divendres, 15 d’agost del 2014

CRÒNICAS EN TINTA AZUL (VII)

El lunes tuve que ceder, claudicar, abjurar de mi estimada rutina, y dejar huérfana una parte de la costa mediterránea sin mis observaciones a pie de agua. Literalmente secuestrado y privado de mi autoridad patriarcal, se organizó a mis espaldas la asistencia a lo que hoy le llaman un concierto, en Calella de Palafrugell. El evento fue dentro del Festival de Cap Roig y la estrella del acto Sergio Dalma. He de reconocer que el artista tiene gancho, pronto se hace con el dominio de las tablas, conecta con el público y sus melodías romanticoides, pegadas a esa voz destruida entre polvo de chatarra y carajillo de ron, llegan a satisfacer el patio de butacas. Es de estos cantantes que, en todo caso, no dejan a nadie indiferente. Para qué negarlo, me gustó. El quid de la cuestión es que hace un par de semanas propuse la genial idea de acudir a Peralada para asistir al concierto, con mayúscula, de Jonas Kaufmann. La respuesta unánime fue “no digas tonterías”.

Hace mal tiempo, las nubes cubren los resignados bronceados que deambulan por las calles de la población, predominan los grupos familiares y las parejas. Singularmente las parejas son de avanzada edad o muy jóvenes. Los más veteranos visten prendas que les resten años pero que a la vez incrementan su ridícula estampa. Los adolescentes, sobre todo ellas, no sabría decir como visten porque es tarea meticulosa descubrir si van vestidas o no. Las bicicletas, sin mencionar la mía, también son elementos que perpetúan su presencia por todos los rincones. Desde mi atalaya particular apuro la tónica, una noticia me ha dejado atónito y, en mala hora, el hielo se ha fundido. Un auténtico caso de renovarse o morir, de reinventarse, es lo que le ha sucedido a la empresa Denier S.A. Antiguo fabricante de copas  de sostenes que se encontraba en caída libre y ahora navega a velocidad de crucero con la confección de bañadores con relleno destinado a  “realzar la belleza de las formas masculinas”, también por detrás. Se lo he comentado a Joaquín, el camarero, mientras me servía dos cubitos con cuatro gotas de whisky, el hombre me ha mirado sin pestañear y se ha encogido de hombros. Tan dado como soy al conservadurismo en las formas y al negacionismo de la excentricidad, me he preguntado si no sería buena idea hacerme con una prenda de éstas, llamadas pack up, y sorprender a mi mujer desde lo alto de la escalera en actitud agresiva y fiera. Pero una vez despierto y con los pies bien anclados en el suelo, he pensado que una vez despojado de la prenda igual acusaba un zapatillazo en el pescuezo. Más que nada por una cuestión de realidades y evidencias indiscutibles sin reinvención alguna.

Las páginas salmón del diario, dedicadas en verano a la cosa refrescante y sandunguera, informan de las andanzas playeras del tal Kiko Pantojo, al que no tengo la desgracia de conocer, oigo decir que es un buen tronco, un pedazo de madera al estilo ortiga picante, que no ha dado palo al agua en su vida y vive de cojones, como diría el bueno de Pepe Rubianes que de adjetivar sabía un huevo. En la foto aparece emergiendo de las olas y mi cortedad de descripción me impide ver otra cosa que no sea un abdomen a punto de estallar con barba y gafas de sol.


Como posiblemente recuerde el lector, este año no me he desplazado unos días, como cada verano, a Port-Bou, si bien la razón ha sido una causa de fuerza mayor. Tampoco me he desplazado a Montpellier para presenciar uno de sus fantásticos espectáculos operísticos al fresco nocturno. No sé si es que estoy entrando en recesión o tal vez se trata de que el conformismo haya hecho mella en mí. Sin embargo yo creo mantener mis principios. La semana pasada me susurraron al oído que acompañara a mis nietecitas al “concierto” de David Bisbal. Me negué en redondo y enfurismado. Sí, creo que mantengo mis principios.

dimecres, 6 d’agost del 2014

CRÓNICAS EN TINTA AZUL (VI)

Lo primero que hago por las mañanas, antes de salir a captar la instantánea  cotidiana, es sacar la perrita a hacer un paseo y que tome nota de las fragancias matutinas provenientes de los regadíos vecinos, antes de impregnar el momento con sus antagónicas y escatológicas olores. Muy a menudo, casi a diario, se produce la esperada coincidencia del paso de una señora de ya avanzada edad, no me gusta decir una señora mayor sino sólo señora. Es esbelta y delgada como un fideo, alta y de pies pequeños, tiene los dedos de la mano largos y afilados y camina con aires aristocráticos. Se cubre con una pamela blanca no muy grande y con la mano sostiene una sombrilla también completamente blanca. Recuerdo que al principio, tal vez desconfiada, se alejaba de mí yendo a la acera opuesta, ahora ya no, pasa por el lado y responde a mi saludo con una sonrisa y una dulce mirada al perro. Muchas veces el momento queda medio desgarrado por el paso de un tren veloz que brama como una fiera liberada mientras corta como un cuchillo en dos un campo de olivos y atraviesa el puente. Se dirige a la playa, pero al no llevar bolsa ni cesta debo entender que sólo va a pasear, un saludable hábito diario. Sin saberlo diría que debe de hacer como yo, debe hablar con el mar, mirar el horizonte sentada en una roca y esperar las respuestas del viejo amigo Neptuno. ¿Por qué me ha huido la vida como un puñado de arena entre los dedos?

Hay un tema que me tiene bastante preocupado y muy cabreado: pronto hará dos meses que como frutos del mar con goma de manguera. Es inaudito, inexplicable, inverosímil, desconcertante, casi todo el pan que se vende en la costa es talmente una mierda integral, que no quiere decir de régimen. Principalmente me refiero a la maltratada Baguette, representante genuina de las esencias harineras francesas; delicioso, crujiente, esponjoso y perfumado. Y que quede claro qué en ningún momento estoy hablando de los panaderos de pueblo y mucho menos de los fabricantes de masa congelada que, con toda modestia, conozco muy bien. Tanto es así que lo voy a buscar a un pueblo de interior cada día. Sí que hoy te dan la comodidad de tener pan en gasolineras, quioscos, chiringuitos, charcuterías y posiblemente pronto en tiendas de lencería, y que todo lo que hacen es cocerlo. ¿Dónde está el problema? Pues en la cocción. No hay buen profesional que no tenga en cuenta temperatura, tiempo de cocción y humedad teniendo presente el clima, básico para hacer un buen pan. Y como que por estos lares cuece el pan el primero qué pasa, el resultado suele ser lastimoso, el precio no. Una tarde al sacar el pan de la bolsa para cortar unas rebanadas a la nieta, se dobló como un bumerang, las puntas se tocaban, y la niña dijo que es eso, abuelo. Y yo que soy de fácil cabreo le iba a decir es un hombre triste y solitario, pero, claro, la mujer me fulminó con un calla ... calla ..., que te veo venir.


Tiempo habrá para examinar las estadísticas pero, digan lo que digan, este año se ve menos gente por las playas y los restaurantes y tiendas. Se quejan, y aunque sea un deporte nacional me parece que lo hacen con razón. También es cierto que ir a comer en familia en un restaurante digno, no baja de los doscientos cincuenta euros, y ni la cosa está para estos dispendios ni la mesa es una orgía pantagruélica. Y por otro lado toda esta multitud de ingleses y franceses que llevan unas camisetas y sandalias de a dos perras la tirada y que han venido con un forfait cerrado, si los sacudes del revés no se les cae ni la caspa. En fin, turismo de alpargata y birra, primera empresa nacional... "To be or not to be, that its de question".

dissabte, 2 d’agost del 2014

CRÓNICAS EN TINTA AZUL (V

Creo que ya he revelado en distintas ocasiones mi afición en verano a desayunar en lugares donde la perspectiva marítima sea esencial, primordial diría, y poniendo mucho en valor si el establecimiento dispone de Wifi. Aquí en la costa la falta de cobertura es un pecado imperdonable, me tiene aburrido, he contratado 4 gigas adicionales y me duran lo que un bollo en la puerta del colegio o en las manos de Bárcenas. El caso es que en las dos últimas semanas he querido probar dos nuevos establecimientos en donde desplegar mis conspicuas dotes de observación unido al frugal desayuno. Constato que a igual menú, mismo personal, idéntico horario, misma terraza, en todos ellos se producen fluctuaciones de precio cada día que van de: 5’80, 6’40, 7’80 euros. No protesto nunca pero me parece un deplorable bochorno, una nefasta política empresarial, una procaz ofensa a la gente de bien, y a la de mal también. Hace pocas semanas desembolsé por una botella de frío y agradable, pero absolutamente intrascendente Chianti, desde 8 hasta treinta euros pero, claro, era en La Toscana y entonces ejerces de guiri tan a gusto. Y de las copitas de Grapa ya me callo.

No llueve pero el cielo está plomizo y nubes amenazadoras cabalgan hacia mi zona. Creo que este es el tercer verano que no me sumerjo en la fría e impactante agua del mar ni en la solitaria piscina. Pero no por ello voy rebozado de mugre, la ducha mañanera y muchos días la de tarde-noche, se ocupan de higienizar mi funda dérmica. La impresión que me produce el agua fría no creo que sea buena para ,  llegó un momento que se me erizaba el cabello, el corazón se aceleraba peligrosamente, el vello corporal se electrificaba y llegué a temerme lo peor. Casi comparable a un regio orgasmo, pero en frío. Por cierto, al orgasmo no he renunciado pero como si lo hubiera hecho.Aquí en casa, ya saben, nos repartimos el trabajo sin ningún problema, solo somos dos. Yo salgo con la bicicleta poco antes de las nueve y mi mujer se ocupa del resto. De esta forma se hace todo más llevadero. Ella tampoco va nunca a la playa, que la tiene a un paso corto, como mucho sale a la piscina una horita y no todos los días. Yo no me meto jamás con el prójimo, pero si me gusta decirles lo que hay que hacer. Los hijos y los nietos campan por sus respetos, a lo sumo nos visitarán un par o tres de días en agosto.

Hoy hace un día realmente bochornoso, casi que asfixiante, y no me refiero precisamente a los rayos solares. Ahora mismo me acaban de servir la tónica helada y el café de rigor, cortito, pero con sabor a esencias de droguería. Decía que el calor es sofocante, pero nada a ver con las borrascas, las lunas o las isobaras. En todo caso los varapalos que nos llegarán de la árida meseta. La visita del president a la caverna de los dinosaurios y los influjos pujolianos puede sufrir un traspié, pero no adelantemos acontecimientos, ya se verá. En cualquier caso habrá que seguir picando piedra.

He recibido un email que me ha alegrado la mañana, pero por poco tiempo. Corto pero explícito y esperanzador: Te necesito, te amo. Ante lo cual he procedido a investigar de inmediato si el remitente era una fémina o de algún torso peludo. Una vez aclarado el enigma he redactado la respuesta adecuada y educada: Sra. o Srta. Debo deducir que algún dedito la ha traicionado y ha pulsado una tecla equivocada. De no ser así, le ruego que me disculpe por no poder responderle en los mismos términos. Nada me gustaría tanto como sentir esa pasión que desprende entre mis brazos, aunque ya no estoy para muchos achuchones.No obstante, si frecuenta usted mis círculos, guíñeme un ojo, al menos sabré de qué y con quién hablo. Respetuosamente, Pep.

diumenge, 27 de juliol del 2014

CRONICAS EN TINTA AZUL (IV)

He salido pronto, la bicicleta sorteaba entre fintas y frenazos  las palmeras bostezando. El sol se desperezaba en el horizonte y el mar era un reflejo plateado e inmóvil que inducía al baño, a envolverse de seda líquida y azul. La intendencia todavía no había suministrado el pan a mi centro de observación y vigilancia del entorno, con lo cual quedaba momentáneamente suspendida mi frugal ingestión matutina de cuatro rebanaditas de pan con tomate, cuatro centímetros de longaniza lonchada, una caña y un café horrible como casi todos los cafés patrios.

Para hacer tiempo me he acercado andando, todo sea dicho, a una librería cercana y de cierto renombre. Me encantan las librerías y el olor que desprenden a asesinatos, fugas, viajes fascinantes, crítica, cuentos, narraciones y al sudor de dos cuerpos masacrándose bajo la luz de la luna o a refugio de un campo de amapolas. Una mujer de finos trazos barría la entrada y me ha saludado cortésmente, rasgo poco usual hoy día. Le puedo ayudar, me ha dicho momentos después. Me he dado la vuelta y le he agradecido su oferta indicándole que tan solo escrutaba estanterías en busca de un sueño perdido. He seguido, dándole la espalda, mi periplo entre estantes repletos de piratas y princesas llorosas a la espera de oír la mágica frase “le gusta leer?” Pero, caramba, no me ha dicho nada más y  ha consentido mi silenciosa búsqueda de un no sé qué. Además de los lectores de códigos los libros tenían una minúscula etiqueta con el precio. Después de un minucioso y detallado estudio he llegado a la conclusión de que todo este género impreso se tarifa por su volumen, peso y carátula. Me explico, aparte de los grandes dioses y divas de la literatura, que ya van bien servidos de precio, los demás en función de su colorido, peso o tamaño se les incrusta un precio ad hoc. A la salida del establecimiento se ubica un gran cofre de madera, estilo pirata, donde se amontonan los clásicos saldos invendidos, reeditados sin éxito y de bolsillo. He desenterrado uno que por su color me parecía familiar y ¡santo cielo!, era mío, que bochorno descubrir un hijo en la ciénaga de los olvidados, los desheredados, un bastardo. Cierto que me rio de mi sombra, pero ante el cruel escenario… Ya sé que no soy Tom Wolf, ni visto de blanco impoluto, ni tampoco duermo con sombrero. Pero tan mal padre soy? Posiblemente.

Ya he dado cuenta, por fin, de mi timorato desayuno. Me encuentro en plena fase de observación de todo lo que me rodea. Algún desalmado podría aducir que me dedico a curiosear, al vil chafardeo. Pero no es eso, no es eso. Me interesa la actitud de las personas, el por qué de los gestos, la naturaleza de los hábitos y la inutilidad de lo material. Hoy me acompaña un chupito de hielo, de hielo con algo de whisky. A propósito de los gestos, no me quito de la cabeza el mayúsculo disloque del turismo de alcohol y sexo centrado en Mallorca y que ha dado la vuelta al mundo. En Magaluf y s’Arenal, Sodoma y Gomorra, se acaban de inventar el último reto de a ver quién da más. Ha nacido el mamading, consistente en practicar el mayor número de felaciones en un tiempo limitado y la ganadora es premiada con una copa gratuita. Son zonas muy conocidas de ambas poblaciones en donde el alcohol circula en cubos y los preservativos se reparten por la calle como las estampitas de san jolgorio. Obvio más detalles porque me parece tan escabroso y escatológico que pienso que algo está fallando. Quizá sea yo. Tengo una duda de mucho calado: si los chicos llevan pegada una cogorza de tres pares de huevos todo el día y no han fenecido practicando el balconing, qué herramienta pueden lucir ante las hambrientas mamadingas? Me parece que muy pocas copas gratuitas deben servir. En fin, ya me voy pedaleando.


divendres, 18 de juliol del 2014

CRONICAS EN TINTA AZUL (III)

Esta semana el sol ya empieza a hacer estragos, a mostrarse tal y como las gasta en verano. Aquí en la playa me convierto en el intendente de la casa, la proveo de todo lo necesario para poder vivir y comer sin sobresaltos, excepto de verduras y pescado que compete a mi mujer. Cuando habitamos aquí la carne queda prácticamente extinguida, por órdenes concisas de mi mujer solo se consume pescado. Yo asumo el mandato porque en caso de no asumirlo me quedaría como estoy. El resto del año en casa, en casa de verdad, sigo ocupándome una vez por semana de proveer de bebidas, limpieza, aseo, tabaco, helados y tropecientas latas de refresco para cuando vienen las cinco fierecillas. Toda mi familia y la mayoría de gente con la que me cruzo visten ya la piel de moreno fashion y tez tostada, excepto yo que me exhibo con un blanco pálido modelo Pekin. Y que conste que todavía no he sacado del armario mi chambergo Panamá, que es un amor de sombrero. Eso sí, mi colección de gorras no da el abasto. Desde hace años que colecciono gorras de todas las ciudades y países que visito, tanto es así que tuve que acudir a Ikea a comprarme un par de artilugios en los que se acomodan ordenadas y limpias. Las manos, antebrazos y medio brazo los tengo negros de sujetar el manillar de la bicicleta pero la cara, ya digo, cera de oriente.  

Ya he repuesto el candado de la bicicleta que se había averiado. Este no va con numeración sino con llave, dicen que es más efectivo. Alguna precaución habrá que tomar ante tanto chorizo. En Amsterdam hay más bicicletas que personas y desaparecen muy pocas. Claro que el grado de civilidad de allí no es comparable al sofrito de estos lares. Esta tarde se celebra la procesión en el mar, antes no me perdía una, pero me he vuelto muy estoico y cómodo. La cofradía de pescadores saca a su virgen del Carmen por el puerto y la multitud le echa flores. La flota pesquera de Cambrils es de mucho peso, importante, y además nutre mi mesa a diario, factor a tener en cuenta pese a mi inicial resistencia.

Hoy he presenciado una escena que desgraciadamente se repite con demasiada frecuencia: los muchachos de la Cruz Roja reanimando a un hombre en trance de ahogo. Lo han recuperado del agua y tendido boca arriba, se han ido turnando en practicarle el boca a boca y las presiones al pecho de manera acompasada contando del uno al diez. Han sudado la gota gorda pero lo han logrado, en el momento que llegaba la ambulancia ya expulsaba agua con la cabeza ladeada en la arena. Un diez para esta gente que salva vidas y vigila las imprudencias de los borregos de costumbre. La terraza del club estaba vacía hoy, o sea, como a mi me gusta. Consumía el segundo café cuando tomaba estas notas y vigilaba de cerca el sol que no invadiera mi zona de relax y mucho menos la gorra. Paso olímpicamente de sufrimientos masoquistas para poder parecerme al negro zumbón. La tónica no estaba suficientemente fría, observación que le he hecho al camarero.


Desde mi castillo de proa adaptado a las circunstancias, observo como el mar está necesitado urgentemente de unas gafas de sol. En el horizonte se funden los rayos solares con la inmensidad del mar proyectando un abanico de cristal líquido que impacta sobre mis operados ojos. El bullicio en la arena, aun no siendo el de agosto, ya despliega en todo su esplendor las cabronadas propias del tiempo, ya saben: juegos con pelotita en la orilla, parasoles de supermercado Pepe, triperos con lata de cerveza en mano, adefesios sacando pecho arriba y abajo, angelitos pisando toalla ajena, chiringuitos sirviendo mojitos a doscientos grados bajo el toldo y almejas a la marinera a precio de lubina. Regreso a casa con mi súper bicicleta full equip fashion batery, no me la han sustraído. El candado cumple, mañana será otro día.

dissabte, 12 de juliol del 2014

CRONICAS EN TINTA AZUL (II)

Esta semana ha venido mi nieto mayor a compartir unos días con nosotros. Sus frescos e inocentes doce años se ajustan a un perfil envidiable: guapetón, buen estudiante, prudente, mesurado en sus impulsos, deportista impertérrito y multidisciplinar y auto declarado hijo adoptivo del Barça.  Los cinco, porque tengo cinco nietos, lo mismo en temporada escolar como vacacional, están sujetos a un abanico disciplinar que poco tiempo les queda libre. De ahí que agradezca que haya hecho un hueco para estar junto a sus antecesores. Compartimos paseos en bicicleta, desayuno frente al mar y mesa a las horas de la manducatoria, única asignatura en la que apenas alcanza un modesto aprobado, manifiestamente mejorable.

Hoy al concluir el paseo matinal se me ha ocurrido una idea genial, le he dicho a mi mujer que de la comida me ocuparía yo. Con la presencia de un invitado de lujo era preceptivo lucirse. La experta y titular es ella, pero me he librado de la verdura y el pescado. Solo me ha condicionado a que le cocinara un lenguado con verduritas. Sin problemas, he desenfundado mi mega plancha, fileteado calabacín, berenjena, cebolla y lo he asado al dente. Se lo he presentado en un plato grande, unas rodajas de limón y un ramito de espárragos verdes. Genial. Ahora viene lo bueno: dos platos con dos huevos fritos como dos soles, un lecho de patatas a lo pobre, unas lonchas de jabuguito, cuatro pequeñas tiras de chorizo gallego y todo ello salpicado con ramitas de cebollino mini troceadas. Un éxito, genial. Mientras me reñía por hacerle este plato al niño, preparaba un postre de tiramisú por aquello del reciente recuerdo de La Toscana. La cuestión es que mi nieto se ha comido el plato antes que yo, genial.

Jueves, sección quesos de un supermercado. Después de surtirme de los quesos habituales busco alguna especialidad con la que sorprender la mesa. Una mujer a mi lado con buena presencia y vestida con gusto, se apodera con una mano de dos cuñas de Gouda y con exquisita destreza introduce una en el bolsillo del pantalón y la otra en el carro. Al apercibirse de mi casual intromisión, se me acerca al oído…no diga nada, por favor. Uno, que es de sangre caliente, pero siempre comprensivo hacia el género femenino, he dudado un instante y con una mueca de resignación le he dado la espalda. No estoy satisfecho de mi decisión, pero qué otra cosa podía hacer. He cogido un Gouda para los postres. Es un día espléndido, luce el  sol sin abrasar y el aire es fresquito. Hay poca gente en la terraza y sigo siendo una de las pocas excepciones que todavía lleva pegado un cigarrillo en los labios. El camarero me sugiere lo de siempre; un café muy corto y un agua tónica. Me disgusta contradecir su buena disposición pero me apetece un Macallan con hielo. Ya no bebo las barricas que me bebí antaño, eso sí, cuando me apetece un whisky ¡zaska! Me lo zampo.


Si por mí fuera marcharía unos días a cualquier enclave del Pirineo, toda la vida veraneando en la playa cuando yo soy espiga de secano. Pero me dicen que ya tienen suficiente campo durante el año, y yo tan a gustito entre mis montañas. En verano no viajamos nunca, demasiadas multitudes y calor. Para ver mundo, primavera y otoño. Tan solo una corta escapadita de cinco días a Port-Bou y tengo entendido que este año ni esto. De los últimos doce meses recuerdo con cierta morriña Viena y Praga, pero la escapada de diez días a principios de junio pasado a La Toscana me ha dejado algo turbado y melancólico, es excepcional. Mi idolatrado Puccini era toscano y tuve el inmenso placer de visitar su casa-museo. Voy a ponerme Manon Lescaut, un verdadero orgasmo para los sentidos.

dissabte, 5 de juliol del 2014

CRÓNICAS EN TINTA AZUL

Sin ánimo de ir en contra de nadie ni de hacer el cenizo, estos últimos días el tiempo juega a favor mío. Algunos episodios de lluvia, brisa suave y cielo encapotado. A mí el calor me funde las ideas y me incapacita para casi todo. Como nunca he sido playero, jamás me he puesto panza arriba para asarme como un pimiento, paso los veranos encerrado en casa y con el aire acondicionado haciendo horas extras. Estoy de acuerdo en que no es sano ni recomendable, pero es que sin él es peor. Claro que entonces hace acto de presencia el factor humedad, ciertamente incómodo, pero, en fin, tampoco pasa nada por pasarte el día estornudando. Ayer, al final de la tarde, caía una fina lluvia y la gente apresuraba el paso y se cubría la cabeza con lo primero que tenía a mano. Otros con el torso desnudo hacían gala de su machismo folclórico.

Comienza a ser evidente la presencia de veraneantes y turistas. En el ancho paseo marítimo las riadas de gente se mueven como las olas, van y vienen, hablan, ríen, comen helados y fotografían lo que seguramente nunca miraran. Tengo por costumbre sentarme en una terraza cubierta del club náutico en donde instalo mi puesto de observación y hago algunas anotaciones para fortalecer y vitaminar mi decadente memoria. Aunque en algunos municipios ya han tomado cartas en el asunto, todavía son muchos los paseantes que visten de forma incorrecta por las zonas comerciales o lúdicas. Sobre todo hombres que con sus prominentes barrigas cerveceras y torsos peludos como un oso, circulan montados en unas horribles sandalias que más parecen grandes tochos con hebilla. En cuanto a las mujeres mi criterio es distinto porque qué puede haber más bello  que dos senos a sotavento, pero no por ello lo apruebo. Es ciertamente incómodo encontrarse en el mostrador de una farmacia adquiriendo tu ibuprofeno y que a tiro de codo tengas dos domingas marcándote el espacio. Y digo incómodo para uno, porque ellas están tan ricamente ausentes. Por no hablar de cuando estás en la cola del mercadona de  turno y la niña de delante lleva una especie de pantaloncito a lo barbye en donde lo que menos se ve es el pantalón. En las zonas urbanas, lejos de la arena, hay que vestir con un cierto decoro, más que nada por una cuestión de orden e higiene mental. No se trata de una acción represiva o  de doble moral, tan sencillo como guardar las formas en público y no convertir la calle en un muestrario de carne fresca.

Un fatídico suceso ha venido a interrumpir y empañar mis solazadas reflexiones. Y digo fatídico por lo que a mi mujer se refiere y a la familia en general. Pero no voy a hablar de ello por no extender la sensación de tragedia y dolor a los demás, quizá en otra ocasión. La cuestión es que el infortunio ha requerido mil quinientos kmts en dos días. Uno todavía se defiende al volante en circunstancias de fuerte presión y largas horas de tensión alquitranada. Pero que  quieren que les diga, estoy hecho papilla. Excepto las pestañas y la uña del meñique todo lo demás lo siento adolorido. Hacía dos años que no hacía un recorrido tan largo y entre otras cosas me ha servido para descubrir que hay zonas en determinados territorios en donde de diez de la noche a siete de la mañana no encuentras una gasolinera abierta. Y según como vayan las cosas esto puede llegar a ser una putada de enormes dimensiones y peores repercusiones. En pleno siglo XXI es posible no encontrar condimento para alimentar los caballos mecánicos durante la nocturnidad? Pues sí.


Me he dispuesto a escribir durante los próximos dos meses crónicas y circunstancias a la orilla del mar, las he titulado crónicas en tinta azul, por lo del mar, pero también podían haber sido: crónicas en calzón corto  o las mil y una ocurrencias de un voyeur montado en una ola.