,  el actor creo que también nació con una botella bajo el brazo. Y no es extraño porque uno de sus negocios más florecientes es la producción de grandes caldos embotellados. Una finca de 30 Ha. en el Valle del Loira le proporcionan más de medio millón de botellas al año de vino de reconocida y acreditada  calidad. No ha escondido nunca su afición por el tintorro, como productor y consumidor. Es un bebedor empedernido y tiene un pasado y presente colmado de accidentes de tráfico y excesos, como presentarse en actos públicos con una pea como un piano. Dice el propio Obélix que bebe cuando se aburre y no hay duda alguna de que se aburre con una frecuencia inusitada. Y cuando le entra ese sopor del aburrimiento puede llegar a consumir 14 botellas de alcohol, según sus palabras "Empiezo en casa, con champán o vino tinto antes de las 10.00.Después más champán, luego pastis (anís francés), quizá media botella. Después la comida, acompañada de dos botellas de vino. Por la tarde, champán, cerveza y otra vez pastis hacia las 17.00 para terminar la botella. Más tarde, vodka y/o whisky".


Esa desmedida pasión por empinar el codo le ha llevado también a ser adicto a hospitales y clínicas. Ha padecido varias operaciones a corazón abierto, lleva cinco bypass y como quien no quiere la cosa patea un hígado que no es el suyo, es prestado. Con su propia avioneta realizó un aterrizaje en Madrid, 1996, colisionando con un Boeing-727 del que salió indemne y con una trompa de gran altura. Hoy, el Depardieu que vive en Rusia pero no se le encuentra nunca, presenta una imagen desoladora. No hay balanza que se la juegue con él, sobrepasado de quilos, con esa enorme nariz fálica  y la punta rosada, la enorme cabeza pegada al tronco, ya no tiene cuello, y unos movimientos más propios de un elefante, viene a ser como una caricatura de lo que fue y, en cierto modo, como la crónica de una muerte anunciada, aunque sinceramente le deseo una larga vida. Espectáculos como el del pasado domingo en Bruselas donde se conmemoraba la I Guerra Mundial, en que tuvieron de retirarlo del escenario sentado en su silla y con una espeluznante borrachera, posiblemente se repita a no tardar. Ahora bien, asumir acciones de riesgo o zamparse 14 botellas de alcohol en un día no creo que se propaguen mucho más. Hasta para un brujo de la escena como ha sido Gerard Depardieu, todo tiene un límite, y el cuerpo también lo tiene. ¡Larga vida para el gran Cyrano de Bergerac!

divendres, 28 de novembre del 2014

DE NOCHE Y LLOVIENDO

Me he estado devanando los sesos un buen rato pero al final he desistido. Cuando las musas se van de fiesta lo mejor es seguir sus pasos y cambiar de aires. La perrita dormía no lejos de mí en su segunda cama, los años le van ganando la partida y apenas se manifiesta, duerme todo el tiempo. Queda poca luz en el exterior, desde mi atalaya veo como las montañas se envuelven en la niebla baja, se distinguen lejanas manchas blancas que  se extienden por toda la llanura hasta el bajo bosque. Son casitas de campo, algunas con una tenue y trémula luz amarilla, y la mayoría a oscuras, como una representación fantasmagórica de la noche que se avecina. La noche de la vida rural es más noche que la de ciudad, son dos noches distintas. Aquí, cuando todos los gatos son pardos, no hay sombras ni claroscuros, ni neones parpadeando. Tampoco hay aceras ni asfalto, ni nadie a quien saludar. No circulan coches y los tractores ya han vuelto a sus guaridas. Pedir un gin-tonic o inyectarse una cerveza bien fría es una utopía, casi todo es utópico en la noche pegada a los almendros y viñas, avellanos, cerezos o los ancestrales y fieles olivos. Ni siquiera el griterío y las risotadas de los niños correteando a ninguna parte. Ya es de noche en los agonizados sembrados, en los márgenes del río seco, porque así se llama y seco está. Hoy no hay contrato con la luna, no hay representación, no extenderá su manto de brillo, su haz divino. Solo hay noche serena, fría y oscura. Si la hubiera, que no la hay, hasta la espesura de la nieve en el valle sería oscura. La noche es proclive al terror, a escenas crueles que se interpretan con los ojos salidos de órbita o afiladas navajas hundiéndose en el apasionado corazón de una despistada muchacha en un callejón sin salida. Por la noche el amor es como los turrones en navidad, te sorprenden, los desenvuelves, los degustas y después te hartas de ellos sin contención ni mesura. Te narcotizas de sexo creyendo que la oscuridad de la noche te protege de miradas indiscretas y esconde el frenético y lascivo deseo entre penumbras rojas y el cerebro enloquecido.

Se cierne la noche sobre la comarca, qué lejos queda el bullicio de la gran ciudad, una fina y persistente lluvia  va calando tejados y espaldas desprevenidas. Las calles se aprestan para asearse y sacudirse de encima restos que la gente desprecia. Hay quien coge el paraguas como si de un salvavidas se tratara, con fuerza, escondiendo el rostro sin caer en la cuenta de que deja la espalda al alcance de las frías gotas. Ando con cierta precaución, el suelo está resbaladizo y tengo una rodilla triturada en fase de regeneración, eso es lo que me dicen. Los bares ya lucen las cristaleras empañadas, fuera hace fresco y en el interior corre la cerveza entre la barra y las mesas, sorteando conversaciones alumnas de la intrascendencia y parlamentos a gritos de no sé qué gol ni en qué portería. Un letrero blanco de matiz desconocido desea felices navidades sujeto a dos latas de cerveza. Todo un detalle. No tardará en llegar el frío, el de verdad, el que en su código de barras se puede leer en letras de hielo protégete de mi. El frío, como la noche, es distinto que el frío urbano. Aquí las afiladas dentelladas del viento rompen cañerías y buenos propósitos. Alguien habrá cursado la orden, las calles ya están engalanadas con las luces navideñas, pero están apagadas, solo alcanzo a ver hierros retorcidos con distintas siluetas y aspecto siniestro que más se parecen a una premonición indeseada que a un ornamento festivo.  Hace días que me pregunto si por navidad nevará, también la nieve de los pueblos es distinta a la de la ciudad. No nieva tanto como antes, entonces miro por los ventanales y puedo ver la vida y la muerte tendidas en el frío silencio de los blancos valles  y el resplandor de las cumbres nevadas.       

dijous, 20 de novembre del 2014

DE PASEO POR LLOFRIU

El miércoles, de buena mañana, el sol anunciaba una demostración de su poder, y el cielo lucía ese dulce color azul con que el propio cielo lo nombra. La agenda del día estaba más limpia que un niño de primera comunión, lo cual me impulsó a centrarme en qué invertiría las horas de una forma más o menos decorosa, para no caer en el ostracismo, la abulia, indiferencia o el confinamiento entre cuatro paredes. Hace pocos días que concluí la relectura del Quadern Gris de Pla. Desde la primera vez que lo devoré han transcurrido un montón de años y me sigue produciendo aquel mismo goce íntimo de satisfacción y admiración por el maestro de Llofriu. Pla ha sido el más grande prosista en lengua catalana.

Ya no me cabe la menor duda de que l’Empordà, igual que la Provenza y la Toscana, despiden el influjo tantas veces narrado de su luz, sus colores y la suavidad de sus paisajes. Los tres lugares se encuentran en la bóveda mediterránea salpicada de azul. Pla mandó sus crónicas desde medio mundo, aunque siempre me han fascinado más sus inicios en Barcelona y su largo retiro en el Mas Pla de Llofriu, Palafrugell. L’Homenot dejó una extensa obra literaria. Pla tuvo que vivir durante gran parte de su vida bajo la censura. Detestaba el desprecio del régimen autoritario por la lengua y la cultura catalanas y su obstinada incapacidad para convertirse en una democracia, aunque fuese tutelada. No se consideraba nacionalista catalán, era un hombre de mundo que creía en las singularidades territoriales. Escritor incansable, hombre de orden aunque de talante liberal, a su modo de ver la vida es caótica, irracional y injusta. Conservador y racional, no siente la acción, aunque sí la voluptuosidad y la sensualidad. Buen conversador, buen comedor y mejor bebedor (ya anciano, el whisky constituía todavía buena parte de su dieta), fumador empedernido de Ideales, tocado de joven con un sombrero hongo y más tarde con su inseparable boina de paisano.

En fin, en cosa de media hora ya me encontraba tragando kilómetros por la autopista en dirección a Francia. Hora y media tuvo que transcurrir hasta que me apeé en una cafetería de Les Voltes, en La Bisbal d’Empordà, creo que su nombre era el drac. Me venía bien un descanso pero a la vez sentía en mi interior prisa para llegar a Palafrugell y acercarme a Llofriu, al Mas de Pla. A mí me gusta describir cuando escribo y recordaba la frase del maestro: “Es más difícil describir que opinar, infinitamente más: en vista de lo cual todo el mundo opina”. Y yo añadiría que son muchos los que opinan y muy pocos los que saben de qué opinan. El 23 de abril de 1981 me encontraba, como siempre, cincelando con los ojos los muros de Poblet y presencié casualmente la salida precipitada del abad del monasterio, Maur Esteve fallecido recientemente, que se encaminaba a Llofriu para asistir a su amigo en sus últimos momentos. Después supe, sin haberlo sabido antes, que Pla había pasado algunos días en Poblet en diversas ocasiones durante sus últimos tiempos. Un vecino, vaya.

Me senté en una piedra del camino que enfila el viejo caserón. Por aquí pasaron personajes ilustres de toda condición. Me lo imaginaba con sus labios pegados a un cigarro, la boina plana, ni de un lado ni del otro, el vaso de whisky al alcance y la mesa abarrotada de folios a medio escribir. Jovial irónico y buen conversador. Ya no disimulaba su decrepitud ni sus harapos domésticos.

Volví a tiempo de comer en casa. La autopista me da somnolencia y me vino a la mollera una expresión del gran prosista ampurdanés: “La libertad es el derecho que tienen las personas de actuar libremente, pensar y hablar sin hipocresía.” Todo eso sucedía cuando por la radio daban la noticia de que el fiscal general del estado daba órdenes para querellarse contra la cúpula de la Generalitat. Sin duda alguna apremiado por las exigencias y presiones  del presidente del gobierno de España. Me preguntaba cómo puede llegarse a judicializar la política y cómo puede politizarse la judicatura tanto. No vamos bien, siento vergüenza del que pueden decir y pensar en estos momentos la mayoría de gobiernos occidentales.    


dijous, 13 de novembre del 2014

LAS AGUAS BAJO EL PUENTE CARLOS

Creo que han sido varias las ocasiones en que he escrito algo de Gustav Mahler. En esta ocasión ha sido sobrevenido en una de esas tardes de ocio, de ocio codiciado, sometido a la influencia de la música, las emborronadas anotaciones en una libreta de dudoso e incierto futuro, y los recuerdos liberados de su cajita de cristal irrompible. Todo cabe, examinado con añoranza y encarpetado con esmero, en esos cortos períodos en donde los recuerdos y las reflexiones se empujan unos a otros mientras, sin apenas apercibirte,  tras los cristales del ventanal el crepúsculo abre sus fauces para engullir el día que se va despidiendo de puntillas.

En los albores de la pasada primavera, en una tarde de cielos encapotados y algo fría, me encontraba en el Puente Carlos de Praga en el extremo de la ciudad vieja, a escasos metros de la Torre de la Pólvora. Las primeras noticias de esta gran obra de ingeniería datan de 1357, este ancho y caudaloso río nace en Bohemia y tras un recorrido de 430 kmts se une con el Elba. El puente sobre el río Moldava tiene más de 500 mts  de largo por diez de ancho. Hoy es peatonal y se encuentra atestado de gente que mediante un y mil reclamos pretenden ganarse la vida. Las aguas fluyen veloces a su paso originando pequeños remolinos que se disputan el líquido espacio.

Mahler era un judío converso al catolicismo, su obra como compositor es monumental y su prestigio como director de orquesta le llevó a dirigir los más afamados teatros operísticos de Europa y Norteamérica. Falleció en Viena en 1911, con apenas 51 años y una vida plagada de altibajos, como la gran mayoría de personajes insignes de los que, habitualmente, tan solo contemplamos la parte positiva o más celebrada de su historia. Pocos son los días o, mejor dicho, las tardes en que no me tienda sobre las nubes al arrullo del Adagietto de la 5ª. El sobre peso de una sinfonía, por su extensa duración, no te permite su audición con frecuencia, sin embargo esta deliciosa composición que dio sentido y color a la magnífica película de Muerte en Venecia, son once minutos fáciles de encontrar y es una manera de sublimar los sentidos, rutinarios y acomodaticios.

Tarareando el adagietto y sintiendo algo de frío, fui dejando atrás el puente Carlos, era pronto para la cena y me mezclé en la multitud intentado con mis lentos pasos poner en orden mis ideas. Atravesé el barrio de las joyerías y en pocos minutos me encontraba ante el reloj astronómico medieval de Praga, en la parte sur del Ayuntamiento. Unos cuantos zapatazos más y ya en los aledaños del barrio judío me di de frente con otro personaje checo, también Bohemio, su legado fue extenso y originó un antes y un después en la literatura universal. La estatua de bronce que le representa es algo enrevesada, igual que sus complicados ensayos. Se trata de un hombre alto y con el cuerpo vacío, y sentado en sus hombros Franz Kafka. Apenas cuarenta años fue el estrecho margen que tuvo para dejar escritas sus afamadas obras, de entre ellas: El proceso, El castillo, El desaparecido o La metamorfosis.

Como siempre ocurre con la gente que deja su huella, su pátina de genio, Visconti recrea la historia escrita por Thomas Mann en la triste y dulce Venecia, con una  escenificación que concluye coronando el trágico y triste final de Muerte en Venecia. Es impensable que la incorporación en la cinta de la 5ª de Mahler pueda dejar indiferente a nadie que la haya visionado. El argumento y la trama que lo teje, quedan mimosamente envueltos en las notas influyentes del maestro Mahler que, sin apenas darte cuenta, resbalan por los viejos y húmedos  callejones de la ciudad más bella y triste del universo musical y literario. Como siempre me gusta repetir, Venecia agoniza perpetuamente.


Y termino, el tiempo para el ocio por hoy se ha terminado. Apago el ordenador, recojo la mesa, despierto a mi pequeña secretaria y apago las luces. Una furtiva y última mirada a las montañas que me envuelven, cuando la noche ya impera, me inducen a pensar que la tierra gira porque muchos hombres y mujeres lo han hecho posible. Todo lo demás…es pura banalidad.