dissabte, 9 de novembre del 2013

COMPARTIR VIDAS


No escribo pensando en un público intelectual; son artículos  para todo el mundo, creo. Son confesiones que pretenden ser populares; intentan interesar al lector por sucesos pertenecientes al ámbito de los sentimientos, de las emociones y de la afectividad. Algo así dijo François Truffaut de sus películas. Cuando escribo no me limito a infundir buenos deseos en relatos ajenos y alejados del común de los mortales, tan solo pienso cómo hacer llegar el mensaje para que el lector se sienta partícipe de la historia, huir de la grandilocuencia o la banalidad. Nada de eso, antes muy al contrario, cuando tu desmigas emociones vividas o sentimientos que afloran por todos los poros, no haces sino buscar la complicidad de otros para encontrar espacios en los que compartir lugares o afectos, emociones impulsadas por los mismos latidos. Alguien me dijo una vez que para escribir bien, hay que escribir sobre lo que uno conoce… Esto es lo único que sé…Y no sé más.

Y en ese trepidante rio que nos arrastra hacia el mar, nos caemos y levantamos por la fuerza de la vida, son tantos los saltos de agua y las cascadas por las que nos precipitamos, que a la fuerza vamos dejando sedimentos, diminutos trozos de vida que pasamos por el cedazo para unir un momento, un paisaje, una melodía, un relato para contar. Casi que no se puede describir, porque hablamos de sensaciones, de sentimientos, como esas personas a las que les gusta mirar a la luna, dejarse hipnotizar por el mar o palidecer ante una puesta de sol púrpura. Abrir nuestras mentes, escribir y darnos cuenta de que hay un nuevo fin para aquella vieja historia. Hay quien cree que su pasado no tiene interés, peor aún, que no tiene pasado, qué candidez y que equivocación más pueril¡¡ Todos descendemos por ese río que va urdiendo nuestro pasado, tejiendo nuestra propia historia y que quizá la que construimos hoy sea la más importante. Es tan difícil que el pasado no te persiga.

“Recordar un buen momento es sentirse feliz de nuevo. Escóndeme que el mundo no me adivine. Escóndeme como el tronco su resina, y que yo te perfume en la sombra, como la gota de goma, y que te suavice con ella, y los demás no sepan de dónde viene tu dulzura”. El romanticismo en boca de los grandes poetas huye de la banalidad mediante simples palabras dispuestas como solo ellos saben hacer, para llegar a lo más hondo de nuestros corazones y, con ello, hacernos partícipes de sus alegrías o desventuras. Vivirlas en primera persona. Hay muchas ocasiones en las que uno lamenta no recordar episodios del pasado, escenas nebulosas sin rastro alguno que nos hacen lamentar de la vida. Olvidando que en la madurez la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, la que puede contar y compartir. “No llores porque ya se terminó, sonríe porque sucedió. Hoy es hoy, vívelo porque no regresa”.

Qué es una crónica de tus recuerdos sino abrir de par en par tus propias emociones. Dar cabida, participar, informar a los demás de aquello que tanto te gustó y tu quisieras compartir hasta el más mínimo detalle y ver reflejada en sus rostros la misma felicidad que a ti te produjo. La vida es un libro abierto y sus páginas son soplos de muchos y diversos vientos. Todos tenemos nuestro libro, y yo me afano día a día, página a página, a escribir todo aquello que me gustaría dar a conocer y compartir. “Cada segundo que pasa, cada luna que surge no hace más que decirnos ¡VIVE! Vive y ama lo que tú eres, como tú seas, por lo que seas. Mira en lo alto hacia el cielo, cierra los ojos. Y no te canses nunca de soñar. La vida es muy corta para no ser felices juntos”.

dijous, 10 d’octubre del 2013

NIEBLAS EN LA FRIA MADRUGADA


No tenía intención alguna ni mucho menos había premeditado nada. Ayer fue un día duro, un verdadero quebradero de cabeza, de aquellos días en  que los problemas vienen atados uno tras otro como una ristra de longanizas. Decidí escaparme, era fin de semana, huir de las adversidades y las angustias de una semana enloquecida. Llegué tarde a casa y caí extenuado en la cama, nada se ha opuesto en mi largo sueño hasta esta mañana en que, al despertar, he sentido como el frío se adueñaba de mí y las ventanas mostraban signos de haber llorado de madrugada. Hasta hace muy pocos días el sol racionaba bendiciones por estos valles en donde la tupida hierba lo cubre todo. También las cimas de las montañas brillaban de puro esplendor hasta el atardecer, cuando ya el sol en retirada infunde a las piedras el color de las manzanas al horno. El ganado ha pastoreado por estas laderas desde finales  de primavera, pintando el paisaje de una estampa bucólica difícil de describir, un retazo del ciclo de la naturaleza. Es curioso observar estos animales que conviven en manadas pero se comportan como lobos solitarios, solo atienden a su alimento y al descanso.

La televisión anuncia posibles nevadas para mañana. Después de tantos años todavía me sorprendo de estos bruscos cambios del tiempo. Aquí el otoño nace medio moribundo, apenas un nombre y tímidas alfombras de hojarasca rojiza en los márgenes del rio, unas manchas en el calendario. El frío, las heladas y la nieve someten al lugar bajo sus estrictas condiciones, no hay espacio para el acuerdo ni mucho menos para la discrepancia. Desde lejos la casa parece un refugio, a medio camino entre el rio y el cielo. Pronto el camino quedará cegado por las persistentes nevadas y el olvido, y las viejas  estacas que lo resiguen quedaran engullidas por el blanco polvo para fundirse con el hielo de la larga noche. La dulce brisa del atardecer veraniego cambiará su aterciopelada piel por afilados cuchillos que con sus toscos soplidos cortan el rostro. El valle se abre como la puerta de un glaciar, y no me apena su crudeza porque pertenece a otro mundo, a otra vida en donde todo es como parece, no hay suspicacias ni mentiras. En el reino del frio y el silencio gobierna la transparencia, no hay sombras  ni maleficios, quizá alguna silueta difusa entre las movedizas brumas de la madrugada que solo esconden roca, madera y nieve.

Es una casa no muy grande, pensada para contemplar y gozar de la montaña, bien aislada y con enormes ventanales. Piedra y madera la circundan. En el interior no hay baldosas ni paredes alisadas, también domina la piedra en el suelo y las paredes, el techo, artesonado de madera, cruza  sus grandes vigas en oblicuo dando la sensación de fortaleza. Una gran sala diáfana presidida por un fuego a tierra de generosas proporciones y un sofá  en forma de herradura frente a él. La fachada que se vuelca al valle es casi toda ella acristalada  en la planta baja. En el piso de arriba los dormitorios. En la parte trasera de la casa un cobertizo que almacena la leña de encina perfectamente apilada. Y también un viejo grupo electrógeno para suplir las frecuentes carencias de invierno. De noche, los tremendos vendavales se manifiestan como si de un invitado se tratara que deambula invisible por todas las estancias con su metálica melodía. Ya no asusta, me he acostumbrado a ello, pero tensiona los nervios. Abajo, en el fondo del valle aparecen casi imperceptibles las lucecitas de la aldea que más se parecen a espíritus navideños que no a medios de vida.

(Tenia treinta años menos cuando escribí estas líneas. Estaba anocheciendo y desde los ventanales veía el bosque azotado por el viento y vestido de amarillo y rojo otoñal. Busqué en el baúl de los recuerdos estos enmohecidos trazos en los que el otoño no era más que una pincelada pasajera, un nombre. Me ha gustado recordarlo, pero queda tan lejos ya.)

divendres, 20 de setembre del 2013

SINFONIA DE COLORES


 

A estas alturas todavía nos sentimos atados a los recuerdos del verano, parece que fue ayer cuando soñábamos con las vacaciones, poder materializar un montón de ilusiones grabadas en la piel de los espejismos, muchas de ellas poco más que humo, pero humo del que aromatiza y no escuece los ojos. Poco a poco, para algunos de hoy para mañana, nos vamos reintegrando a lo de siempre, a lo que en definitiva nos permite seguir soñando, a veces incluso con lo imposible. Una parte importante de nuestro subconsciente se sustenta en lo imposible, en lo que sabemos que no será pero nos gustaría que fuese, en borrar lo que fue y no tenía de haber sido. Son como los clamores o los gritos del silencio, ocultos en la oscuridad de nuestra intimidad.

Pero la vida sigue, con sus crudezas y alegrías sigue. Somos como trenes con distinto recorrido, unos oteando la estación término, otros con un largo recorrido por delante, y la mayoría en una encrucijada media donde no permite augurar el resto de estaciones que cruzaremos ni los avatares que el destino nos reserva en cada parada obligada. Se dice que nadie necesita más unas vacaciones que el que acaba de tenerlas, yo no lo creo, sería tanto como repetir el mismo postre cada día. En parte es bueno vivir con proyectos y con algunas  incertidumbres, ilusiones o motivaciones, lugares por los que darías un soplo del alma por conocerlos. Y en estos casos las oportunidades son como los amaneceres: si uno espera demasiado, se los pierde. Pero a su tiempo, en su momento y cuando por los años no puedas correr, trota; cuando no puedas trotar, camina; cuando no puedas caminar, usa el bastón, pero nunca te detengas!!  

Pero dejemos a un lado el tiempo de solaz y descanso, pasemos página a las playas azuladas y las montañas de húmedos senderos, a las tertulias al abrigo de una prodigiosa sombra, a las mesas de exuberantes manjares. El otoño no está en camino, ya ha llegado y llama a nuestras puertas, despierta! soy el otoño. El invierno debe ser muy frío para aquellos que no tienen cálidos recuerdos que contar. Pero para recuerdos, los míos, me invaden de tal manera que en ocasiones no sé si sueño o acaso me miento. El otoño llega vestido de pintor enamorado, de bata gris y paleta desbordada de colores. Todos los colores del alma y el corazón juntos en un pequeño espacio, como la armonía de una sinfonía irisada o la más dulce de las poesías. Más pronto que tarde las arboledas se pintaran de color fuego, amarillos y rojos se mezclaran en un abanico de tonalidades cálidas y vistosas. Álamos, acacias, abedules y chopos, mudaran sus plateadas hojas por diminutas manchas de vino tinto. No por mucho tiempo, los vendavales otoñales prescindirán de remilgos y mimos para dejar la tierra alfombrada de ateridas hojas pintadas de amarillo desleído. Y vuelta a empezar, algunos árboles mostrarán su retorcido y desnudo  esqueleto, los troncos como brazos y las ramas como manos extendidas al cielo, prestos para la larga travesía del otoño y el cruel invierno, con la esperanza de que la nueva primavera llegue a tiempo de lamer sus frías heridas. Las viñas, desoladas y sin pampas donde esconderse, muestran sus retorcidas cepas ebrias del color del hierro rovellat.

Se sucede el paisaje por la ventanilla, el tren avanza despacio y el silencio señorea por valles y llanuras, los conreos duermen y diminutas huertas languidecen. El cielo rasgado y con quebradas costuras de plomo amenazante envuelve el lienzo de colores insospechados, es una sinfonía de colores. Voy al encuentro del otoño, tran-tran, tran-tran, tran-tran.