divendres, 28 d’abril del 2017

LARGOS TRAGOS DE… ¡PRIMAVERA

De lo que se escribe en un blog lo llaman un post, pero es una palabra que no solemos usar, lo ventilamos diciendo "ya he terminado el artículo de esta semana". Pero tampoco es un artículo convencional porque por artículo solemos entender lo que escribe un periodista o una persona de un reconocido prestigio dentro de su profesión. Los blogs, que los hay muy especializados y muy buenos, de infinitas materias, suelen ser razonamientos personales o narraciones literarias escritas con más o menos dosis de inventiva y de experiencias personales.

Dicho esto, ya me puedo dejar engullir por el tobogán de la sinceridad y dar un vistazo a vuelo de pájaro por las pinturas y escenarios con que suelo ensimismarme. ¿Para qué?, pues sencillamente porque ya estamos en primavera y en las almas medio bohemias se nos disparan las ilusiones y nos late un pueril hormigueo que se mece en nuestro interior, como pequeñas burbujas, al igual que pellizcos de labios amorosos. Porque los colores han vuelto a cambiar, a irradiarse todas las tonalidades de la paleta, incluidas las más llamativas y chillonas. Primavera, primer verdor. No hay lugar para el aburrimiento, ni para mirar atrás removiendo las nostalgias, los malos momentos. Es tiempo de vivirlo con plenitud, arrinconando los miedos y las indecisiones, haciendo lo que siempre hemos anhelado y no hemos tenido valor para afrontarlo, desfalleciendo y amparándonos en la auto complacencia, en las excusas piadosas y los engaños innecesarios. ¡Vive!



La literatura, el cine o la poesía van llenos de primavera. "Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”. Pablo Neruda. Es tiempo de vivir íntegramente minuto a minuto, no dejarse vencer por los inconvenientes, el desánimo o, mucho menos, por la indiferencia. Cuando la vida te aporte razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y una razones para reír. Pisa la hierba húmeda, desafía la tristeza mirando las flores, camina por los bancales soleados, ríete con los pájaros, chapotea por encima de los arroyos. Muéstrate agradecido y da gracias que la primavera esté contigo.

Cuando en la primavera no había televisión, todavía era una palabra por inventar, cuando la vida era sólo una sórdida pelea por la pura supervivencia y a los euros se les llamaba céntimos, la gente se apropiaba de la calle y convertía las noches en un gran salón en donde comprar y vender historias mediante la palabra. Palabras preñadas de recuerdos. Sillas en círculo y los abuelos en lugar preeminente resguardados de la brisa marinera. Se escuchaba al abuelo con respeto y orgullosa admiración. En primavera ya se podía vestir la sudada camiseta y el zurrón atestado de hambre. De madrugada el carro y la mula, a golpes de herradura, rompiendo justo el silencio para despertar gorriones y sueños imposibles, siguiendo vetustas grietas hundidas en el camino en medio de extensos sembrados verdes, salpicados sólo por la nariz de tímidas amapolas. Pero, no teniendo nada y careciendo de casi todo, ya conocieron la luz de la primavera antes que nosotros, que lo tenemos todo. No se puede comprar la primavera, pero tenemos el privilegio de sentirla y amarla.


"Realmente soy un soñador práctico, mis sueños no son bagatelas en el aire. Lo que yo quiero es convertir mis sueños en realidad ". Si Gandhi quería ser práctico con sus sueños, como no lo había de ser un soñador como yo. Que me he pasado la vida observando el paso de las estaciones desde la ventana del tren. Embelesado.

dimecres, 19 d’abril del 2017

SANT JORDI. LA PASIÓN POR LOS DIOSES

Vuelve S. Jordi, rosas y libros, y me ha parecido apropiado reproducir parte de un artículo que escribí el verano de 2011. He querido releer las biografías de tres iconos de la dramaturgia norteamericana que para mí son héroes de cabecera: Tenesse Williams, Scott Fitzgerald y Arthur Miller. Del primero al último sólo los separan 19 años de diferencia (1.896-1.915). Comparten con letras de oro su legado a la historia de la literatura y, de rebote, a abrumadores éxitos made in Hollywood. También les tocó vivir la Gran Guerra y la penosa Gran Depresión.

Medio alcoholizados, arruinados, enriquecidos y con tendencias depresivas, son talentos de los que a menudo sólo conocemos la monumental obra literaria que les ha convertido en faro de la dramaturgia americana. Tennesse Williams, el autor de Un tranvía llamado deseo, La gata sobre el tejado de zinc y La noche de la Iguana, era una mente siempre torturada, en parte por su ambigüedad religiosa y por otra la homosexualidad declarada, que le delata convirtiendo a la mujer en protagonista de sus dramas que transpiran indefectiblemente sexo y violencia. En el fondo, todos ellos, son personalidades muy complejas, complejidad que se transmite a sus personajes de papel.

Arthur Miller que, para no quedarse atrás, nos ha dejado La muerte de un viajante, Las brujas de Salem o Panorama desde el puente, entre otros. Sufre el rigor de la Gran Depresión y su cómodo estatus se ve hundido y lo hace mudarse desde unas excelentes vistas en Central Park hasta un modesto apartamento en Brooklyn. Acusado de veleidades comunistas es perseguido y acosado por la famosa caza de brujas del Comité de Actividades Antiamericanas, siendo exonerado en 1958 por el Tribunal de Apelaciones. En 1956 se casa con Marilyn Monroe y la fiesta dura cuatro años y medio, en los que la rubia pendón se las hace pasar canutas.

Las dos últimas veces que estuve en la ciudad de las hamburguesas y los Hot dogs, he sentido la "necesidad" de ir a pasear por Long Island. Los años 20 Nueva York era el paradigma de la opulencia y el crecimiento de Estados Unidos. Mientras la alta sociedad gozaba de su propia "Belle epoque", la mafia extendía sus tentáculos en una ciudad ávida de juerga. Las playas de Long Island se convirtieron en lo más in de la aristocracia y de los capos. En 1925 aparece en las librerías El Gran Gatsby. Por más paseos que di en aquel escenario de grandes mansiones y enormes casas de madera pintada, no he podido nunca ver a Robert Redford ni Mia Farrow saltando empalizadas por los verdes prados que rodean las largas playas. Pero si he sentido el aliento con olor a tinta de Scott Fitzgerald tomando cuidadosas notas en una zona rocosa del lugar, hoy medio decrépita. Llamado el redactor de una Generación Perdida, dijo adiós muy pronto, a los 44 años.



Sin duda El Gran Gatsby es la mejor novela de Fitzgerald, retrato de la América posterior a la Gran Guerra, inmersa en la Ley Seca y la mafia, con la proa señalando el gran crack del 29. El novelista, de origen humilde, nace en Saint Paul, Minnesota, en 1896, y como la gran mayoría de estos notables narradores sus libros hablan de ficción mezclada con vivencias propias y del entorno en que se mueven. En este caso la infidelidad a su esposa Zelda, la obsesión por hacerse con la alta sociedad y las penurias económicas, son una constante en su relato de la vida alocada de Nueva York. Jay Gatsby habla mucho por boca de quien lo recrea con una máquina de escribir. Grandes fastos, dinero, sexo y alcohol se dan la mano con verdaderos dramas donde la homosexualidad, el desastre económico, la enfermedad, la infidelidad o la esquizofrenia dan un tinte de realidad a sus ajetreadas vidas. A pesar de su vocación como novelista, las novelas no le procuraron ingresos suficientes para mantener el opulento tren de vida al que le inducía su propia esposa y tuvo que escribir narraciones cortas para revistas publicitarias. Todo para hacerse notar en las distinguidas borracheras de Long Island y sus aristócratas del dólar.


"Lo peor es cuando has terminado un capítulo y la máquina de escribir no aplaude" (Orson Welles).

dimecres, 12 d’abril del 2017

UNA PAELLA CON ESTILO

Les confieso que cuando en algún restaurante leo algo parecido a esto “Paella al estilo de Raúl”, de forma inmediata me pongo en guardia. Y es que tengo mis razones, razones que no son otras que parapetarse en el sentido común. No soy un gran comedor, ni mucho menos, antes al contrario, poquito pero auténtico. A mí lo de la cocina de investigación, de autor, o creativa, me suele inducir a la aparición de ronchas y granitos en la dermis. Y no es que esté en contra de prestigiar y dar barniz a una profesión que en el pasado solía esconderse en el anonimato. La explosiva aparición en su día del maestro Ferran Adrià, sin parangón en todo el mundo, ha revolucionado positivamente el sector de la restauración, desde los fogones hasta la puerta de entrada, y falta que le hacía al sector. Adrià no es un vendedor de tómbola ni un prestidigitador de las malas artes, es un innovador y un perfeccionista. De su cuerda han aparecido por todos los rincones un batallón de grandes cocineros que han dignificado la profesión.

Y esta sublevación gastronómica no se ha limitado a los fogones, cazuelas y ollas. Atañe a camareros, personal auxiliar, lavabos, limpieza, cordialidad, seriedad, rigor, amabilidad, vajillas, cubiertos, decoración local, mesas y lencería. Para qué vamos a engañarnos, no hace mucho en que algunos de los locales, llamémosles estándar, y bares de comidas, eran verdaderos  templos de mierda, paredes desconchadas, sillas cojas o mantelería raída por el uso. Sin dejar de lado algunas cocinas en las que había que entrar con zancos o hundir los zapatos hasta los calcetines en la viscosa y rancia grasa. Ponerse los dedos en la nariz tras una cortina o tocarse los labios al descorchar un vino tampoco eran rarezas ni hechos aislados.

Desde siempre la parte más conflictiva o desmotivada de un negocio, no han sido las ventas, las compras, las inversiones o el mantenimiento. Donde la cosa cojea de verdad es en el factor humano, en las personas, en el género humano, o sea, todos nosotros. Nos cuesta adquirir en nuestro quehacer cotidiano eso que ahora dan en llamar la excelencia, procurar hacer todos nuestros actos bien hechos, sin réplica posible, sin dar lugar a que nos llamen la atención, hacer prevalecer la propia dignidad.



Pero centrémonos en el inicio. Si yo pido una paella de marisco, lo que espero es precisamente eso y no otra cosa. No me vale el estilo de Raúl, porque lo que hace Raúl es deconstruir la paella para convertirla en una creación a su gusto, que no es el mío, y no quiero recuerdos  de gambas palamosinas  ni humo perfumado al vapor de las cigalas. Yo exijo las gambas y las cigalas perfectamente ordenadas en la superficie y a la espera de hincarles el diente. Y el arroz lo quiero ajusticiado al fuego de leña, si puede ser, con los granos al dente y aromatizados con ese fondo de paella castigado por los efluvios de los frutos del mar y condimentos habituales. No quiero una especie de risotto que nadie ha pedido, con granos humedecidos y un color de mierda de oca que 
desvanece al comensal.


Tampoco son de recibo los cuchillos tridimensionales, que no se sostienen quietos ni se adaptan a la mano para el corte. Solo quiero cortar el filete, no dirigir una orquesta con ese hierro. De la misma manera que me niego a usar una servilleta de papel, el papel para el inodoro, la servilleta de tejido, almidonada, y de colores pastel. Nada de negras u oscuras, las servilletas negras para las tinieblas o para Jack el destripador.  Y si tengo la ocurrencia de pedirme un surtido de quesos como postre, no necesito un pesado a mi lado instruyéndome en el orden de consumo, de más suaves a los más añejos. Que se lo cuente a su abuela, yo sé mis preferencias. Que no me revienten con los quesos, si yo pido Idiazábal, Brie o Cabrales, es justamente eso lo que me pide el cuerpo, y no que me sirvan una mierda de quesos del súper de la esquina con dos tísicos cubiertos. Un Enate consistente para los quesos, me lo guarda en la nevera 15 minutos antes. ¡Señor, el vino tinto no se bebe frío! Hay que joderse, sabré yo como quiero las cosas!

dijous, 6 d’abril del 2017

ROYAL NAVY Y OTRAS OSTIAS

Hace pocos días Mariano Rajoy, el impertérrito, anunció a bombo y platillo el paquete de inversiones que su gabinete destinaba a Catalunya por un importe de 4200 millones de euros. Omito el hecho de que tal asignación no es sino una pequeña parte de lo que se nos adeuda por incumplimiento de presupuestos anteriores. Hoy, el ministro Montoro, ha dicho con respecto a la susodicha pasta que, bueno, sí, pero que no. O sea, de acuerdo, muy bien, adiós muy buenas. Eso me provoca la duda al pensar que tal juego de palabras se deba al cabreo de los que pagan poco y exigen todo, o que se deba a un postrero castigo a la tierra que paga mucho y apenas recibe nada. Por separatistas, díscolos, protestones y maníacos de las urnas. Todo puede ser. ¿Por qué será que los catalanes están encoñados en celebrar un referéndum y preguntar a la gente qué coño quieren decidir con su futuro? Por tozudez, por tocar los bemoles, porque son fans de los rovellons y calçots? Yo me inclino a pensar que no, que no es eso. Podría ser atribuible a la escudella y la carn d’olla? Tampoco, no creo. Entonces, cabe la posibilidad de que esas ansias de votar sean una patraña para encubrir al Timbaler del Bruc? Recuerden que este aguerrido muchacho aporreó de tal manera su tambor que los crujidos y bramidos rocosos de la montaña santa expulsaron al francés en su día. Hay versiones para todos los gustos, sin ir más lejos hoy he oído a dos señoras de edad gritando en medio de la plaza que de ninguna manera iban a prescindir de los buñuelos de Cuaresma, los redonditos y los del Empordà. No es un tema fútil ni menor. A escasos metros, en el paseo, una nutrida representación de la cofradía de pescadores manifestaba su oposición frontal a la desaparición del romesco, siendo jaleada y animada con gran jolgorio por parte de los fabricantes de mocadors de fer farcells (pañuelus de hacer bultos). Llevamos ya tanto tiempo con el coñazo del referéndum que ya no sé si queremos votar o botar o saltar o brincar. Yo sí quiero porque me parece singularmente patético que no me dejen opinar. Querrán creer que cada vez que oigo la palabra referéndum, me asaltan a la mente Venezuela y Corea del Norte, ¡Porque será!



El Sr. Rajoy, que de orador tiene un rato, dice que España es la nación más antigua de Europa y uno de las países más importantes del mundo ¡glups! Recontrahuevos, ignoraba yo tan edificantes adjetivos. Joder, iluso de mí, que creía que se resumía en tortilla de patatas, trileros y toros ahuevados. Bien, bien, de acuerdo, pero entonces… si en esta posición tan mayestática se encuentra en el concierto de naciones, cómo es posible que no se le haya pegado nada de países tan arcaicos y tan importantes. Y no hablo de mejillones al vapor ni siquiera del muy considerado bocadillo de calamares, no. Me refiero a la independencia de los poderes públicos, a la corrupción, la negociación, la equidad en la distribución de los recursos, la condescendencia, no privilegio, con los que más aportan, el castigo a una población de siete millones de habitantes por no ser de tu gusto, etc. En fin, pequeñeces que no se corresponden con uno de los países más importantes del mundo.

Si será importante que ahora resulta que con el bye bye –Brexit- de Gran Bretaña, se les ha ocurrido hincar el diente en el roñoso pedazo de roca conocido como Peñón de Gibraltar, que está lleno de monos. Al parecer allí sí que les gustaría hacer un referéndum para saber la opinión de sus habitantes –llanitos- que, como era de esperar, ya se han manifestado con aquello de…y un huevo. También han metido cuchara ilustres Lords, Sires, ministros y militares ingleses, con contundentes razones: Una acción militar como la de Las Malvinas, tenemos un ejército muy superior al español y, a medio término, aplastaríamos España, invitar a Londres a los líderes separatistas catalanes y exponer a Naciones Unidas el deseo de Gran Bretaña de que Catalunya sea independiente, al fin y al cabo los catalanes, al contrario de los españoles, son un pueblo abierto de miras, atlantista y que hace mil años ya comerciaba con Cornualla y el País de Gales. Recontrahuevos! Vaya tíos. ¿Y si preguntáramos a los cinco mil españoles que cada día cruzan la frontera con el Peñón para ganarse las papas? En las páginas de The Sun he leído “los gibraltareños no quieren a los Follaburros dirigiendo su estratégico enclave”. Joder, que fuerte!!


dimecres, 29 de març del 2017

BIENVENIDOS A COÑILANDIA

Señoras y señores, después de mucho meditarlo me reafirmo en el convencimiento de que este país es un coñazo. Vean y lean, por favor. El martes vino a Barcelona el Sr. Rajoy vestido de rey mago, sin oropeles ni corona. Al parecer se mostró receptivo y cercano, a los suyos, claro. Tiró de cartera y regaló a los catalanes ni más ni menos que 4200 millones de euros. Sin duda un gesto que es de agradecer, en concepto de futuras inversiones en esta tierra de psicópatas que se proponen romper España. Todavía no se sabe si la romperán a martillazos o a golpes de urna, está por ver. Pero resulta, cago en la mar, que el saldo negativo de las inversiones en Catalunya se estima en diez mil millones en proyectos de ejercicios anteriores no ejecutados. Incumplimiento por falta de memoria? O sea, los trenes de cercanías son máquinas del tiempo que siempre retroceden, las carreteras estatales son un tiovivo y tramos de vías de un solo sentido. Y cuarenta mil cosas más que duermen en algún cajón ministerial. Del vital Corredor del Mediterráneo, de momento, tan solo sabemos que es un corredor. ¿No será el corredor de la muerte? Suena mal. En fin, durante la entrega de juguetes por el mandatario, no perdió la ocasión para avisar al que quiera oír, de que, si los catalanes siguen haciendo el tonto, actuarán de forma prudente y proporcional. No les suena a amenaza? Cago en la mar.

En otro orden de cosas, la inefable sultana del Sur, doña Susana Díaz, en el acto inaugural del CaixaForum de Sevilla, acompañada del Sr. Fainé dijo “La apuesta de La Caixa por Andalucía con el CaixaForum es la constatación de que Andalucía es una tierra de confianza, que merece la pena y que exige el compromiso, la inversión y el respaldo de las instituciones”. No pide, exige. Bonito, no? Al día siguiente Fainé y Díaz firmaban un acuerdo en virtud del cual La Caixa destinará 50 millones de euros para colaborar en acción social, educativa y cultural con la Junta, ¡Ole mi niña! Apenas un año atrás en un mitin garbancero, para excitar el personal, decía “La principal entidad financiera de Andalucía es La Caixa. Cuando los andaluces paguen sus impuestos, sus préstamos, sus hipotecas, ese dinero vaya a Catalunya y tribute en Catalunya y además dicen que es de los catalanes (un servidor no entiende na) Con nuestro dinero, con nuestro trabajo, con nuestro esfuerzo, ¿con nuestro salario? ¡Ya está bien, que digan la verdad, que digan que España quieren! Pues con todo respeto doña Susana, es que no queremos España de ninguna manera, estamos entristecidos por sentirnos culpables de llevarnos su dinero. ¡Tan solo aspiramos ya a largarnos de aquí cagando ostias, y lo siento mucho eh! No volverá a ocurrir.



Vaya, vaya, vaya, por aquí asoma la voraz mano del señor Millet. Menuda pieza, en serio. No solo saqueó con mano de hierro el Palau, sino que el tio se hizo acreedor de sutilezas y gestos muy propios de un sibarita de las finanzas. Al parecer se valía de cuatro conserjes que con su esfuerzo aliviaban la gestión diaria del maestro Millet. La cosa funcionaba más o menos así: “A ver Manolo, te vas al banco y cobras este talón”. Lo que Manolo no sabía es que el papelito era por ciento veinte mil euros y que la carterita que traía no le servía ni para taparse las vergüenzas. Finalmente encontró la solución proveyéndose de una bonita mochila de la que hasta del ganchito de la cantimplora colgaban billetes. ¡Genio, que eres un genio! Parece ser que un día era tal la pasta que tenían que acarrear los cuatro conserjes que, al regresar con la mercancía, parecían cuatro excursionistas con la espalda doblada por el empuje de los billetes de quinientos euros de nada. Talmente parecían cuatro boy scouts en fila india, silenciosos y disciplinados. En fin, un enamorado de la pasta, un amante del papel tintado, un arduo defensor de sus métodos.

Ya digo, esto es un coñazo y sálvese quien pueda. Lo malo del caso es que quizá no pueda salvarse ni el niño del botijo.



dimecres, 22 de març del 2017

LOS GRITOS DEL SILENCIO (Coñas aparte)

Las pequeñas historias cotidianas acostumbran a ser más divertidas, pero también más intrascendentes, aunque no por ello carecen de sustancia. Evidentemente me refiero a sandeces, perogrulladas y meteduras de pata varias. En este caso voy a referirme a dos señoras y un señor. La policía local de Salamanca fue advertida el día 9 de diciembre pasado, por la noche, de que en un determinado piso de un bloque de viviendas, arreciaban unos gritos espeluznantes de mujer que tenían el bloque aterrorizado. Eran intermitentes, no continuos, y con puntas de gran intensidad que se mezclaban con aparatosos crujidos de muebles. Tal alud de llamadas activó una patrulla a las cinco de la mañana. Los agentes se situaron en la puerta del inmueble y uno de ellos desenfundó el arma. Los gritos eran pavorosos y agudos, antes de llamar a la puerta los sabuesos investigaron, vía oreja en la puerta, llegando a la feliz conclusión de que la señora era presa de un mega orgasmo de proporciones gigantescas. De tal manera que esperaron un receso de la pareja para no cortarles su fino y vistoso trabajo. En resumen, una multa de 150 euros a la mujer por alterar el orden público nocturno. Me duele en el alma que el ayuntamiento no haya propuesto una condecoración al causante de tanto chillido, porque dar caña seis horas no es cualquier cosa. Me imagino a las damas del inmueble, una vez calmadas, decirle a su marido “Lo ves pelacañas, eso es un tío, no como tú siempre roncando. Cochina envidia.

Nos situamos en New York, este caso es más comedido porque, con su permiso, hablaré en primera persona. La misma situación anterior pero sin gritos, el hotel en la calle 42 entre Station Central y el edificio de la ONU. Mi mujer me pateaba las piernas porque en la habitación contigua no cesaban los ruidos, murmullos, quejidos y golpes al cabezal en nuestra pared. Le dije “duérmete que se están polvoreando y no vaya a ser un tejano de esos de dos metros que hacen el amor con sombrero”. Al final no tuve más remedio que llamar a recepción, pero mi injurioso inglés provocó que a los diez minutos llamara a mi puerta un pedazo de negro amenazador. No había forma de que entendiera la situación, tuve que gesticular con ademanes groseros y movimientos eróticos, señalando la habitación de al lado. Yo no sé si el pacificador de uniforme entendió que me quería cepillar a la vecina de habitación o que me le estaba insinuando a él con mis gestos eróticos. Levantó el dedo índice, bramó un Ok, y se largó con viento fresco. Y encima tuve de oírme “No te sabes explicar”.


Mi mujer se encontraba fuera, de viaje. Y un servidor, con mi hija, mi  hijo y su novia, nos fuimos a Madrid. Por aquel entonces yo iba frecuentemente a Madrid, nos alojamos en el hotel de siempre en la calle Comandante Zorita, cerca de Azca. Quise marcarme un detalle y les invité a un fin de semana en “donde alfombran con claveles la Gran Vía”. Para abreviar, el segundo día me comunicaron del hotel que se había producido un error y no tenía reserva para aquel día. Nos enviaron a otro hotel en la plaza del Callao. Barrio de teatros y follones varios. Imposible dormir, música y cante a toda pastilla. “Buenas noches, me puede decir que sucede con tanto griterío”. “A si, perdón, mire es que estamos pared por pared con el teatro y hoy actúa Manolo Escobar hasta las doce”. “Pues entonces llévense el teatro a las afueras, no?” “Disculpe, ahora mismo llamo a ver si es posible bajar el volumen.” Dormimos poco, pero el hartón de risa que nos pegamos fue de manual. “Mi carro me lo robaron, estando de romería/Mi carro me lo robaron, de noche cuando dormía”. Si señor,¡Con dos cojones!!

dijous, 16 de març del 2017

NO ME VENDAS LA MOTO

Hace casi dos décadas que los domingos salgo con moto de cuatro ruedas, siempre en domingo, ni durante la semana, ni los sábados, siempre en domingo. Los últimos tres años he salido poco por una cosa u otra. Me encuentro en una situación de difícil resolución, se me presentan dudas y contrariedades sobrevenidas: miedo, desconfianza, temor, pereza, frío, lluvia, viento y pánico de quedarme tirado en cualquier curva de la montaña. Como lo diría, principalmente terror de pegarme una ostia y que me tuvieran que recoger con grúa. Parar mi es una razón de consistencia. Estas motos no se han hecho para la carretera, por lo que siempre estamos sumergidos por los infinitos vericuetos de la montaña, bosque en definitiva. Las posibilidades de clavar el casco, con los sesos dentro, en la cepa de un pino son muy altas. Del mismo modo que encontrarse en el atajo una curva inesperada de las que suelen ser de 180 grados y salir volando barranco abajo. Conste que nunca hemos sido osados ​​ni hemos hecho el animal, pero los peligros son frecuentes e inminentes. He tenido ocasión de presenciar verdaderos desastres y cabezas partidas, situaciones que impresionan y acobardan. Afortunadamente hasta el día de hoy me he librado, ahora bien, sustos, a puñados. También he de decir que somos respetuosos con las tierras de cultivo qué nos topamos y cuidadosos en no dañar los caminos o senderos. También he visto multas de los señores forestales de 2500 euros, que son un montón de desayunos campestres. El desayuno suele ser el rasgo más interesante del itinerario. Bares de pequeños pueblos de montaña, garetos asilvestrados y tugurios en los que son necesarios un par de oeufs para adentrarse en ellos. El menú siempre es de tenedor y cuchillo, y en muchos casos de pijama y orinal. Nada de bocadillos o vulgares bocatas. Carne a la brasa, judías, pimientos, cebolla, arbequinas, alcachofas y rovellons en su tiempo, suelen ser protagonistas asiduos. El vinazo siempre con gaseosa, por lo del beber, y siempre con porrón. Capítulo café y chupitos mejor no mencionarlo porque nunca se sabe. Tampoco me apercibo si algún colega, con aires de prestidigitador, desenfunda del bolsillo una petaca reluciente llena de escocés. Lo más molesto es en verano, cuando en los caminos luce un palmo de polvo, los efectos son tan exagerados que cuando llegas a casa pareces una sábana en moto, hasta el punto de que el perro te ladra por intruso. Entre el calor del sol, del equipamiento y del motor, sudas como un marrano antes del degüello. Y siempre que encuentro un pan de payés de verdad, vino garantizado, bizcochos o patatas de Prades, compro. Esto genera un recibimiento más afectuoso. Incluso un año, en Pascua, llevé para después del desayuno una espléndida Mona dentro de una de esas cajas tan horrorosas en que las suministran. Me parece que la perdí tres veces par el camino, con lo que abrimos el paquete y nos la comimos como la tradicional paella en Valencia, todos cuchara en mano e ir arañando.



Ya digo, hoy por hoy solo veo peligros y obstáculos. Así me quedo tranquilo, me engaño a mí mismo, le traspaso todas los culpes al entorno o la climatología y alargo las salidas. Pero es todo falso, una pura engañifa, un fracaso personal, una ineptitud contrastada. Sencillamente es que ya no soy el mismo, no tengo los reflejos que tenía, me da miedo sortear cualquier obstáculo, me canso con la postura montado en el caballo, me duelen las piernas y al día siguiente tengo agujetas repartidas como buenos hermanos por toda mi maltrecha carrocería. Esta es la única verdad, hoy ya no soy lo que era si es que alguna vez fui algo más. Y a todo eso no sé porque les explico estas tonterías. Iré pensando el porqué, ahora no lo sé.