diumenge, 30 de març del 2014

LA ISLA ESMERALDA Y EL PIANO

LA ISLA ESMERALDA Y EL PIANO
Hace ya muchos años, demasiados quizá, decidí pasar unas largas vacaciones en Menorca, no conocía el archipiélago y por lo que tenía oído me seducía más ir  a ésta isla que no a Palma, que ya se hallaba inmersa en la vorágine del turismo y la consiguiente masificación. De Menorca disponía de una información más acorde con mi manera de pensar, se podrían encontrar playas medio vírgenes, tranquilidad en grandes dosis y precios algo más tonificados que en la capital. Embarqué en Barcelona una tarde de julio con un calor sofocante, no recuerdo la compañía naviera pero si el barco, en aquellos momentos me pareció una maravilla, pero años después tuve la oportunidad de navegar varias veces con transatlánticos y ahora recuerdo aquel como una verdadera cafetera. Llenaba el paisaje de aquella España gris y decadente. Al atracar en el puerto de Mahón doce horas después, alquilé un 600 para poder desplazarme hasta Binibeca, que era mi destino, y  visitar toda la isla sin problemas de desplazamiento.

Binibeca vell es, o era, un delicioso poblado de pescadores creado en la década de los setenta, con múltiples edificaciones blancas y encaladas cortadas por un mismo patrón y que forman una distribución laberíntica de sus callejuelas. Un centro turístico para los meses estivales. Me adjudicaron un precioso apartamento en una primera planta y un mini torreón en la terraza asomada al mar. Enseguida me dije que este Mediterráneo no es el que tú conoces.Lo mismo al amanecer como al anochecer el mar ofrecía un espectáculo en donde las únicas palabras que eras capaz de pronunciar eran largos silencios, ensimismado, absorto, diríase que hipnotizado. Años más tarde volví a reencontrarme con ese Mediterráneo que desborda los sentidos en la isla de Capri.

Los primeros días los dediqué a recorrer las cortas distancias del enclave: Cala Galdana, Fornells, Alaior, Ciutadella, en donde aprovechaba para dar gusto a la lujuria con mesas bien pertrechadas con frutos del mar. Tenía unos amigos en Es Grau, fui a visitarlos y me invitaron a visitar la diminuta isla den Colom en su pequeña lancha, jamás había visto aguas tan cristalinas. Al anochecer llegaba a Binibeca rendido y fatigado pero con la ilusión de instalar en la terraza un simulacro de cena con la que poder compartir el ocaso y muerte del día en el horizonte, donde mar y cielo se funden en un abrazo teñido de negrura. Pese al calor, de noche refrescaba y la temperatura te rehacía de los rigores diurnos, se instauraba un íntimo ambiente en el que la lectura, el silencio, el rumor del mar y los intermitentes rayos de algún lejano faro daban una calidez al lugar que hacían inútil no fantasear. En aquellos jóvenes tiempos ya sentía una envenenada pasión por la música,pero carecía de educación musical, vibraba por la emoción de un concierto o una melodía, pero desconocía su origen, el cómo y el porqué de aquel sugestivo encadenamiento de notas. Sabía que con una sinfonía el compositor trataba de explicarnos una historia, un estado emocional, un lugar, pero era incapaz de traducir en palabras aquellas bellas y sublimes emociones de los relatos pintados en un pentagrama.

Por la noche, poco antes de las diez, cada día llegaba de puntillas una brisa envolvente, como una dulce caricia que no solo no estorbaba o rompía el momento, nada de eso, eran notas de piano que paralizaban mi deseada soledad. Al cabo de unos días descubrí que se trataba de una dulce señora de cabellos plateados que tocaba al piano el Nocturno de Chopin. Una noche me dijo “És fàcil, pruébalo” Lo he intentado tota la vida y la melodía suena, pero nunca he sabido darle el aire y el sentimiento que Chopin le imprimió.Durante aquellos días había alimentado mis propias controversias e incertidumbres, no obstante pude marchar conociendo un mar esmeralda y una licenciatura musical para toda mi vida.

diumenge, 23 de març del 2014

ROSAS DE PRIMAVERA

Ascendíamos a lo alto de la montaña en busca del nuevo resplandor, a la descubierta de los verdes pastos que alfombran prados y laderas, de las flores que salpican y colorean nuestros ojos, del tímido murmullo de juguetones arroyos  que se deslizan cuesta abajo empapando sinuosos lechos entre musgos encallecidos y helechos de verde esperanza. “Doña Primavera de aliento profundo, se ríe de todas las penas del mundo. Doña Primavera de manos gloriosas, haz que por la vida derramemos rosas. Rosas de alegría, rosas de perdón, rosas de cariño y de exultación”. El tren resopla en su lento y cansado camino, exhala pequeñas nubes de vapor blanco que se diluyen entre hojarasca y las copas de los pinos. El silencio de la montaña impone su ley y los oídos gandulean, tan solo captan los sonidos del silencio.

Casi tres meses sin subir al tren proporcionan una apetencia improrrogable que por fin he resuelto: volvemos a surcar viejos y nuevos caminos hasta allí donde los raíles se cruzan y desaparecen en el horizonte. Los girasoles desfilan tras la ventanilla mostrando sus maquilladas caras, pícaras y cambiantes, inacabables extensiones de diminutos sembrados asomando su tímido verdor. Y las cepas extendiendo sus brazos al sol disfrazadas de retorcidos esqueletos de madera. La naturaleza narcotizada por el crudo invierno vuelve a sonreír con la llegada de la primavera. El tren atraviesa desfiladeros, cruza puentes y se sumerge en la oscuridad de las entrañas de la montaña. Las ciudades desaparecen bajo un manto de polución y los pueblos le siguen mirando como aquel destino deseado y desconocido. Andenes vacíos y otros llenos de lágrimas y pañuelos.

Los versos de Gloria Mistral enardecen la llegada de la primavera con rosas de alegría, nos habla de la luz, de los colores, de los fértiles campos y la madurez del espíritu. De la vida nueva, morir y renacer en primavera, explosión de la sabia naturaleza, eclosión y colorido en las paletas del pintor, en las estrofas poéticas. Qué es la estación de las flores  sino juventud. Claro que si, la primavera se transforma en el lado amable de la vida, donde los corazones palpitan con rubor de pecado, con guiño enamorado, con la ilusión de todo lo deseado. Amor de juventud, pasión de sangre caliente, derroche de sentimientos y orgía de sueños inalcanzables. Esto es primavera, esto es juventud. Lo canta el poeta y lo digo yo. Derramar rosas.

Pasó el afligido otoño y el crudo invierno y, con ellos, muchas primaveras quedaron ya olvidadas y sin retorno posible “Con unas hebras de plata  me pintará los cabellos y alguna línea en el cuello que tapará la corbata. La vejez... está a la vuelta de cualquier  esquina, allí, donde uno menos se imagina se nos presenta por primera vez”. Quisiera volver a ser niño, a creer que la vida es una sucesión interminable de primaveras, confiar en que nadie es más que ninguno, en que el sol calienta lo mismo para todos. Abrir las ventanas y dejar que el aire fresco y limpio sea siempre mi fuente de inspiración, que el trino de los pájaros al amanecer no sea un  sueño. Dejar que mi cuerpo y mi alma se llenen de amor, amar con desvelo, sentir que una mirada me turba y el calor de un aliento me hipnotiza.


Soy propietario de muchos otoños, pero no por ello voy a dejar envilecer mi pensamiento ni mis entrañas. Ya siento la primavera penetrar por todos los resquicios de mi alma, es como algo que llama a tu entornada puerta y te llena de vida. Es la primavera que aunque no haya venido para quedarse, llena los campos y los corazones de atrevidas flores y aromatiza nuestros sueños para hacernos olvidar los otoños y recordar que la vida es bella.

divendres, 14 de març del 2014

SÁCAME EL DILDO!!


Saben ustedes lo que es un Dildo? Pues la verdad, yo no tenía ni idea del significado de ésta palabra, mi ignorancia es supina en según qué materias. La cuestión es que el pasado sábado el periódico publicaba una noticia según la cual un individuo residente en Madrid, había ingresado en un hospital con una perforación intestinal de pronóstico grave. No hace mucho escribí alguna cosa acerca de ciertas prácticas sexuales que acaban directamente en el servicio de urgencias de uno u otro hospital. En este caso el hombre, del que no se especifica su edad, se había introducido en el ano un artilugio de proporciones gigantescas, ni más ni menos que cuarenta cts., de materia ajena al organismo, conocido como Dilbo. O sea, un consolador de campeonato, de apaga y vámonos a urgencias. Un unicornio fatal.

Prosigue la narración dando cuenta de que el terrorífico bicho permaneció alojado en la cavidad trasera del sádico personaje durante más de 48 horas. Ignoro si la placentera introducción fue llevada a cabo en ese sórdido espacio del placer solitario o si recibió la ayuda de algún colega con amable disposición y ávidas manos. Se me ocurre pensar que el pobre hombre, por mostrarme comprensivo, debe de ser alto y robusto, porque si engullendo lo que engulló le perforó los intestinos, no quiero ni pensar si se tratase de un hombre menudo porque además de los intestinos se hubiera cargado también la dentadura, el pobre. Eso por no hablar de los daños colaterales: desgarros, roturas, irritaciones y heridas varias.  Supongamos que el empalado estaba solo, en la salita de la tele, se coloca de espaldas a dos metros de la pared, agarra con una mano el misil bildo y se lo acerca al objetivo, y con un decidido impulso retrocede con furia hacia la pared y queda servido del todo. Pero claro, pasan los minutos y el cuerpo comienza a dar signos de incomodidad y él, solo, confuso y relleno como un calamar, comienza a dar voces por el patio de luces, llamando la atención de todas las lolitas del edificio. Con la puerta entreabierta y una pierna lejos de la otra, el hombre desnudo les señala su trasero vilipendiado entre gritos y lágrimas, no de placer, sino de dolor, de crujido intestinal. Y cómo le dices a un taxista…Lleve a éste hombre a urgencias que va envarado hasta el epigastrio? 

No es ninguna menudencia, ni un quítame de ahí esas pajas, se trata de un acto voluntario en un momento pasional en que los ojos enrojecidos de deseo y la mente enloquecida por el megasexo, arramblan con lo que encuentran y no dejan orificio por taponar. Siendo a veces las consecuencias de una gravedad como para echarse las manos a la cabeza y el culo, con perdón, a la mesa del cirujano. Un verdadero espanto. Son centenares los casos de este estilo que muchos doctores tienen que afrontar en su día a día. Ingeridos por error o colocados dentro del cuerpo humano de forma voluntaria, son muchos y variados los objetos que han acabado en el interior de una persona a través de algún orificio.

Aunque partiendo de una posición respetuosa con todo el mundo, que cada cual haga lo que más le apetezca con su intimidad y su cuerpo, no deja de sorprenderme que en aras a un extraño afán de superación, de escudriñar el más difícil todavía, se hagan prácticas y ensayos con el cuerpo en busca de satisfacciones sexuales que se asemejan más a una tortura  y orillen el placer de dos personas entregadas. La propia mitología está llena de episodios y anécdotas en donde los asnos, la pata de una silla o una exótica fruta son protagonistas de escandalosas situaciones. Por no hablar de las bolas de madera, cordeles, ungüentos, anillas, consoladores eléctricos o falos plastificados y devastadores. En dónde está el límite?

Qué quieren que les diga, no es el caso, pero ni cobrando me aplico 40 cts. de cornamenta con mando a distancia en el trasero. Ha quedado claro de que se trata un Dildo?

dijous, 6 de març del 2014

París

De todas las veces que he estado en París, ni una sola he llegado por carretera y mucho menos por los aires. Siempre en tren, quizá por deformación afectiva, por mi ya largo romance con los raíles. Puntual, a las nueve de la mañana apearse en el andén de la vetusta Gare d’Austerlitz es sentir un hormigueo de los que agitan las costuras del cuerpo. Para mi ha dejado de ser la ciudad luz, me basta con oír sus cinco letras, París es una de las ciudades más hermosas que conozco. Sugiere modernidad, progreso, elegancia, glamour, arte, ciencia, espectáculo, cultura, educación y amor. Paris y el amor van indisolublemente unidos.
La primera vez que la visité, hace más de tres décadas, carecía de reserva alguna, nadie previno que era necesario un alojamiento, era de noche y el frío batía las avenidas y plazas. Todavía recuerdo el nombre del hotel, a escasos metros de la òpera, Intercontinental, un pequeño Versalles del que no me he repuesto del susto. Hoy creo que es el Paris-Le Grand y la habitación más sencilla está en torno a los 400€. La plaza de la ópera es un bello enclave presidido por el Palais Garnier, la ópera. En su confluencia con el Bd. des Capucines se encuentra el Café de la Paix, fantástico establecimiento con marquesinas en la acera al más puro estilo parisino. Lugar de tertulia y observación, las mujeres que lo frecuentan desprenden el aroma inconfundible del glamour local. Exceptuando aquel primer viaje, en el que quemé las suelas de los zapatos, ya siempre me ciño a los mismos recorridos. Tras la ópera, en la que degusté una soberbia Manon Lescaut, se halla el Bd. Haussmann en el que se encuentran las Galerías Lafayette, de la que una vez vista la bóveda y cualquier corte ingles, ya está todo visto. Creo que mi afición por el queso nació en Francia, no hay comilona que no se precie de un buen queso a los postres. No lejos de ahí, recuperando metros, se mantiene intacto Le Grand Café Capucines, en el boulevard del mismo nombre, con fastuosa decoración a lo Toulouse Lotrec, en donde puedes dar cuenta de una mariscada que haga saltar por los aires tu patio dental y someterte al desenfreno de la lujuria y los placeres mundanos, envuelto en un ambiente rococó muy confortable.
La exclusiva Avda. des Champs Elysées nos conduce hasta la plaza de Etoile –Arco de Triunfo- plaza de la que parten en forma de radios doce calles y avenidas. Por la Avda. Marceau, por ejemplo, podemos descender hasta el Sena justo en el puente de l’Alma, con resonancias de lady Dy. Para hacer un crucero por el Sena basta con embarcarse en los Bateau Mouche, los hay de más lujosos pero no merece la pena. Si el horario me sonríe siempre hago un recorrido de día y otro de noche, Paris desde el río es una postal kilométrica.
Y para concluir esta primera parte del recorrido, nada como apostarse al aire libre en alguna cafetería de los jardines de Trocadero, frente a la Tour Eiffel, en la orilla opuesta. Símbolo de Francia y de la Grandeur. Un café, una libreta y un lápiz servirán para dejar constancia de que París no solo bien vale una Misa, sino toda la admiración que seamos capaces  de prodigar. París hace olvidar todo lo demás, deambulas absorto en medio de sus bellos y singulares edificios, jardines o museos y te apercibes de que no estaba agotada tu capacidad de sorprenderte ni de asombrarte. El destino me ha llevado a conocer docenas de grandes ciudades, pero la impresión que te produce la ciudad del Sena es patrimonio de muy pocas. París huele a fragancia de perfume, a flores, a acordeón. Y no es un sueño ni un espejismo, es tan solo que está cubierta de pétalos de amor y te riñe el alma por no haberla conocido antes. Quizá habrá que seguir hablando de ella.

dijous, 27 de febrer del 2014

LA VIDA COMO UN BOLERO

Se ha dicho infinitas veces que la vida es como un bolero, o si lo prefieren, también se dice que el bolero en si es un relato de la vida. En su marcado acento romántico conviven los celos con la distancia, el amor con el odio, la pena con el resentimiento, y así uno tras otro  van desfilando en un paseo musical lo mejor y lo innombrable de las pasiones humanas, de las relaciones de pareja. “Tu diste luz al sendero en mi noche de fortuna, iluminando mi cielo como un rayito claro de luna”. Existen diversas expresiones del bolero, pero parece que el clásico, el típico, surge en Cuba allá por 1840, el de guitarras y percusión. “Que importa saber quién soy, ni de dónde vengo ni por donde voy, lo que yo quiero son tus lindos ojos, morena, tan llenos de amor”. La «era dorada» del bolero es coincidente con el período de las dictaduras militares en los años treinta, cuarenta y cincuenta. El éxito del bolero sirvió a los intereses de estos regímenes, ya que promovía cierta alienación romántica en un público al que se quería mantener al margen de las cuestiones políticas. En sus tiernas y melosas letras se discute de la frustración del amor perdido o traicionado, del recuerdo vivo de un cariño que hiere el alma. A veces en nombre de un sentimiento traicionado se invoca a la muerte como destino fatal de aquel fracaso.” Espera un poco, un poquito más para llevarte mi felicidad. Espera un poco, un poquito más, me moriría si te vas”. “Pérdida, eso sí fue pérdida, cuando lo perdí todo porque perdí tu amor”.

En aquellos años Cuba y México se convirtieron en la meca del bolero para músicos y artistas. Pero rápidamente se extendió por todo el continente sudamericano y también en Estados Unidos. Por nombrar unos pocos dentro de la interminable nómina de genuinos representantes del género, recuerdo: Los Panchos, Lucho Gatica, Chavela Vargas, Agustin Lara, Moncho, Celia Cruz, Dyango, Gloria Lasso, Nat King Cole, Jorge Negrete, José Feliciano. No sigo, es interminable. “Llévatela, y si es cierto que le tienes mucho amor, eso hará que no le encuentres ni un error, vivirás agradecido a su calor. Ah, me olvidaba decirte, si al querer decir tu nombre, pronuncia el de otro hombre, así le paso conmigo. Por eso vamos mi amigo, te suplico la lleves, por el bien de los tres”.

Aunque musicalmente parezca que pueda tener cierta afinidad con el tango, son completamente distintos en las cadencias, el ritmo y el paso de baile. No así en las letras en donde si comparten tal cúmulo de desgracias, infidelidades y traiciones que nos evocan los sentimientos a flor de piel. ”Y yo también me confundí, cuando te ví basura me volví”. “Nosotros que nos queremos tanto debemos separarnos, no me preguntes más, no es falta de cariño, te quiero con el alma, te juro que te adoro y en nombre de este amor, y por tu bien, te digo adiós”. O es que acaso las relaciones de pareja, en su mayoría, no atraviesan por ese largo camino plagado de trampas y cepos nacidos todos ellos de los impulsos humanos descontrolados y desatados en un momento dado? Si quieres ser feliz arrúllate con tu amada con un buen bolero, y si tienes penas que ahogar…”Sin ti es inútil vivir, como inútil será el quererte olvidar”.


No quisiera concluir este pasional momento sin dedicarle al Sr. Rajoy un bonito bolero que tanto y tanto nos habla de él: “Suave que me estas matando, que estas acabando con mi juventud, yo quisiera haberte sido infiel y pagarte con una traición. Eres como una espinita que se ha clavado en mi corazón. Suave que me estas sangrando, que me estas matando…”

dijous, 20 de febrer del 2014

LA GIMNASIA DEL ALMA


Demasiadas flores para un jardín tan pequeño. Es tan abultada y renovada la información de que disponemos cada día, la incesante cascada de acontecimientos que se van produciendo cada minuto en el mundo, que llegamos a creer que todo ese bagaje de conocimientos nos infunde la sabiduría necesaria para  poder opinar de todo, o de casi todo. Y no es así, al contrario, son tan ingentes las entradas en el  cerebro, inputs dirían hoy,  que las absorbemos a la misma velocidad con la que las olvidamos  para dar paso a otras de nuevas y sin solución de continuidad. John Lennon decía que no es necesaria una espada para cortar dos flores, y es muy cierto, pero es que hoy ni eso, no precisamos de herramienta ni arma alguna para podar la vorágine informativa que se nos echa encima veinticuatro horas al día. Una solución para no vivir acongojados y presionados tal vez podría ser mantenerse al margen de los medios, no ver televisión, no pasearse por internet, olvidar que hay periódicos, huir de charlatanes, tertulianos y mitineros revolucionarios. Ignorar a los que presagian lúgubres tinieblas en todas las latitudes. Y a los que se muestran complacientes con el estado de las cosas, los que se revuelven de placer en el estercolero de la injusticia, de la confusión, o los que de la corrupción hacen un acto de fe. Porque no solo nos lastiman el pensamiento, es que nos hieren el alma. Y huir también de la ignorancia, porque ya se sabe, la ignorancia es osada, es temeraria, se permite adoctrinar de lo que desconoce, y bien es verdad que es más fácil comprometerse con un estúpido que no con un ignorante. Lo remachaba Sócrates ya hace unos cuantos días: Solo hay un bien; el conocimiento, solo hay un mal: la ignorancia. Entendiendo por ignorante no al iletrado, sino al descarado y eterno sabiondo, agresivo y desafiante. El que cree saberlo todo orillando su hondo desconocimiento de casi todo. Prefiero aquellos que cuanto más estudian, más descubren su ignorancia.

No podemos sustraernos, vivimos en un mundo globalizado en donde lo sucedido en las antípodas tarda segundos en entrar en nuestras vidas. Es la velocidad de la luz aplicada a la información. Posiblemente si fuéramos capaces de encontrar la piedra filosofal que nos permitiera ser selectivos en los tiempos y las formas, lograríamos un estado emocional en donde la serenidad, la objetividad y la comprensión nos harían más ilustrados, más entendedores. Menos provocadores, menos intransigentes. Renunciar a tantas y tantas horas estériles de televisión, de debates absurdos  vacios de contenido y sobrados de prepotencia y soberbia. Pensar por nosotros mismos, valorar según nuestro criterio, no generalizar por costumbre y otorgar a cada cuestión su justa trascendencia. Sin magnificar, sin exagerar, sin convertir una nimiedad en un  tabú vital. Ante tanta vacuidad e insolencia para los sentidos disponemos de los remedios más eficaces a nuestra disposición sin costo alguno. O es que acaso nos menudea tanto el tiempo que no queda espacio para la lectura de un buen libro. Refugiarnos un rato en la espesura de unas páginas y saborear las andanzas de un héroe desconocido, viajar por países y selvas de la mano del mejor aventurero o enmudecer ante la pasión de un amor prohibido. Por no hablar del envolvente placer de dejarse seducir por la grandiosidad de la música y descubrir que mediante las notas y los silencios se nos representa el amor, la tragedia, la épica, la felicidad, la muerte, el desconsuelo o el vigor del triunfo. No conozco nada comparable a las virtudes de la música. Dicen que la música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo, me alegra, porque debo tener el alma musculosa.

Seguramente no soy el más indicado para promover un boicot al exceso de información, también soy pasto y eco de titulares encadenados. Pero, bien mirado, es tanto lo que hay que aprender, son tantas las equivocaciones que cometo, hablo tanto de lo que no se, que quizá sí que deba desconectar y embarcarme en la nube de las palabras escritas, los senderos solitarios o las caricias de una poesía hecha música.

dimecres, 12 de febrer del 2014

MAGNOLIAS Y... MELOCOTONES (Septiembre 2010)


Tengo una magnolia en el jardín que debe pasar de los seis metros de altura. Hace bonito, si señor. También hay plantas, arbustos y flores de todo tipo. Dos chopos, dos abetos y dos moreras que nos obsequian con una sombra impagable. El césped rodea la casa y en un lateral hay una barbacoa con una pila de agua y una leñera debajo. Esta barbacoa se ha librado de las iras del fuego; no se ha estrenado. La casa tiene tres plantas y en todas partes los ventanales son muy grandes, nos gusta la luz. Me gusta ver la pulcritud y la policromía de los espacios, pero no entiendo nada, el ama de casa es la artífice de esta bondad para el espíritu. El perro, de día, tiene localizados diferentes rincones donde poder hacer el perro y los ocupa en función de la luz del sol, la hora y la climatología.

 No tenemos una calle con dos aceras, es una carretera no demasiado transitada pero que junto a los dos viales que hay en ambos lados dan una gran amplitud a la avenida. El lugar es tranquilo y silencioso, sólo perturbado por el paso de algún camión o los gemidos nocturnos de las gatas perseguidas por los insaciables del barrio. No hay pisos, son casas levantadas al azar en un tiempo y unas ilusiones que las hacen diferentes y marcan el perfil de quien las habita. El vecindario es genuíno y diverso: agricultores, albañiles, empleados de banca, empresarios, mecánicos, jubilados y observadores del entorno, como yo. Buena gente, distante, discreta y educada, cada uno sometido a la intimidad de sus historias y preocupaciones. Cuando sopla viento del sur nos llega la música celestial de las campanas del monasterio, que nos invitan a la meditación y recogimiento.

Ya hace dos horas que el tren ha puesto en marcha su gigantesca silueta, dando el verdadero sentido a estas páginas tan ligadas al infinito de los raíles. Observo por la ventanilla el desfile inmóvil y sereno de pueblos quietos, como si no estuvieran, como ajenos a la vida. Oscurece y los agricultores apuran las últimas luces para terminar las esforzadas y pesadas tareas. En el campo todo es dolor, esfuerzo y sacrificio que resultaría imposible de realizar sin amor, herencia del pasado y deseo de un futuro mejor. Se preparan ya para la recogida de la almendra y un tramo más arriba, en Les Garrigues, se preparan útiles y dan voces para encontrar ayuda de buenos brazos y diestras manos que rescaten de las ramas la reina del mejor aceite: la arbequina.

 Después de Juneda, camino de Lleida, los campos aparecen despeinados y con desordenada disciplina en las interminables hileras de melocotoneros y perales. No hace ni tres semanas que estas alfombras de colores imprimían autoridad y deseo en estos bellos parajes del llano de Lleida. Perderse bajo un melocotonero en Lleida es como abrir el tarro de las esencias de la tierra húmeda y perfumada. Arrancarlo con la mano y morderlo  es un placer sensual. Seguimos, seguimos con la oscuridad aferrada en las ventanillas y sólo puedo ver recuerdos y pensamientos. La máquina reduce empuje, pero sin sacar el tren de aterrizaje, en la capital de Ponent sólo haremos una breve parada.

 Las estaciones de tren son un lugar muy especial, mucho. En esta no hay magnolias, pero si plantas mal cuidadas. La gente, cuando llega un tren, no sé muy bien porqué, corre o camina deprisa. Cuando se va, unos levantan la mano saludando y otros clavan la vista en el farolillo del último vagón hasta que se desvanece, pero no se lleva los recuerdos, ni las magnolias, ni el jardín, ni la calle, ni los vecinos ni ...el perro.