dimarts, 17 d’abril del 2018

CASO CERRADO


Imaginémonos, que ya es mucho imaginar, que vamos a ser testigos de un interrogatorio con fines meramente  informativos de las partes, no de las partes íntimas, que son de otra naturaleza, más constreñida, más peluda. Todos los aspirantes han sido escogidos al azar, no hay relación alguna, ni parentesco, ni mucho menos pago de ninguna especie. Circunstancia que no obvia ni transgrede en modo alguno la legitimidad del estudio oral, para que cada interrogado sea obsequiado con una merienda consistente en chocolate con churros, al finalizar su participación. Empecemos:

Doña Agapita Carrasco, ¿dónde se encontraba usted la madrugada del tal y tal, con una pancarta entre manos? ¿Y qué decía esa pancarta? Pues verá usted, éramos un grupo de amigos que salimos de la disco y nos fuimos a la autopista a montar un sarao. La pancarta decía “Corruptos hijos de puta”.

Muy bien, caso cerrado. Propuesta por terrorismo.

Don Florencio Rascayú, ¿es cierto que la noche del tal y tal se encontraba usted en el bar Mondongo, y se cepilló un cubo de cerveza? ¿Y no es menos cierto que en conversación con su vecino de mesa se conversó en voz baja acerca del derecho a decidir? Pues no sabría decirle, me parece que aquel día cogí una cogorza de las buenas y no me acuerdo de nada. Y en cuanto a la conversación, es que ni recuerdo haber tenido un vecino.

Perfecto, caso cerrado. Propuesto por sedición.

Don Aníbal Gómez. ¿Niega usted que a los postres del día de Navidad del tal y tal, levantó su copa invocando ni más ni menos que el desprecio a la sagrada unión del estado, diciendo “Voy pallá”, dejando a entender sus ansias de marcharse? Pues no acabo de entenderlo, voy pallá podría ser el retrete o la palangana donde vomité mis malditos excesos navideños.

Entiendo, caso cerrado. Propuesto por rebelión.

Doña Inmaculada Rodríguez. El domingo del tal y tal se encontraba usted en la plaza de su pueblo celebrando la buena cosecha de alcachofas. ¿Es cierto que en el tablado de los músicos cantó usted una canción impropia, refiriéndose a personajes públicos? Pues verá, señor, nos hartamos de torrijas y vino del bueno, y allí todo el mundo decía tonterías y vaguedades sin sentido.

Ya veo por donde va. Caso cerrado. Propuesta por cuatro años de trullo.

Don Nicomedes Prostato. ¿Es una sinrazón decir que el tal y tal se presentó a su trabajo con un lacito amarillo en la solapa, a sabiendas del horror que tal desplante causa a un ministro, por ejemplo? Ah, no lo sabía. Pues menos mal que no me vio los calzoncillos negros y aperdigonados.

De acuerdo. Caso cerrado. Propuesto por terrorista.

Doña Encefálica Gutiérrez. ¿Podría decirnos con que avales académicos puede usted justificar el master de final de carrera? Pos la verdad es que no macuerdo, ya han pasao muchos años y por aquel entonses de escuela, poquito.

Perfecto. Caso abierto. Propuesta para Dirección General.

Don Arquímedes Urbano. Del negociado del cual usted es responsable, se han perdido 2000 millones de Euros, sin dejar rastro. ¿Qué nos puede decir al respecto? Si, cierto. Los hemos buscado por todos los cajones y armarios, y nada. No aparecen ni por Dios.

Está claro. Caso abierto. Propuesto para presidente de Autonomía.

Don Tristán Opaco. Se comenta por ahí que usted y todo su equipo cobran en dinero negro, convenientemente camuflados en sobrecitos marrones de salario miserable. Y al parecer hay pruebas que así lo determinan. Hable por favor. Pues verá, así de fácil. El único negro que conozco es el señor que cada mañana me abre la puerta del coche, después de lavármelo.

Correcto. Caso abierto. Propuesto para Dios. 

Bien, hasta aquí nuestro trabajo de campo, con unas tímidas muestras del estado de las cosas. Ustedes han sido testigos de primera instancia y los nominados para no hacer declaración alguna de todo lo oído y visto y, mucho menos, para extraer opiniones o conclusiones. Visto y no visto.



dijous, 12 d’abril del 2018

LETRA A LETRA


Llueve, en buena hora. El agua es necesaria para hidratar el planeta y nuestros enmohecidos huesos. De esas tardes en las que a uno le entra esa extraña morriña, un poquito de recuerdos que ya no volverán y un mucho de ansias de vivir, de conectar con la vida y desprenderse de la rutina. Tarea nada fácil, somos animales de costumbres. Demasiados enredos para sustraerse de la realidad, de lo cotidiano. Casi todo está patas arriba. Da asco. Las lealtades y fidelidades brillan por su ausencia. Tiempos convulsos, tiempos de mentiras e imposturas, de bajas pasiones.

Trece años escribiendo por los descosidos bajo el paraguas del Tren de Llarg Recorregut. Me da la impresión de que esta “marca” ha envejecido, como yo mismo. Qué rápido pasa el tiempo. Me aconsejaron en el periódico que presentase tres opciones, tres cabeceras y, finalmente, acordamos el Tren. Y ahí sigue dando guerra, cruzando estaciones, devorando kilómetros y lugares. Países, gentes, costumbres, paisajes y desgracias también.

Me gusta contar historias, la gran mayoría vividas, las otras pues colgando del trapecio de la inventiva, de la madre de todos los recursos; la imaginación. Cuando la imaginación vuela, ya se sabe, un revoltillo de piruetas en el aire, puertas que se abren y cierran, ilusiones que penden de un hilo y pretendemos amarrarlas con otro hilo. Es divertido abrir el cajón de las letras y seleccionarlas, escogerlas, reseguir su esbelto perfil, y construir palabras, ordenarlas, combinarlas en un perseguido orden hasta que den lugar a frases que suenen acordes y concisas. Como la cadencia de una melodía edificada con saltitos por el teclado de un piano. Juntamos frases para recogerlas en un párrafo. Ordenamos los párrafos y ya tenemos el texto. ¿Habremos acertado? ¿Se oirá una buena melodía? ¿Gustará? Nadie lo sabe en este momento. Tan solo los lectores emitirán el veredicto inapelable; aprobado o insuficiente, este y solo este será el verdadero valor del trabajo. Todo lo demás no importa.
Esta ventanilla, del Tren, ya hace muchos años que se abrió. De cuando en los trenes se podían bajar o subir. Hace ya tanto que hoy las ventanillas de los trenes son herméticas, ya no se abren. La mía sí. A bordo, respiro el acuciante aire cálido y bochornoso de las serpenteantes llanuras y las afiladas e hirientes dentelladas del viento helado de las montañas. Me llega el rugido de la vieja locomotora ululando entre desfiladeros. Veloz, constante y con añeja sabiduría, engulle los desgastados raíles que llegan hasta el infinito sin conocerse, dejando a su paso un rastro descomunal y a la vez efímero de humo negro.


Persiste la lluvia, no da tregua. Ha cambiado el paisaje, los verdes son más verdes y el campo se inocula de primavera. No tardará el sol en apaciguar el termómetro para después enfilarse unos cuantos pisos más arriba, en donde habita el sudor y la modorra. Cuando las amapolas unen sus mejillas rojas y traviesas en medio del sembrado. Conozco partes en las que el granizo ha pulverizado los cerezos, un grave error de la naturaleza. Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos”, Neruda y sus coloridos sueños.

Es tiempo de tren, de maravillas. He tomado el camino de la derecha, las bifurcaciones son para tomar decisiones. El tren se adentra en el bosque y nos enseña sus lágrimas de hierbabuena y tomillo. Los aromas embriagan el espacio, pinos y robles compitiendo por mostrar su impoluta grandeza y los incontables riachuelos transportando su mercancía ladera abajo. Allí están los chopos, como lápices verdes y plateados, secos, recibiendo el bendito líquido, jugueteando entre cañizares exhaustos. La soledad del bosque se ha roto con la llegada de la primavera.



diumenge, 8 d’abril del 2018

EXCENTRICIDADES



“Lo malo de la muerte es que es para siempre”, caramba! Cuantas pocas palabras para encerrar tanta verdad. Fino y sibilino, García Márquez en todo su esplendor. “Perdonen que no me levante” dijo Groucho Marx de la inscripción en su futura tumba. Dos maneras opuestas de enfocar un tema que produce terror a la mayoría de los humanos. Y aun tenemos el popular y campechano “El muerto al hoyo y el vivo al bollo” que se suele emplear entre despistados, vividores y aprovechados. Hace pocos días que tomando café y leyendo un periódico me puse perdido el jersey al leer un corto pero contundente epitafio: Dando las condolencias a la viuda “Lo siento mucho, que no sea nada”. “Hoy por ti, mañana por mí”, no se dice, pero se piensa. Las hay realmente que son para morirse, sobre todo las que se meditan antes de soltarlas y en las que es necesario poner cara de aflicción y el gesto torcido. Como quien tiene ganas de evacuar, vamos. Al oído de la viuda “Puedes estar contenta, Carlitos ha quedado muy guapo”. Versión torticera y cutre “Ha quedado muy bien, parece dormido” “Quien lo iba a decir, ayer tomándose unas cervezas en el bar de Paco”. Decididamente me quedo con la elegancia y señorío de Jep Gambardella, el magistral protagonista de La Grande Belleza. En el funeral de un amigo de cuerpo presente, diletante y aristocrático, Jep, se acerca al féretro con el rostro hierático y la mirada humedecida, inmóvil, ningún músculo en acción y sin una lágrima –para no robar protagonismo a los deudos-, mira al féretro como si estuviera viendo en su interior y se da media vuelta para lanzar su mirada a la viuda, a la que se abraza compungido y susurra al oído “Cuando todo esto pase, dentro de unos días, semanas, quizá algún mes, y el dolor se haya ido apaciguando, llámame, querida. Sí señor, todo un caballero, pero calavera hasta la médula”.

Cada uno de nosotros podría escribir un libro de su vida, relacionando la cantidad de miserias, insensateces, bajezas, mentiras y meteduras de pata que ha oído o presenciado. En este cochino mundo, orillando, enfermedades, miserias y guerras, casi todo lo demás es un coñazo. El que esté libre de culpa que se dé un hachazo, estaría solo. Y no olviden que todo lo que les pueda pasar en esta vida, antes ya lo ha cantado un bolero. Estanislau Figueras ya dijo aquello tan acertado en el Parlamento español «Señores, voy a serles franco: estoy hasta los cojones de todos nosotros». Claro que sí, nos esforzamos tanto a lo largo de la vida para poder llegar a ser lo que nunca fuimos ni seremos, que no nos queda otro remedio que actuar de forma ordinaria, cíclica y renqueante. Antes nos pasábamos las vacaciones de agosto haciendo planes para septiembre. Hoy nos parece poco un mes de vacaciones y aborrecemos de pensar que en septiembre volveremos a lo de siempre, a la rutina. Falta originalidad, carecemos de ella, y llevamos decenas de años conjurándonos para cambiar las cosas, oler aromas nuevos, planear nuevos objetivos…pero antes morimos en el intento. “¿Alguna vez contaste las mujeres con las que has estado?, No soy bueno en aritmética. Respuesta inteligente y sabia.


¿Recuerdan la escena  final de Los Puentes de Madison? Francesca aterida de pavor con la mano en la manecilla de la puerta. ¿Qué hacer? Saltar del coche y abrir su corazón a lo nuevo, lo deseado, lo envidiado, o quedarse paralizada tan solo recordando lo que fue y no será nunca jamás. Petrificada. No hay viento favorable para quien no sabe adónde va. ¿Y debemos reconfortarnos, romper nuestras vidas sin atreverse a abrir aquella ventana que parece llamarnos? “Los viejos sueños eran buenos sueños. No se cumplieron, pero me alegro de haberlos tenido” Muy bonito, sí, ¿Pero qué más?

dissabte, 31 de març del 2018

UNA BALA EN TODO EL CEREBRO.EL JUBILADO


Conozco alguien, conocía, que anteayer no se le ocurrió nada mejor que guardarse una bala justo en medio del cerebro y, claro, ha perdido toda su razón de ser y concluido con todos los proyectos que supuestamente parecía querer emprender. Una pena, que les voy a decir. Se cumplían dos años desde que descendió de categoría laboral y se afilió al numeroso grupo de los desocupados, los holgazanes forzosos, se jubiló. Contrariamente a lo que pudiera parecer, el hecho de jubilarse no es motivo de júbilo, ni de preñarse de alegría alguna. Sinceramente creo que es un mal paso, un vulgar dislate administrativo. Un buen día te levantas, te diriges al espejo con tus calzoncillos y calcetines color carmín, levantas la cabeza ¿Y qué ves? Pues nada, ya no eres nadie, ni tus opiniones importan a nadie, ni se habrá inventado una urna para que deposites tu intrascendente voto. Sin saberlo ni haberlo solicitado cruzarás el umbral de una puerta invisible que te conducirá al planeta de la niebla, niebla perpetua y densa. Poco valdrán los posibles méritos que hayas podido acumular en tu anterior vida, en el planeta de los que cobran a fin de mes, o debieran cobrar. Quizá fuiste ingeniero de no sé qué, encargado de no sé dónde, sindicalista de los que no dan un palo al agua, artista, gay o carnicero. No importa para nada, fue, pero ya no es. Posiblemente el rasgo más remarcable entre la niebla consistirá en la escala de compensaciones, en el rescate de la póliza de seguro que nos han descontado cada mes de la nómina durante una vida, que oscila entre la pensión de los que no se pueden permitir ni comer, y las de quienes han cotizado muy alto y pueden vivir con decoro y algo de desahogo. De los que no tienen desahogo, tan solo ahogo, tú tienes casi todos los números con ser agraciado a no llegar a fin de mes de por vida.

Felicidades, te has jubilado, se han terminado los compromisos y obligaciones, no más reclamaciones profesionales, nada de abusos de alcohol, una cervecita “sin” el domingo, un bochornoso surtido de medicamentos detrás de la cutre televisión, y podrás soplar tu pastel de cumpleaños con las velas requemadas de tus nietos. Y por nochebuena te obligarán a escupir tu pensión en Jamones Pepe, porque a tu nuera le gusta el jabugo “bodega gratis”. Si tienes el inmenso dolor de tener a tu santa esposa en situación de defunción involuntaria, entonces ándate con cuidado porque te van a llover por todas partes: recoger los nietos en el cole, o llevarlos, sacar un perro que no puedes tragar cuatro veces al día, pedirle al médico que te haga recetas de cremas faciales para tu nuera, o a la farmacia a buscar condones gel-fashion diciendo que son para ti. Y el parque, claro, sacar al bebé con su cochecito al parque con un frío astral, y congeniar con individuos de tu planeta niebla. Ah! Y lo que suele joder más: cuando te dicen aquello de, vamos abuelo que usted no tiene nada que hacer.


Y como no tienen nada que hacer, le van robando la vida a sorbos, a trocitos, puede que a besos. Pero te la roban igual porque son besos de espuma evanescente y de color sin tono. La vida, tu vida, claro que la tienes, por supuesto, a menos que desgraciadamente ya te hayan regalado un traje de pino. Cuando me jubile viviré la vida que no he vivido, que no he podido vivirla, viajaré, haré un crucero y buscaré compulsivamente que la suerte me premie. Zasca!, al pino. Entonces que alternativa tenemos, porque si después de la vida en que se cobra cada mes, suspiramos por llegar al planeta niebla para jugar a la petanca, no sé qué decirte. Quizá comprarte la bala de plata no sería mala idea. Pasar una vida entera de trabajo, si lo tienes, si no lo tienes no existes, pagando hipotecas, trabajando diez horas, criando hijos para que te olviden pronto, veraneando en las afueras de tu pueblo, donde la gasolinera, babeando al paso de la Conchi, vistiendo harapos de cuando triunfaban los pantalones de golf, pidiendo aumentos de sueldo de espalda para no verles la cara, llenando el depósito con diez cochinos euros de tu cacharro sin ITV o limpiando los cristales de tus grasientas gafas reparadas con esparadrapo. ¿Por qué? ¿Para qué? Toda una santa vida en el planeta de la nómina mensual, para llegar obsesivamente al planeta de la densa niebla, donde te recibirá papá estado con los brazos abiertos y te colgará una caca de vaca con un cordel, con fervientes deseos de que la casques pronto y se ahorren una pensionita más.

Quizá mi conocido lo comprendió a tiempo, y por todo ello se baleó.

dimarts, 27 de març del 2018

UN POCO DE MÍ Y DEL MAR


Hay veces que, al andar, doy algún saltito, un suspiro de apenas unos centímetros que me eleva a la categoría de insecto. Ni cuenta me doy. Un diminuto charco, una baldosa herida, un excremento prohibido de perro y de dueño exiliado de la norma, un fugaz intento de apretar el paso, un pájaro absorto en tarea nutritiva y, qué sé yo, son tantos los obstáculos de la senda urbana que, a fuer de ser sincero, pienso que camino y trampas se funden en uno solo, las propias dificultades hacen el camino. En mi juventud no advertía estas cosas, no reparaba en riesgo alguno, es más, visto desde mí atalaya edificada con plantas de 365 días, llego a la inequívoca conclusión de que por aquel entonces el único peligro era yo mismo. Bendito peligro de juventud.

Es tiempo de mar, ahora toca visitar un viejo amigo. Todavía no sé a ciencia cierta si se trata de hombre o mujer, macho o hembra, masculino o femenino. Creo que hay de todo, se le nombra indistintamente. Para el caso me es indiferente, siempre lo he tenido por amigo, desde mis primeros escarceos con él. Pero de eso hace ya tanto que de la gramática me olvidé, la única norma que contemplo son los gastados lazos azules que me unen al mar, trajinados por las mismas olas que en un muy lejano día hicieron las presentaciones. Y es así que, aun hoy, la amistad perdura y con muy buena salud. Con tan solo un matiz, él tan joven y uno con las estanterías repletas de caminos y detenciones.

Fue en otras tierras, lejos de aquí. Con una pequeña pala roja, o verde o azul o amarilla, horadando la arena húmeda en busca de nada, vaciando el mar con un pequeño cubo amarillo, o verde o rojo o azul, caí en la cuenta de que no había otra orilla frente a la mía. Su desnuda inmensidad dominaba mi asombro y, de paso, mi vida. Inmensamente silencioso como la noche de luna en la montaña nevada, solo el líquido rumor de las olas arrullando la arena. Eran las olas y sus invisibles  hilillos de oro azul cielo  que, no por ocultos,  carecían de existencia. En aquellos días aprendí a tutearme con el mar, a explicarle mis castillos en el aire, que no eran de arena, mis ansias de saber, tan inanes y efímeras que todavía no sé. Yo le preguntaba y me mandaba sus respuestas con las olas, los hilillos y el oro. Fui entusiasta y aplicado, siempre le respeté, nos hicimos amigos. Corrí un grueso cortinaje a mis espaldas y tras ellas enterré mi pasado. En cambio él lleva miles de años representando la misma función y sigue encandilando, igual de joven, igual de tenebroso en los enfados, mismas tonalidades, alimento de nubes, armador de tempestades, decorador de arrecifes, playas, islotes y litorales.


Ya no le hablo ahora, abandono mi cuerpo en una roca y miro fijamente el horizonte, y entre aquel trazo postrero y horizontal, en ese espacio sin puertas ni cercas, ni ventanas, ahí está él. No es necesaria palabra alguna, es vernos y claudicar, ceder ante la inmensidad y majestuosidad del mar, del océano, de sus profundidades, de su gigantesca riqueza, de sus irisadas aguas. Hace como que no me ve, como los niños jugando al escondite y tapándose la cara con los dedos abiertos, pero me ve, claro que me ve.

Pienso en mi edificio de tantas plantas de 365 días y se me encoge el pecho, se me anuda la garganta, me sobresalto. No aprecio ninguna señal en la orilla, no alteran las olas su vaivén, ningún reflejo de oro. ¿Estaré soñando despierto? Pero calla, quieto, ¡mira! Parece un remolino, a lo lejos. Sí es un remolino, las aguas se baten en un círculo como si quisieran decir algo.

De regreso vuelvo a sentirme un insecto;   una lata de refresco, un bastón olvidado, un trozo de bocadillo, una prenda desvencijada… y un saltito y otro saltito. Caen gotas, la noche es cerrada y el tramo discurre con el mar por vecino, no lo veo, casi no lo oigo, pero lo siento dentro, muy adentro.

dissabte, 24 de març del 2018

LA SAGA DE LA FELI. LA RAMBLA DE LAS FLORES


LA SAGA DE LA FELI

LA RAMBLA DE LAS FLORES

Barcelona, cap i casal de Catalunya, vivía aquellas primeras décadas del siglo XX con cierto signo de resignación, en 1895 España perdió la guerra con Estados Unidos y, con ella, Cuba. También cayeron Filipinas, Puerto Rico y Guam. ¡Chico, vaya palo! A la humillación de haber perdido sus colonias, hay que añadir las enormes pérdidas de combatientes. En fin, ya se sabe, los españoles dijeron a los americanos aquello de <si tienes cojones me lo dices a la cara> y, claro, la escabechina fue de las que hacen época. Se acabaron los paseos por el malecón de guapitos de cara con un habano en la siniestra y el látigo en la diestra. Para hacerse una idea basta decir que las colonias de ultramar eran para España lo que el Imperio Británico era para Inglaterra. Eso sí, a la inversa, al revés. A salir por piernas. Al igual que en América del Sur, en Cuba el único legado que dejamos fue un idioma casi ininteligible, chapucero y ordinario. Por el contrario, en todas las ex colonias del Imperio, se habla inglés.

Ya digo, aquí se vivía con cierto desánimo, para algunos con melancolía y todo. Pero qué coño, esto es España, el poco trabajo que había se lo repartían los de siempre, el sombrero de copa iba a menos, los obreros comenzaban a organizarse, y los burdeles registraban una actividad frenética. Pero ¡tachin! Aparece un salvavidas que se pasa la Constitución por el forro de sus testículos y declara aquello, como hombre de pacto que era, <Aquí no hay más cojones que los míos>, todo ello bajo la cálida aquiescencia del rey Alfonso XIII. En fin, años convulsos 
y revueltos. Miguel Primo de Rivera.

La Rambla de las Flores, donde ya no hay flores pero vestidos de lunares sí y sombreros cañís también, era ya descaradamente la arteria principal de Barcelona. Ahí latía el pulso de una sociedad ávida de prosperidad y bienestar. Los obreros van añadiendo eslabones a su cadena organizativa, los grandes fabricantes, sobre todo textiles, empiezan a abrir la espita de la opresión, logrando entre todos una mejora muy perceptible del mercado de trabajo, aunque de corto recorrido. 


El Liceu funcionaba a toda máquina y el público aficionado y entendido quedaba soslayado, apartado, barrido, por un minúsculo tropiezo, el precio de las entradas. Por el contrario, la platea, el anfiteatro y los palcos en propiedad hervían de caballeros y damas ataviados con las mejores galas, elegantes ternos firmados por sastrerías inglesas y bellos vestidos de gasa y terciopelo que prestigiaban aquel distinguido público que confundía Puccini o Manon con cerámica de La Bisbal. Por no hablar de los buscados antepalcos, había quien lo cedía o alquilaba, en donde un determinado caballero se despojaba de su terno y se quedaba en calzoncillos para cumplir el expediente con su Mari de turno, vestida tan solo con una pulsera a juego con un pesado collar de hojalata. Dicen los bromistas que al final de Andrea Chenier, recién vista por éste humilde servidor, se produce un redoble de tambor y timbal que hace crujir los sentidos y el alma. Pues bien, dicen que ese preciso instante lo aprovechaba algún listillo para conseguir el subsiguiente orgasmo, por decirlo así, pero es falso, es una burla. Como mucho se producían en el momento de subir el telón, al inicio de la ópera. Para cuando lo del redoble ya llevaba puestos los calcetines y la Mari le ayudaba a levantar sus pesados años. Pero claro, ya sabemos que en aquel tiempo era un signo de buen gusto contar en el patrimonio con la propiedad de una amante, una querida, una mantenida, una Mari, vamos.

Durante los entreactos era costumbre acudir al salón de los espejos para convertirlo en el de los pasos perdidos. La gente hablaba caminando alrededor de la gran sala. ¿Le ha gustado Sra. Rubinat el primer acto? O sí, excelente, la escena del contrabajo y la soplano ha sido realmente tierna. A ver, el bajo, no contrabajo, y la soprano, no la soplano, no son un error, un lapsus, que va. No es más que el léxico de una gran dama, enjoyada hasta las ingles, la cual, no tiene la más mínima puta idea de lo que está hablando y, para más inri, le importa un huevo todo lo referente al mundo operístico. Ocurre que su marido la ha premiado para llevarla al evento, y ha dado fiesta a la Mari, que se ha cabreado. En ese paseo circular tan y tan distinguido, no tienen cabida el montón de fulanas que aguardan obedientes en el antepalco, rascándose las pecas de la barriga y maldiciendo su pérfido destino. Con suerte recibirá una chocolatina de coco envuelta en papel higiénico. Las hay que nacen con un pan bajo el brazo y las que lo hacen amamantadas con tintorro, como Édith Piaf. Todo este glamur hoy está muy difuminado, casi evaporado. Hoy te enfrentas a una cola y un tío delante con los tejanos como un colador, para enfundarte uno de jamón y copa de tinto. Veinte euros, no te jode! Pero en fin, mejor así. Haces ver que miras con interés los espejos y pinturas y quedas como un señor, o bien te quedas mirando el mosaico, espléndido, como si te preocupara mucho, mientras le das al jabugo. <La música es la palabra del alma sensible como la palabra es el lenguaje del alma intelectual> ¡Toma ya!

dimarts, 20 de març del 2018

LA SAGA DE LA FELI. Don Amadeu.


Don Amadeu.

Poco queda de aquellos dorados años de Amadeu, el bisabuelo. El Noucentisme fue un movimiento cultural, artístico e ideológico muy latente durante las tres primeras décadas del siglo XX en Catalunya. Pese a ser distinto a los movimientos convulsivos de toda Europa que cambiaron una vez más las fronteras de diferentes estados y con grandes avances en el bienestar de sus moradores. En París triunfaba la llamada Belle Èpoque, una alegre muestra de romanticismo, arte, pintura, literatura, libertinaje y erotismo a raudales. En la conservadora y pujante Catalunya, pujante para unos cuantos, también cunde el desmadre y el descontento del mundo obrero. Apenas unos años antes, 1893, un anarquista lanza un recado en forma de bomba sobre la platea del Liceu. Veinte muertos ocasionó. La burguesía, oligarquía reinante, acusó el suceso. Aquella noche del atentado, salían por los pasillos, mirillas y ventanas del coliseo de La Rambla, docenas de entretenidas, fulanas, queridas y aposentadas. Signo inequívoco y casi formal de la gente de bien. Los antepalcos del teatro se convirtieron en las suits del braguetazo. Nada mejor que un toma y daca oyendo los estertores de Mimí o las veleidades de Violeta.  Tener una querida prestigiaba al factótum y a San Paganini.

A nada de todo ello fue ausente el regio proceder del patricio Amadeu, bisabuelo de Feli. Caballero condecorado por la realeza española, presidente de la comunidad nacional de empresas navieras, presidente honorífico del puerto de Barcelona y propietario de por vida de cien y una distinciones por múltiples méritos. Efectivamente, de la misma manera que no se desprendía jamás del sombreo de copa, sí lo hacía de sus calzones por lo menos dos veces por semana. De forma casual conoció e intimó con una joven, Ivett, muchacha llegada a Barcelona desde su tierra natal, Ciudad Real, con una mano detrás y la otra en el bolsillo. Tenía veinticinco años menos que Don Amadeu, pero pronto se puso a su altura. El cariacontecido caballero, tan sereno, tan serio, con tanto aplomo que daba miedo mirarle a la cara, fue rejuvenecido de tal manera por aquella muñeca de porcelana de Toledo, que se dice que en sus juergas de cama y sábana, Ivett le obligaba a ponerse el sombrero de copa. También se dice que en una ocasión en la que Don Amadeu tenía sed, ella llenó el sombrero de agua e incorporó las tetas dentro, sorbiendo el prócer como una mula atragantada. La castellana era mujer alegre, joven y con ansias de prosperar, no cesaba su interés por Don Amadeu. Tanto es así que, al poco tiempo, a fin de dar anonimato y discreción  a sus visitas semanales, Don Amadeu le puso un pisito en lo que hoy conocemos como Horta, despoblada entonces. Con una única condición, allí no debía entrar otro hombre que no fuera él. Y así se hizo hasta el mismísimo día en que el señor Amadeu se dirigió a conocer su sepulcro. Ella vivía para él, los dos, máximo tres, días en que acudía todo se encontraba a gusto del visitante. Así lo reconocía él y se lo agradecía a ella. Jamás de la vida entró otro hombre, porque los cinco días restantes de la semana, ella atendía otros casos de urgencia de bajos en su antiguo piso de soltera, vamos a llamarlo así. Ivett tenía por costumbre que cuando el señor Amadeu, como lo diría, le parecía que había tocado el cielo, por decirlo así, cogía su bastón por la empuñadura de marfil, representando un dios griego, y se iba pasando el dios por donde no maúllan ni los gatos, bajo la atenta mirada del caballero laureado que se rehacía como podía entre sábanas, cojines y el sombrero de copa. Y ciertamente no es que hubiera tocado el cielo Don Amadeu, por decir algo, es que mientras él se creía que hacían el amor, Ivett tenía tiempo de arreglarse las uñas, tocarse una verruga de la nuca y mirar la empuñadura del bastón, y de vez en cuando decirle <me estás haciendo muy feliz Ami>, y claro, el hombre, instigado y jaleado por la joven, insistía sudando como un marrano, intentando poner firmes sus atributos pero qué, ¡maldita sea!, no conseguía otra cosa que erguir las puntas de su poblado mostacho. Pero y ¿qué?, tenía su querida como exigían las normas de todo bien nacido y, por descontado, de su alta y prestigiada reputación en la sociedad. Su sociedad, claro. 


Por razones evidentes, Ivett no asistió al sepelio de su amante y librador de cheques, todas las fuerzas vivas de Barcelona sí que acudieron engalanados de arriba  abajo con preciosas prendas de riguroso negro muerto. En apariencia eran dos bandos opuestos, los que lagrimeaban y gemían, y los que se tapaban el rostro con los guantes para no delatar sus carcajadas. Ya saben, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Y bollos los había a espuertas.
El notario leía parsimonioso y protocolario las últimas voluntades del ilustre finado. Una vez enumeradas todas y cada una de ellas y los nombres de los beneficiados, como en la lotería de Navidad, el hijo, Jordi, apuntó <aquí faltan diez mil duros>, a lo que el notario respondió con gravedad en el rostro <Su difunto papá dejó escrita la absoluta prohibición de tratar este asunto> Jordi tan solo balbuceó <la madre que lo parió> mientras se atildaba su canotier. Ivett, con el corazón partido, aquel día se lo pasó rodando perdida por la ciudad, sin oír, no viendo nada, no hablando con nadie, casi a ciegas. Ya de noche, entró en el teatro Arnau, se aferró a la barra del bar y cogió una cogorza de las que hacen olvidar del todo. Le preguntaron su nombre, pero no respondió, solo tosía y escupía como una iguana mientras, con el alma en un puño, le llegaban las desgarradoras notas del Relicario y La Violetera, desgranadas por la simpar Raquel Meller.