dijous, 26 de juny del 2014

MENTA, PEREJIL Y BICICLETA

A tocar de mi refugio veraniego, entre el mar y yo, se extiende una finca de respetables dimensiones, llana como la palma de la mano y con una masía blanca en un extremo. Antiguamente había estado plantada de naranjos que poco a poco fueron quedando abandonados. Hace unos dos años procedieron a arrancar los árboles y amontonarlos en distintas pilas a las que fueron prendiendo fuego durante una semana. En el ocaso de su dulce vida el naranjal producía el fruto amargo, imposible de comer pero muy buscado por personas que las escogían para la elaboración de mermelada casera. Hoy la finca se ha dividido en dos mitades: a la derecha planta de menta, a la izquierda perejil. En un principio mi abultada ignorancia me hizo sospechar de tan liviana plantación, que más humilde no puede ser. Me preguntaba cómo podían ganarse la vida con ingentes cantidades de un producto que en los mercados y tiendas de alimentación te regalan en forma de hojas de menta y ramitos de perejil. Hasta que no resistí la tentación de preguntar a un empleado que laboraba en el verde mar vegetal. Tanto la menta como el perejil tienen una presencia minúscula en los mercados puesto que el grueso de la producción va a parar a industrias transformadoras de todo tipo, mayormente del ramo alimentario y también químicas. Eso sí, estoy de acuerdo en que uno puede ser burro de solemnidad pero, al menos, ha de saber guardar la discreción y el respeto ante lo ignorado. Nada hay más desagradable que el sabio de turno, que son muchos, o el ignorante atrevido, que todavía es peor.

El amigo lector puede preguntarse a qué viene esta reflexión o porque hablo del perejil y la menta. Que nadie se alarme, no tengo el menor interés en escribir un mega tratado del perejil ni mucho menos una oda a la perfumada menta. A lo sumo una hojita dentro del mojito que le preparo a mi mujer o un modesto picadillo de ajo y perejil para adornar el pescado. Sin pasar por alto que de buena mañana, cuando los inmensos aspersores riegan la plantación, la suave brisa conmueve los sentidos y optimiza la mañana.

Hoy he descubierto que a marcha más corta, más autonomía tiene la bicicleta. Me explico; tiene tres marchas que no tienen nada a ver con el cambio de piñones. Siempre he circulado con la segunda y podía recorrer un máximo de 45 kmts, pero si pedaleo con la primera puede llegar a los 60 kmts. Aparte de reducir algo la velocidad, debo pedalear con más esfuerzo, la cual cosa, aunque molesta, contribuye al mejoramiento y embellecimiento de mis intrépidos muslos y puedo alargar el recorrido. Es obvio que me estoy refiriendo a una bicicleta eléctrica porque si fuera de las normales ya no estaríamos hablando de bicicletas. Los peatones siguen sin respetar el circuito, con lo cual gastas más pastilla de freno y te hartas de tocar el timbre. Ante una situación de inminente atropello de un señor con sillita plegable en la mano y sombrero de paja que hace caso omiso del timbre, cabe el recurso arriesgado de hacer una finta con derrape incluido para salir airoso del trance, aunque a toro pasado y por el retrovisor veas al señor del sombrero de paja agitar la toalla y gritarte cabrón hasta que lo pierdes de vista. No hay conciencia cívica ni mucho menos educación vial.


Llegados a este punto y en estas que estamos es cuando uno piensa que el amable lector puede meditar que la bicicleta, el circuito y el señor del sombrero de paja, le importan una churra. Es del todo cierto y, bien mirado, a mi también. Entonces, ¿A qué vienen el perejil, la menta y la bicicleta? Pues fíjense bien, no tengo la menor idea del porque hablo de churras. Quiero atribuirlo a que en esos paréntesis veraniegos me siento a la puerta de la calle a ver desfilar el mundo y el mundo es lo que cuento.

dijous, 19 de juny del 2014

ACURCIO DA SILVA

Acurcio fue un hombre gris, muy gris, que dedicó toda su vida a irse muriendo poco a poco, a cocerse en sus propias ambigüedades  y contradicciones. Nació en Lisboa pero se trasladó con su familia a Barcelona al poco de nacer. Jamás volvió, ni sus padres tampoco, a contemplar los crepúsculos lisboetas bajo el cielo atlántico. Onofre, su padre, encontró trabajo en los tranvías de la ciudad, toda una vida cosido a una mugrienta silla de madera expidiendo billetes a todo aquel que quisiera pagarlos. También en aquellos tiempos Barcelona era una ciudad gris, plomiza y mugrienta como la silla del tranvía pero, a cambio, ofrecía trabajos de poca monta a mucha gente socialmente desahuciada y mentalmente desubicada, como los Da Silva. 

Acurcio no conoció colegio alguno, conocía de letras y números lo justo, lo preciso para saber en qué calle estaba y cuantas travesías le faltaban.  Tuvo una infancia miserable en un sórdido piso del barrio chino, compartido con otra familia portuguesa, el espacio era limitado y la intimidad una palabra en desuso colgada en el desván. Sus días y parte de las noches transcurrían por las callejuelas del barrio y que se sepa nunca hizo amistades duraderas. Cenaba los infortunios en cuchara que su madre preparaba de noche y durante el día picoteaba alguna dádiva que caía o de pequeños hurtos en el mercado. Alcanzó la pubertad sin haber encontrado su sitio en este mundo bajo la indiferencia de su padre, que vivía para y con su mugrienta silla de cobrador, y la tiranía de su madre que nunca lo trató como a un hijo sino como un estorbo. Sin haberse puesto jamás en tela de juicio ni el menor comentario en el seno familiar, Acurcio apareció en esta vida como un rutilante e introvertido, cómo lo diría, cómo nombrarlo….un maricón, vamos. Palabra de connotaciones agresivas, dicen, pero entendible en todas las categorías y escalas del tablero mundano.

Ni tan solo fue bendecido por la naturaleza, era de complexión enjuta, la nariz prominente, los pómulos salidos y un brillo en los ojos que delataban la mirada desconfiada de la malicia. Se vestía con cuatro harapos y calzaba alpargatas de cintas. No tuvo ninguna ocupación, maldecía el trabajo porque según decía en ocasiones coartaba la libertad de las personas. La vida es para vivirla, no para mortificarla. Frecuentaba todos los garitos más infames del barrio y su única afición era convivir con el lumpen de la zona: algunos borrachos lenguaraces, cuatro maricones de mal pelo con el rostro azotado y envilecido por la depravación, y alguna puta sin dientes ni cliente que echarse al camastro. De Franco solo sabía que era gallego y la única realidad conocida de Barcelona era la comisaría de la llamada Vía Layetana en donde a fuerza de guantazos y humillaciones aprendió que ser pobre y maricón era un pecado mortal de la época.

Murieron sus padres a temprana edad, al poco de haberse marchado el matrimonio portugués. Acurcio se adaptó a la  vida solitaria y compartió la miseria con chinches y pulgas que se turnaban en devorarlo mientras la tuberculosis hacía su curso columpiándose en sus roídos pulmones. Jamás ganó un duro con el comercio de su cuerpo y pasaba los días con sus noches deambulando por el piso vistiendo ropajes de su madre. Se reflejaba en el espejo y sonreía, se gustaba ataviado con largas faldas y un apestoso pañuelo en la cabeza. Tengo serias dudas de que a Acurcio le gustaran los hombres o se sintiera atraído por ellos, creo que simplemente fue un error de la naturaleza, se sentía mujer, y solo eso. Murió, claro, hizo las maletas sin destino conocido y abandonó un mundo al que no pertenecía, siempre fue un extraño en él.


Por qué Acurcio? Pues porque aunque no lo parezca la vida no es del todo de color de rosa. En esta sociedad nuestra ya levantamos los muros necesarios para no ver ni oír casos como este. Y lo que no se ve ni se oye, no existe. Qué quieren que les diga…. Afortunadamente. 

dijous, 12 de juny del 2014

SON LAS ONCE DE LA NOCHE.

Son casi las once, las once de la noche. El día ha sido caluroso, posiblemente el más caluroso de estas jornadas que llevo aparcado en la playa. Hoy no he podido salir con la bicicleta de buena mañana, como a mí me gusta. Tengo por costumbre levantarme temprano por una razón muy importante para mí: no me espera nada ni nadie. Si sales pronto de casa te esperan múltiples recompensas  en el camino. Los primeros mil quinientos metros corren paralelos a las vías del tren, miro el retrovisor para anticiparme al momento en que la tierra tiembla bajo tus pies, el monstruo de acero te alcanza sin darte cuenta. Es un momento emocionante, compartes el ruido ensordecedor con las eternas preguntas: hacia dónde va, de dónde viene?
Tengo la puerta abierta y también las que dan al jardín, te dejas acariciar por una suave brisa que todo lo envuelve, nada hace pensar que hoy el termómetro se ha excedido. Estoy solo y nada me aísla tanto como la televisión encendida, escribo o leo con música que no perturbe ni distraiga mi atención. Siempre hay una melodía para cada momento, para todos los estados de ánimo. Milú, mi eterna compañera y secretaria, bosteza entre mis pies suspirando porque llegue la hora de ir a dormir. Es fiel y discreta, comparte conmigo grandes secretos. Soy exigente y reclamo de ella responsabilidad en todos sus actos, no entiendo cómo me soporta. Hace unos días, desde La Toscana, me interesé por ella y la respuesta fue la de siempre: está triste y no come. La amo, pero no tanto como ella quisiera.

La bicicleta avanza silenciosa, el circuito es ancho y se amolda a los caprichos del mar: largas rectas, inesperados recodos y puentes de madera que sortean los últimos suspiros de ríos y riachuelos antes de fundirse con el mar. Conviviendo con el paseo peatonal me permite ver las primeras incursiones de los más madrugadores. La mayoría andando a ritmo ganador, otros simplemente andando y unos pocos haciendo alardes con sus nuevos patines evolucionando de manera gestual y resollando sudorosos. Al otro lado las casitas desfilan graciosas mostrando la intimidad de sus moradores, verjas abiertas con familias desayunando al fresco, y otros barriendo los soplos del viento o regando mimosos sus flores y plantas enarenadas por la noche, bajo la atenta mirada de sus peludos o peludas secretarias. Todo discurre según lo previsto, de acuerdo con las normas no escritas, siguiendo fielmente el guión de todo aquel que se conforma con lo que tiene y que disfruta con ello. La gente, en general, no es reivindicativa, no protesta por vocación ni apenas por provocación. Opta mayormente por la intimidad, en familia o con los amigos, sí que en esos ambientes se desmenuzan todos aquellos asuntos que les disgustan o perjudican. Pongamos por ejemplo a los políticos, aunque aquí y ahora no pintan nada, pero son un colectivo que últimamente se ha hecho merecedor del enojo, el repudio, y hasta el desprecio de la gente.


Pero, en fin, para qué vamos a romper la noche con vulgaridades que nos inquietan y perturban. Hay momentos en que casi todo sobra, en que la cotidianidad huye por el ventanal como un abrazo olvidado, como un deseo satisfecho. Tan solo queda la intimidad y el silencio que la mece, queda tu yo más verídico haciendo balance de tu tiempo vivido, de unas pocas horas en las que creíste que la luz del sol y tus ansias de descubrir el nuevo día, te revelarían nuevos caminos, otras maneras  de afrontar tus deseos, tus inquietudes. Ya han dado la una, son muchas las respuestas de la noche pero casi siempre son triviales, nunca son las que tu esperabas o deseabas. La secretaria está tendida en el suelo, con un ojo abierto y el otro soñando en sus cosas. Cierro las puertas, me interpongo en la suave brisa y pienso en el mañana del nuevo sol y la claridad del nuevo día para que todo siga…igual.

dimecres, 4 de juny del 2014

LA TOSCANA (y 3)


Dejamos atrás la Toscana dulce y subyugante para conocer su parte más urbana, quizá más conocida, hacia el norte. Partiendo de San Gimignano la carretera va descendiendo hasta el llano en un trazado sinuoso y de belleza inigualable. Los colores verdes y ocres junto a los omnipresentes cipreses dibujan un cuadro imposible de ignorar y mucho menos de olvidar. Lucca es nuestro próximo destino en el que pararemos tres días. Orillamos la bella Florencia, visitada en otras ocasiones. Lucca es una ciudad sorprendente, al entrar en el casco urbano sientes como un desengaño, como algo imprevisto: edificios que más bien parecen suburbios de cualquier ciudad. Pero pronto sales de tu asombro, la ciudad está dentro de la fortaleza con un perímetro de 4’2 kmts. Tiene cuatro entradas y el tráfico rodado está muy limitado. Su rasgo medieval te sobrecoge, sus grandes plazas, callejuelas y mágicas esquinas te retraen a un pasado de guerras y saqueos constantes. Pero también era mi objetivo secreto, mi esperada ilusión conocer la casa natal de Giacomo Puccini era más que un capricho, casi se había convertido en una obsesión para mí. En el corazón de la ciudad, calle San Lorenzo frente a la plaza de la Citadella, la residencia que acogió al maestro durante su infancia y primeros años de la  juventud, contiene infinidad de objetos personales, manuscritos, fotos y partituras con anotaciones de su puño. El piano con el que compuso su inconclusa Turandot preside una estancia de oscuros tapices y recuerdos familiares. Me dejé envolver por el aura de aquellos espacios salpicados por su inmortal música sin poder evitar un nudo en mi garganta. Por fin el creador de mis mejores sueños estaba frente a mí en otro sueño hecho realidad.

Lucca vive del turismo y sobre todo de Puccini, toda Lucca es un concierto permanente. La Piazza Napoleone ejerce de centro natural de la villa, al igual que la curiosa plaza del Anfiteatro cuya forma es totalmente elíptica. La muralla que circunda la ciudad tiene un perímetro de 4’2 kmts y una anchura de unos cincuenta metros, hoy dedicada al solaz y deporte y con una importante colonia de árboles de todo tipo. A escasos kmts. de Lucca, en la costa norte de La Toscana, se encuentra Viareggio, ciudad marítima abocada en pleno mar Tirreno. Tiene uno de los mejores paisajes costeros del mundo a lo largo de su interminable paseo marítimo. Su playa, porque solo hay una pero kilométrica, está fragmentada en docenas de establecimientos de unos cincuenta metros de fachada que ofrecen servicios de baño de todo tipo, incluidas piscinas. Me quedó la duda de si en este tramo la playa está algo así como privatizada. No lejos de ahí el municipio de Torre del Lago anexo a Vilareggio, se celebra anualmente el Festival Puccini de ópera. El compositor tuvo residencia en esa localidad y dió luz a sus más famosas óperas. El 21 de diciembre de 1938 el nombre de la población pasó a ser Torre del Lago Puccini en honor a su ilustre conciudadano.

Antes de abandonar definitivamente La Toscana rendimos visita a Pisa. La conocía de anteriores visitas, pero en ninguna de ellas pude estar a los pies de la Torre. Esta vez sí, apreciando en primera fila la grandiosidad del monumento atestado de turistas alzando las manos en busca de la preciada foto sosteniendo la estructura. Al día siguiente salimos hacia Milán. Pero esto ya es otra historia. Cierro esta breve crónica imaginando que la brisa de la bella Toscana y el sonido de las teclas en el piano de Puccini se unen para bajar el telón. Aunque esto es imposible porque la belleza y la sensibilidad son inmortales.

dissabte, 31 de maig del 2014

PASEANDO POR LA TOSCANA

Después de emplear tiempo y mucha ilusión en recorrer la bella Toscana, no es difícil entender el por qué la magia del cine tampoco ha sido ajena a esta explosión de delicadeza y ternura de los paisajes. Alguna tarde de lentos y largos paseos, he podido apreciar la luz crepuscular bañando  los valles y colinas dando al paisaje el tono y la forma de las cálidas pinturas. Los bosques se funden con los cipreses y los sembrados, todavía con la caña verde,  contrastan con el rojo intenso de las amapolas que irrumpen en su espacio, se asemejan a inmensas alfombras que tapizan tus sentidos como un caluroso abrazo, como un tímido beso en la larga noche. Pongamos San Gimignano, por ejemplo.

Qué más puedo decir de este paradisíaco lugar que las palabras no empañen ni turben su suprema belleza, su delicado color, su frágil presencia. Anthony Hopkins da clases sobre Dante en el Palazzo Vecchio de Florencia para recobrar su personaje de Hannibal. Roberto Benigni rodó parte de su terrible tragedia en el encantador pueblo de Arezzo, el mismo desde el que escribo estas notas en este momento. En Montepulciano, de ricas y fértiles viñas, también se encendieron los focos para filmar Shakespeare  en su “Sueño de una noche de verano”. En esta misma localización se esforzaron mis muy deseadas Kristin Scott Thomas y Juliette Binoche para dejar constancia de su valía en “El paciente inglés”. No lejos de ahí, en los alrededores de Siena, Rusell Crowe dio vida a Máximo en Gladiator. Siena es una ciudad medieval como casi todas ellas. En la Piazza del Campo, de piso cóncavo y pendiente, se encuentra el Palazzo Pubblico y su famosa torre o campanile. Es en esa plaza donde dos veces al año se celebra El Palio, competición hípica de los distintos barrios  de Siena, muy vistosa por el colorido de los estandartes y las dificultades de la propia carrera en un eximio espacio atiborrado de público.

Volterra es una sorprendente población con más de dos mil años de historia. Se encuentra al sur de La Toscana, no lejos de su costa. Como casi todas las poblaciones se sitúa en lo alto de un monte. Además de su magnífica muralla hay que admirar la belleza de sus callejuelas y mágicos rincones atestados de palacios medievales y con unas vistas a vuelo de pájaro sobre la campiña toscana que hielan el aliento. A poca distancia del pueblo se encuentra un restaurante de carretera en donde degusté mi primer plato de pasta, no soy muy dado a este tipo de comida pero en esta región casi diría que es obligado. Una refrescante mega ensalada y una sabrosa lasaña recién horneada. Todo bien regado con un fino Chianti y rematado con una copita de grapa, como no podía ser de otra manera. Si hubiera que poner alguna objeción a este paraíso de verdor no sería a la naturaleza, que aquí derrochó generosidad, sino a las comunicaciones. Si ya de por si es complicado debido a la sinuosidad del trazado y los eternos desniveles, el piso de las carreteras es un verdadero desastre, una autentica competición de baches,  hoyos y obras, obras por todas partes con limitaciones del tránsito. Característica que igualmente hay que aplicar a autovías y alguna autostrada.


Si hubiera que decantarse por alguna de estas poblaciones en aras de su belleza, sin lugar a dudas escogería San Gimignano, es una delicia de pueblo, es de otro mundo. Sin menoscabar la belleza de las demás porque toda La Toscana es un dulce pastel pero, éste, es para paladares delicados, un verdadero capricho de la naturaleza y de la historia. Mañana partiremos hacia el norte de la región que aun siendo la misma ya es otra historia, pero me consta que también nos ha de sorprender por las incontables maravillas que esconde. Pero será mañana.

diumenge, 25 de maig del 2014

DE FLORENCIA A LA TOSCANA

No hay forma de acostumbrarme, ni de perderle el miedo tampoco, en el momento en que el avión comienza a rodar por la pista y alcanza la velocidad necesaria, la mole de hierro y plastico levanta la cabeza señalando las nubes. Esta maniobra corre pareja e inversamente proporcional a mi estado de ánimo, el avión ruge desafiante en su ascension y yo me derrumbo en un mar de gelatina. La gente charla, lee o duerme, excepto un bebé que ha puesto la directa y sacude nuestros oidos. El espacio escasea, justo el cuerpo, algo de la barriga y las piernas recogidas. Apenas se divisa un fondo azul alli bajo, hemos salido con tiempo nublado y seguimos entre nubes cruzando el Mediterraneo, Florencia espera. La conozco, he estado un par de veces pero siempre de forma superficial. El puente sobre el Arno, o de las joyerias, la Santa Croce, parte del centro y el mercado. En esta ocasión pienso invertir algo mas de tiempo, pero no será hasta el domingo.

Al iniciar la maniobra de aterrizaje el comandante se ha encontrado con una corriente de aire de costado que le ha obligado a zarandearnos como el que acuna a un bebé, produciendo daños laterales en mi acojonamiento general. El aeropuerto de Florencia es pequeño y sin ninguna pretensión, las maletas han salido de su letargo viajero en pocos minutos. Ya en la calle un calor sofocante y el asfalto vestido de carne a la plancha. Del coche de alquiler ni rastro, un letrero poco vistoso nos anuncia en italiano que en breves momentos llegará un mini bus que nos trasladará a la zona de rent a car, como asi es. Un coche largo station wagon que va de perlas para depositar las maletas en la parte trasera. Nuevo, tan solo quinientos kmts., tras fallidos intentos descubro que no se pone en marcha si no piso el embrague. Hace años que no conduzco un coche con cambio manual y la verdad es que le encuentro el gustillo a acelerar o reducir con la palanca. San Gimignano solo a cincuenta kmts, fácil si no fuera por la caótica salida de la ciudad y las horribles carreteras más perforadas que un colador. La Toscana empieza a mostrar su eminente carácter verde, verdisima naturaleza, y los cientos de miles de cipreses se extienden a lo largo y ancho del panorama y formando bellísimas avenidas en la entrada de las múltiples villas que salpican las pequeñas colinas del paisaje. El ciprés era concebido como estigma de poder.


Y el hotel, elección mía, posee unas instalaciones dignas de un rey etrusco, glorioso antepasado de estas tierras. Se trata de un formidable edificio en planta baja formando un suave ángulo. Edificios contiguos, torre de vigilancia, suave y bella jardineria y una gran piscina que permite desde lo alto apreciar la magnifica silueta de San Gimignano al atardecer. Es de estos enclaves en donde la palabra se queda corta, cuesta describir la belleza de sus calles, el milenario adoquinado o las góticas esquinas de embozados y espadachines. Conserva casi intactas sus altas torres, otro símbolo de poder, de forma rectangular y muy altas, al contrario de Siena donde si les cortaron el cuello por la mitad. Carreteras extremadamente sinuosas y envueltas por una orgía sinfónica de tonos verdes, bosques y cipreses...eternos cipreses. No se aprecia aqui una relación o simbología directa con la muerte, como en tantos otros sitios. Altos, estrechos, firmes como un lápiz y apuntando al cielo con osadía. Al contrario de la tristeza que evocan en otras latitudes, aqui es un elemento de sinuosa y espectante belleza. La Toscana es una región pintada de absoluto y fértil verde en donde solo predominan los tonos pastel muy tenues que visten casas, muebles, elementos decorativos y yo creo que hasta la vida de las personas. Pero queda mucho por contar, el viaje sigue su curso y nosotros lo seguimos embobados.




divendres, 16 de maig del 2014

MAR O MONTAÑA, PERFUMES QUE EMBRIAGAN


A esta hora de la mañana el sol impacta en los muros del monasterio y produce el mismo efecto que al atardecer, las vetustas y venerables piedras  adquieren ese cálido color de las manzanas al horno. Desde la salida del astro rey se produce una sucesión de colores y sombras que salpican el entorno de tal manera que cada mirada a lo lejos es un nuevo escenario, una nueva pintura recién colgada. Siempre me debato en esa dicotomía de la que recibo tantos influjos: mar o montaña. A pesar de haber dedicado gran parte de mi vida a enaltecer mi amorosa relación con el mar, a bañarme en las espumosas aguas de la nostalgia y fundirme en sus mil y un tonos azules. A reflejarme en ese  horizonte líquido que el sol transforma en descomunal espejo o palidecer en la noche cuando un rayo de plata lo parte en dos mitades, a pesar de todo ello, digo, mi alma, tímida y vergonzosa ante una indisimulada duda, tuerce el gesto hacia donde los árboles y las verdes llanuras acunan las altas vertientes de bellos terciopelos de musgo y roca.

Desde mi privilegiada atalaya, taller de letras y libros de historias vividas o fantaseadas, los rayos de sol penetran agresivos y preñados de cegadora luz, cruzando los ventanales y ajenos a mi presencia. Que lejos han quedado ya aquellos días en los que en la carretera no había más que asfalto y prisa, cuando los pájaros no eran más que garabatos en el cielo, cuando los colores y las flores desfilaban a mi lado sin verlos. Tiempo en el que otoño no era otra cosa más que color y el invierno frío y barro. Pero ese tiempo ya oscureció tanto que huyó en una noche cualquiera, en algún recodo de una carretera que ya no recuerdo con certeza si más que carretera era un callejón sin salida. Pero las cosas han cambiado, ahora ya no veo asfalto, ni garabatos volando, ni mucho menos prisa para nada, prisa? Pero que digo, tan solo me estimulan las ganas de vivir, de hartarme de naturaleza, de empacharme de bosques y senderos, de hablar con las aves y las flores, de conocer a fondo la vida verdadera, la de las viñas y los olivos meciéndose con la brisa de los campos.

Por un momento he detenido las teclas, me he acercado lentamente al ventanal para abrirlo y sentir como el aire de la mañana trepa por la enredadera y me invade con sus suspiros de vida. Qué placer contemplar la grandiosidad que me rodea presa de un silencio ensordecedor. Los pájaros planean en perfecta formación a escasos metros de mí, parlotean y sueltan lastre en su vuelo hacia alguna torre del monasterio o acaso en alguna ventana de marco centenario. Me viene el recuerdo de un artículo firmado por mi amigo Agustí que con su vieja Olivetti escribió uno de sus más bellos y enternecedores relatos. El núcleo de su historia son un pájaro, una rama de ciprés y el alféizar de su celda. Se imaginan hurgar la mente hasta poder describir con quinientas palabras una historia  de amor, de amor fraternal, de amor por la vida? Escribir es fácil siempre me decía, con qué sencillez y generosidad escondía su maestría. Allá donde esté estoy seguro que seguirá aporreando su vieja máquina llenando el infinito de bellos paisajes pintados con letras.

Se acerca mediodía y los cuadros se han cambiado, la luz es otra y los ocres y verdes adoptan un tono distinto, más suave, más pastel, con menos intensidad. Unos almendros llaman mi atención por su firmeza, quietos, inmóviles, solo balanceando su verde cresta y mirando de reojo media docena de pinos vecinos que sí alardean de su contorno, bailan lentamente pero sin descanso. Los aromas que me llegan embriagan y perfuman mi taller, pasto maldito de nicotina. Debo volver a mi banco de pruebas y concluir este paseo matinal. Después pondremos el tren a punto, el tiempo apremia y la tierra de los mil colores aguarda nuestra llegada.