divendres, 19 de maig del 2017

SENDEROS SIN GLORIA

Es un hecho inalterable e indiscutible que Catalunya hace ciento cincuenta años que tira de los desballestados cimientos de la nación española. Sin el empuje de los catalanes, España, con tilde, a día de hoy seguiría siendo lo que nunca ha renunciado a ser: un país encerrado en sí mismo, que detesta la modernización de sus estructuras administrativas y organizativas, así como el ensamblaje con las naciones de progreso. De igual manera se opone a renovar la gobernanza política basada en un pseudo feudalismo liderado y controlado por las élites de siempre, degenerando en arcaicos y arbitrarios sistemas de gobierno con el consiguiente endurecimiento de sus políticas trasnochadas. La mitad del país es yermo, y sobre la otra mitad recae la inamovible obligación de sustentarlo contra viento y marea, aunque ello suponga una degradación y asfixia financiera de las zonas productivas. Singularidad nefasta e injusta, que condena al acomodo y ostracismo de las partes receptoras de recursos, creando una situación de victimismo a perpetuidad, con la complacencia, no ya de los distintos gobiernos, sino de la misma población. Con la constante evocación a Madrid, como concepto, no como ciudad y su población, se pretende concentrar todo el poder habido y por haber desde hace trescientos años. El resto del territorio no pasa de ser considerado como “provincias”, entes de segundo orden que, cual vasallos descarriados, restan obligados a tributar y depender del acérrimo centralismo. Para no confundir hay que precisar que estas actitudes se han mantenido a lo largo de centurias en república, monarquía, derechas, izquierdas o dictadura.



El nacionalismo español es cien veces más identitario y excluyente que lo que pudieran ser vascos o catalanes. Todo lo que no sea españolismo a ultranza es despreciado o eliminado. Si un sujeto es entrevistado en televisión y responde en inglés o suajili, es ignorado, pero si el caso se da cuando asoma alguna palabra catalana, entonces arde Troya. Porqué, pues porque odian el idioma catalán y no soportan lenguas que no sean el castellano. A tal extremo llegan que la franja de políticos mayores de 50 años se ven en la necesidad de acudir acompañados de un intérprete en sus relaciones internacionales, con el consiguiente bochornazo que ello supone. Y para fobias basta echar un vistazo a las redes sociales para darse cuenta de hasta qué punto la catalanofobia es abrumadora, insultante y encarnizada. Y ni tan solo en las amenazas de todo tipo, incluyendo las de muerte, he visto jamás un fiscal de oficio interesarse por el caso.

Se hace muy difícil entender el porqué de esa animadversión a todo lo catalán, que viene arrastrándose desde tiempos inmemoriales. Alemania, por ejemplo, no esconde su reconocimiento y admiración por Baviera o Hamburgo, potentes motores del estado teutón, ambos con una aportación aproximada del 18’1% al erario alemán. Lo mismo puede decirse de La Lombardía con cerca del 25% de la economía italiana. En el caso alemán su contribución a la cuota de solidaridad interterritorial es del 5% y están hartos y quejosos de tanto dispendio. En el caso catalán supera el ocho por ciento, dejando las arcas de la Generalitat en situación de quiebra perenne.


Recientemente Ian Gibson, buen conocedor de las Españas, ha declarado “España no hace más que tejer y destejer. Es un país amnésico, de maricón el último. Donde solo los gilipollas pagan impuestos, un país, en definitiva, que funciona a ostias. No debería ser así,dice, pero la verdad es que si no hay ostias, aquí nadie hace nada”. En 2016 Catalunya registró un PIB per cápita superior a Finlandia, Suecia, Alemania y Francia. Su volumen económico es superior al de Finlandia, Irlanda, Grecia, Portugal, República Checa, Rumania, Hungría o Eslovaquia. Inmediatamente por debajo de Dinamarca. Y la única realidad española es su desmesurado y estrambótico plan para entorpecer, eliminar, difamar, confundir, expoliar y combatir mediante la judicatura, cualquier expresión o iniciativa de los catalanes, incluidos el amedrentamiento y la amenaza continua. ¿Hay algún remedio?

dimecres, 10 de maig del 2017

BERLIN 2

La estación de tren de Zoologischer Garten, es un buen lugar para llegar a Berlín. Hace casi ochenta años las garras del nazismo irrumpían en la capital descubriendo sus maléficos instintos que durante doce años tiñó de horror y heló la sangre de Europa y el mundo. Bob Fosse, basándose en un libro de Cristopher Isherwood, Adiós a Berlín, puso en él las imágenes de lo que sería uno de los mejores musicales en Broadway, más tarde llevado a la pantalla con el nombre de Cabaret. El film, entre locuras, alcohol y sexo, describe el inicio y gradación de lo que no se tardaría en conocer como el Tercer Reich.
El taxi me ha dejado en la plaza de París, Puerta de Brandenburgo y del inmenso parque de Tiergarten, el sol no calienta pero consuela e invita a pasear. A escasos metros está el Reichstag, que fue el Parlamento de la República de Weimar, aplastado por el nazismo. El Shezan, a Neue Rob Str., es un discreto y acogedor restaurante muy cerca del río Spree, suficiente para cargar combustible y junto al KitKat Club, alma y caja de sorpresas de Cabaret.

Liza Minelli entra en tromba en la primera secuencia de la película y con la indefinición de una personalidad inmadura, ya no cesará hasta el último fotograma de hacer una exhibición de nervio, de exultantes facultades interpretativas, primeros planos, y de unas portentosas dotes al cantar y bailar. A pesar de su abrumadora actuación, es Joel Grey, maestro de ceremonias del local, el que se constituirá en amo y señor del espacio con una soberbia actuación, premiada con oscar. La función diaria planea a través de diferentes cuadros escénicos de aparente sencillez "cabaretera" donde el gran Fosse despliega todo su potencial creador para cautivar al espectador y a la hora interponer imágenes superpuestas del letal virus que ya campa por las calles. La incertidumbre y el miedo se alían para confundir y aterrorizar la ciudad berlinesa. "Willcommen, bienvenue, welcome", "Maybe this time", "Mein Heir" espléndidos pellizcos musicales que comparten la potente voz de la Minelli y el perverso truhán de Grey. ¡Ocho estatuillas!



Berlín es una ciudad culta, muy alemana, como diría un bobo, tiene tantos museos como días tiene el año. De camino hacia el hotel, en el oeste del parque Tiergarten, una parada en Potsdamer Str., Para ver el edificio de la Berlinale donde tantos y tantos sueños han sido laureados con el oso dorado. Es una de mis múltiples contradicciones, que me gusta el cine, pero voy muy poco. Tengo pasión por las historias bien escenificadas para poder contraponer las a su más puro origen literario. O inventar alternativas, que también es un pasatiempo.

No me recluyo sin dar un vistazo al Erotik Museum de la señora Beate Uhse a Potsdamer Str., cerca del Zoo. Esta abuela pasó de pilotar un avión en la segunda guerra a regentar un conglomerado de empresas relacionadas con el erotismo más recalcitrante. El museo reúne tantos artefactos, utensilios, trastos, iconos y aparatos referidos a la sexualidad, que se ha situado como líder de este negocio en Europa. Una superficie de 1800 mts2., dedicada a las más rebuscadas virtualidades genitales. Arte Shunga japonés de Utamoro, con unos insignes penes de los de “más dura será la caída” que marcan la diferencia.

A la salida del palacio de los sentidos ahogados, un café frente al Carlton para revivir escenas de ahora hará veinte años en que un grupo de amigos con menos inocencia que ilusiones, transitábamos alborotados en medio de una multitud enloquecida mientras caían los primeros trozos del muro. Era el 9 de noviembre de 1989. La primera vez que Europa reía de verdad, de puro escalofrío. Se desempolvó y lució el cofre de las sonrisas tantos años guardado. Los berlineses ya no dirían nunca más "Los viejos sueños eran buenos sueños. No se cumplieron, pero me alegro de haberlos tenido ". Esa noche todo era un chasquido de emoción, de llanto y de abrazos, ya habían cambiado por "Do not worry, be happy".


Diecinueve años antes en la misma ciudad, en una tarde nubosa y temerosa, al salir del cabaret Sally le dice a Brian "Vive y deja vivir". Quizás era una premonición de lo que aún tardaría demasiado tiempo en cumplirse. Berlín.

divendres, 5 de maig del 2017

MEMORIAS DE NAIROBI, ÁFRICA (2)

La locomotora Victoriana, arrogante y puntual, atravesando las praderas de Nairobi, bordeando la costa y abriéndose camino por las inmensas llanuras del territorio Masai, con vistas al Serengeti, es de una belleza incomparable para los que amamos el tren. Los vagones de madera pintados de marrón y marfil con las ventanillas de librillo para evitar los temibles embates del sol y guardar la discreción de los colonizadores. El tren avanza como furtivo, dejando letras ilegibles de humo negro en el resplandor de la sabana, bajo la atenta y oculta mirada de los nativos embozados en las solitarias sombras de árboles que simulan tener la copa cortada en láminas de cristal.

Con este cautivador escenario se inicia la historia de un fuerte temperamento ablandado y frustrado al este del continente africano. "Memorias de África" ​​es una prodigiosa película que mal reproduce la vida de Isak Dinesen, la danesa gloriosamente interpretada por Meryl Streep, "Karen". Siete Oscar es una tarjeta de visita que tritura cualquier duda. Pero no quiero hablar de mi platónica admiración por la Meryl. Un Oscar es para John Barry, dueño y señor de la partitura musical que acompañará la intimidad y las contradicciones de los confusos pensamientos de Karen, con suaves acordes de un pentagrama escrito para ensimismarse al fuego de la noche africana.

Cuando la cámara se iza en busca de la toma panorámica o desde donde Dios ve las cosas -Karen-, nos muestra la grandeza de unos paisajes polvorientos que marcan los interminables rebaños de búfalos y gacelas, y de caudalosos ríos que apenas mojan los labios del cocido desierto. Es en estos momentos que John Barry, batuta en mano, sabe arrancar lo mejor de una orquesta que recorrerá con todo detalle el itinerario que el maestro habrá plasmado en el papel, exigente con la cuerda y el viento, sin concesiones a la indiferencia o la rutina de la mediocridad. Los momentos álgidos de la película aparecen subrayados por la magnífica banda sonora y su conocida melodía.



“Cuántas veces hemos creído que amábamos o éramos amados y en realidad no era más que compasión, pena o añoranza? Las despedidas tienen una extraña sensación. La lluvia acariciando cafetales ". Estos pensamientos que Karen va desgranando son sensaciones, sentimientos, y los sentimientos también se expresan con la música. La literatura y la música son como alimentos que se complementan, que se potencian recíprocamente. La música refuerza nuestros recuerdos, revive momentos olvidados y nos adjetiva personajes o lugares que nos impresionaron. Buscando estereotipos seguramente París o New York nos evocan a todos una melodía, que no necesariamente ha de ser la misma para todos. En cualquier caso el cine, literatura en imágenes, siempre se nutre de la música.

El bombardeo enloquecido de helicópteros en Vietnam de Apocalypse Now, no habría sido el mismo sin La Cabalgata de las Walkirias, con Wagner de maestro de ceremonias induciendo a vomitar napalm. A pesar de ser, tal vez, la mejor película del siglo XX, yo tengo grandes dudas de que, sin la bendita batuta de Nino Rota, El Padrino hubiera culminado su estratosférico palmarés. Qué decir de Casablanca sin "Tócala otra vez, Sam". Entrar por mar, como he explicado tantas veces, en la capital del Véneto, teniendo la sabia precaución de procurarse la audición del concierto para oboe de A.Marcello es como revivir el Anónimo Veneciano de la mano de Florinda Bolkan. Venecia sin acompañarla de un adagio ya no es lo mismo, los sentimientos quedan como medio huérfanos y el enamoramiento se desvanece antes. ¿Y si Leonard Bernstein se hubiera olvidado de María? Pues si el maestro tuvo un olvido, hoy no tendríamos el tesoro de West Side Story. En el West neoyorquino no sabrían que hay un barrio portorriqueño.


Ya lo sé, ya lo sé, no se puede vivir de recuerdos, el tiempo es como un puñado de arena que se nos escapa de entre los dedos. Nos apresuramos para vivir, para entender, para creer, para amar, y cuando damos un paso en falso tropezamos. Pero al mirar atrás, dentro del cesto de las nostalgias encontramos recursos para ir tirando, y si rodeamos nuestro pequeño mundo de imágenes y literatura encontraremos nuestro santo grial enmarcado en aquella música que un día nos sedujo. Incluso nuestros grandes fracasos personales, encuentran cobijo en la música. Siempre y cuando los sentimientos permanezcan vivos.

divendres, 28 d’abril del 2017

LARGOS TRAGOS DE… ¡PRIMAVERA

De lo que se escribe en un blog lo llaman un post, pero es una palabra que no solemos usar, lo ventilamos diciendo "ya he terminado el artículo de esta semana". Pero tampoco es un artículo convencional porque por artículo solemos entender lo que escribe un periodista o una persona de un reconocido prestigio dentro de su profesión. Los blogs, que los hay muy especializados y muy buenos, de infinitas materias, suelen ser razonamientos personales o narraciones literarias escritas con más o menos dosis de inventiva y de experiencias personales.

Dicho esto, ya me puedo dejar engullir por el tobogán de la sinceridad y dar un vistazo a vuelo de pájaro por las pinturas y escenarios con que suelo ensimismarme. ¿Para qué?, pues sencillamente porque ya estamos en primavera y en las almas medio bohemias se nos disparan las ilusiones y nos late un pueril hormigueo que se mece en nuestro interior, como pequeñas burbujas, al igual que pellizcos de labios amorosos. Porque los colores han vuelto a cambiar, a irradiarse todas las tonalidades de la paleta, incluidas las más llamativas y chillonas. Primavera, primer verdor. No hay lugar para el aburrimiento, ni para mirar atrás removiendo las nostalgias, los malos momentos. Es tiempo de vivirlo con plenitud, arrinconando los miedos y las indecisiones, haciendo lo que siempre hemos anhelado y no hemos tenido valor para afrontarlo, desfalleciendo y amparándonos en la auto complacencia, en las excusas piadosas y los engaños innecesarios. ¡Vive!



La literatura, el cine o la poesía van llenos de primavera. "Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”. Pablo Neruda. Es tiempo de vivir íntegramente minuto a minuto, no dejarse vencer por los inconvenientes, el desánimo o, mucho menos, por la indiferencia. Cuando la vida te aporte razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y una razones para reír. Pisa la hierba húmeda, desafía la tristeza mirando las flores, camina por los bancales soleados, ríete con los pájaros, chapotea por encima de los arroyos. Muéstrate agradecido y da gracias que la primavera esté contigo.

Cuando en la primavera no había televisión, todavía era una palabra por inventar, cuando la vida era sólo una sórdida pelea por la pura supervivencia y a los euros se les llamaba céntimos, la gente se apropiaba de la calle y convertía las noches en un gran salón en donde comprar y vender historias mediante la palabra. Palabras preñadas de recuerdos. Sillas en círculo y los abuelos en lugar preeminente resguardados de la brisa marinera. Se escuchaba al abuelo con respeto y orgullosa admiración. En primavera ya se podía vestir la sudada camiseta y el zurrón atestado de hambre. De madrugada el carro y la mula, a golpes de herradura, rompiendo justo el silencio para despertar gorriones y sueños imposibles, siguiendo vetustas grietas hundidas en el camino en medio de extensos sembrados verdes, salpicados sólo por la nariz de tímidas amapolas. Pero, no teniendo nada y careciendo de casi todo, ya conocieron la luz de la primavera antes que nosotros, que lo tenemos todo. No se puede comprar la primavera, pero tenemos el privilegio de sentirla y amarla.


"Realmente soy un soñador práctico, mis sueños no son bagatelas en el aire. Lo que yo quiero es convertir mis sueños en realidad ". Si Gandhi quería ser práctico con sus sueños, como no lo había de ser un soñador como yo. Que me he pasado la vida observando el paso de las estaciones desde la ventana del tren. Embelesado.

dimecres, 19 d’abril del 2017

SANT JORDI. LA PASIÓN POR LOS DIOSES

Vuelve S. Jordi, rosas y libros, y me ha parecido apropiado reproducir parte de un artículo que escribí el verano de 2011. He querido releer las biografías de tres iconos de la dramaturgia norteamericana que para mí son héroes de cabecera: Tenesse Williams, Scott Fitzgerald y Arthur Miller. Del primero al último sólo los separan 19 años de diferencia (1.896-1.915). Comparten con letras de oro su legado a la historia de la literatura y, de rebote, a abrumadores éxitos made in Hollywood. También les tocó vivir la Gran Guerra y la penosa Gran Depresión.

Medio alcoholizados, arruinados, enriquecidos y con tendencias depresivas, son talentos de los que a menudo sólo conocemos la monumental obra literaria que les ha convertido en faro de la dramaturgia americana. Tennesse Williams, el autor de Un tranvía llamado deseo, La gata sobre el tejado de zinc y La noche de la Iguana, era una mente siempre torturada, en parte por su ambigüedad religiosa y por otra la homosexualidad declarada, que le delata convirtiendo a la mujer en protagonista de sus dramas que transpiran indefectiblemente sexo y violencia. En el fondo, todos ellos, son personalidades muy complejas, complejidad que se transmite a sus personajes de papel.

Arthur Miller que, para no quedarse atrás, nos ha dejado La muerte de un viajante, Las brujas de Salem o Panorama desde el puente, entre otros. Sufre el rigor de la Gran Depresión y su cómodo estatus se ve hundido y lo hace mudarse desde unas excelentes vistas en Central Park hasta un modesto apartamento en Brooklyn. Acusado de veleidades comunistas es perseguido y acosado por la famosa caza de brujas del Comité de Actividades Antiamericanas, siendo exonerado en 1958 por el Tribunal de Apelaciones. En 1956 se casa con Marilyn Monroe y la fiesta dura cuatro años y medio, en los que la rubia pendón se las hace pasar canutas.

Las dos últimas veces que estuve en la ciudad de las hamburguesas y los Hot dogs, he sentido la "necesidad" de ir a pasear por Long Island. Los años 20 Nueva York era el paradigma de la opulencia y el crecimiento de Estados Unidos. Mientras la alta sociedad gozaba de su propia "Belle epoque", la mafia extendía sus tentáculos en una ciudad ávida de juerga. Las playas de Long Island se convirtieron en lo más in de la aristocracia y de los capos. En 1925 aparece en las librerías El Gran Gatsby. Por más paseos que di en aquel escenario de grandes mansiones y enormes casas de madera pintada, no he podido nunca ver a Robert Redford ni Mia Farrow saltando empalizadas por los verdes prados que rodean las largas playas. Pero si he sentido el aliento con olor a tinta de Scott Fitzgerald tomando cuidadosas notas en una zona rocosa del lugar, hoy medio decrépita. Llamado el redactor de una Generación Perdida, dijo adiós muy pronto, a los 44 años.



Sin duda El Gran Gatsby es la mejor novela de Fitzgerald, retrato de la América posterior a la Gran Guerra, inmersa en la Ley Seca y la mafia, con la proa señalando el gran crack del 29. El novelista, de origen humilde, nace en Saint Paul, Minnesota, en 1896, y como la gran mayoría de estos notables narradores sus libros hablan de ficción mezclada con vivencias propias y del entorno en que se mueven. En este caso la infidelidad a su esposa Zelda, la obsesión por hacerse con la alta sociedad y las penurias económicas, son una constante en su relato de la vida alocada de Nueva York. Jay Gatsby habla mucho por boca de quien lo recrea con una máquina de escribir. Grandes fastos, dinero, sexo y alcohol se dan la mano con verdaderos dramas donde la homosexualidad, el desastre económico, la enfermedad, la infidelidad o la esquizofrenia dan un tinte de realidad a sus ajetreadas vidas. A pesar de su vocación como novelista, las novelas no le procuraron ingresos suficientes para mantener el opulento tren de vida al que le inducía su propia esposa y tuvo que escribir narraciones cortas para revistas publicitarias. Todo para hacerse notar en las distinguidas borracheras de Long Island y sus aristócratas del dólar.


"Lo peor es cuando has terminado un capítulo y la máquina de escribir no aplaude" (Orson Welles).

dimecres, 12 d’abril del 2017

UNA PAELLA CON ESTILO

Les confieso que cuando en algún restaurante leo algo parecido a esto “Paella al estilo de Raúl”, de forma inmediata me pongo en guardia. Y es que tengo mis razones, razones que no son otras que parapetarse en el sentido común. No soy un gran comedor, ni mucho menos, antes al contrario, poquito pero auténtico. A mí lo de la cocina de investigación, de autor, o creativa, me suele inducir a la aparición de ronchas y granitos en la dermis. Y no es que esté en contra de prestigiar y dar barniz a una profesión que en el pasado solía esconderse en el anonimato. La explosiva aparición en su día del maestro Ferran Adrià, sin parangón en todo el mundo, ha revolucionado positivamente el sector de la restauración, desde los fogones hasta la puerta de entrada, y falta que le hacía al sector. Adrià no es un vendedor de tómbola ni un prestidigitador de las malas artes, es un innovador y un perfeccionista. De su cuerda han aparecido por todos los rincones un batallón de grandes cocineros que han dignificado la profesión.

Y esta sublevación gastronómica no se ha limitado a los fogones, cazuelas y ollas. Atañe a camareros, personal auxiliar, lavabos, limpieza, cordialidad, seriedad, rigor, amabilidad, vajillas, cubiertos, decoración local, mesas y lencería. Para qué vamos a engañarnos, no hace mucho en que algunos de los locales, llamémosles estándar, y bares de comidas, eran verdaderos  templos de mierda, paredes desconchadas, sillas cojas o mantelería raída por el uso. Sin dejar de lado algunas cocinas en las que había que entrar con zancos o hundir los zapatos hasta los calcetines en la viscosa y rancia grasa. Ponerse los dedos en la nariz tras una cortina o tocarse los labios al descorchar un vino tampoco eran rarezas ni hechos aislados.

Desde siempre la parte más conflictiva o desmotivada de un negocio, no han sido las ventas, las compras, las inversiones o el mantenimiento. Donde la cosa cojea de verdad es en el factor humano, en las personas, en el género humano, o sea, todos nosotros. Nos cuesta adquirir en nuestro quehacer cotidiano eso que ahora dan en llamar la excelencia, procurar hacer todos nuestros actos bien hechos, sin réplica posible, sin dar lugar a que nos llamen la atención, hacer prevalecer la propia dignidad.



Pero centrémonos en el inicio. Si yo pido una paella de marisco, lo que espero es precisamente eso y no otra cosa. No me vale el estilo de Raúl, porque lo que hace Raúl es deconstruir la paella para convertirla en una creación a su gusto, que no es el mío, y no quiero recuerdos  de gambas palamosinas  ni humo perfumado al vapor de las cigalas. Yo exijo las gambas y las cigalas perfectamente ordenadas en la superficie y a la espera de hincarles el diente. Y el arroz lo quiero ajusticiado al fuego de leña, si puede ser, con los granos al dente y aromatizados con ese fondo de paella castigado por los efluvios de los frutos del mar y condimentos habituales. No quiero una especie de risotto que nadie ha pedido, con granos humedecidos y un color de mierda de oca que 
desvanece al comensal.


Tampoco son de recibo los cuchillos tridimensionales, que no se sostienen quietos ni se adaptan a la mano para el corte. Solo quiero cortar el filete, no dirigir una orquesta con ese hierro. De la misma manera que me niego a usar una servilleta de papel, el papel para el inodoro, la servilleta de tejido, almidonada, y de colores pastel. Nada de negras u oscuras, las servilletas negras para las tinieblas o para Jack el destripador.  Y si tengo la ocurrencia de pedirme un surtido de quesos como postre, no necesito un pesado a mi lado instruyéndome en el orden de consumo, de más suaves a los más añejos. Que se lo cuente a su abuela, yo sé mis preferencias. Que no me revienten con los quesos, si yo pido Idiazábal, Brie o Cabrales, es justamente eso lo que me pide el cuerpo, y no que me sirvan una mierda de quesos del súper de la esquina con dos tísicos cubiertos. Un Enate consistente para los quesos, me lo guarda en la nevera 15 minutos antes. ¡Señor, el vino tinto no se bebe frío! Hay que joderse, sabré yo como quiero las cosas!

dijous, 6 d’abril del 2017

ROYAL NAVY Y OTRAS OSTIAS

Hace pocos días Mariano Rajoy, el impertérrito, anunció a bombo y platillo el paquete de inversiones que su gabinete destinaba a Catalunya por un importe de 4200 millones de euros. Omito el hecho de que tal asignación no es sino una pequeña parte de lo que se nos adeuda por incumplimiento de presupuestos anteriores. Hoy, el ministro Montoro, ha dicho con respecto a la susodicha pasta que, bueno, sí, pero que no. O sea, de acuerdo, muy bien, adiós muy buenas. Eso me provoca la duda al pensar que tal juego de palabras se deba al cabreo de los que pagan poco y exigen todo, o que se deba a un postrero castigo a la tierra que paga mucho y apenas recibe nada. Por separatistas, díscolos, protestones y maníacos de las urnas. Todo puede ser. ¿Por qué será que los catalanes están encoñados en celebrar un referéndum y preguntar a la gente qué coño quieren decidir con su futuro? Por tozudez, por tocar los bemoles, porque son fans de los rovellons y calçots? Yo me inclino a pensar que no, que no es eso. Podría ser atribuible a la escudella y la carn d’olla? Tampoco, no creo. Entonces, cabe la posibilidad de que esas ansias de votar sean una patraña para encubrir al Timbaler del Bruc? Recuerden que este aguerrido muchacho aporreó de tal manera su tambor que los crujidos y bramidos rocosos de la montaña santa expulsaron al francés en su día. Hay versiones para todos los gustos, sin ir más lejos hoy he oído a dos señoras de edad gritando en medio de la plaza que de ninguna manera iban a prescindir de los buñuelos de Cuaresma, los redonditos y los del Empordà. No es un tema fútil ni menor. A escasos metros, en el paseo, una nutrida representación de la cofradía de pescadores manifestaba su oposición frontal a la desaparición del romesco, siendo jaleada y animada con gran jolgorio por parte de los fabricantes de mocadors de fer farcells (pañuelus de hacer bultos). Llevamos ya tanto tiempo con el coñazo del referéndum que ya no sé si queremos votar o botar o saltar o brincar. Yo sí quiero porque me parece singularmente patético que no me dejen opinar. Querrán creer que cada vez que oigo la palabra referéndum, me asaltan a la mente Venezuela y Corea del Norte, ¡Porque será!



El Sr. Rajoy, que de orador tiene un rato, dice que España es la nación más antigua de Europa y uno de las países más importantes del mundo ¡glups! Recontrahuevos, ignoraba yo tan edificantes adjetivos. Joder, iluso de mí, que creía que se resumía en tortilla de patatas, trileros y toros ahuevados. Bien, bien, de acuerdo, pero entonces… si en esta posición tan mayestática se encuentra en el concierto de naciones, cómo es posible que no se le haya pegado nada de países tan arcaicos y tan importantes. Y no hablo de mejillones al vapor ni siquiera del muy considerado bocadillo de calamares, no. Me refiero a la independencia de los poderes públicos, a la corrupción, la negociación, la equidad en la distribución de los recursos, la condescendencia, no privilegio, con los que más aportan, el castigo a una población de siete millones de habitantes por no ser de tu gusto, etc. En fin, pequeñeces que no se corresponden con uno de los países más importantes del mundo.

Si será importante que ahora resulta que con el bye bye –Brexit- de Gran Bretaña, se les ha ocurrido hincar el diente en el roñoso pedazo de roca conocido como Peñón de Gibraltar, que está lleno de monos. Al parecer allí sí que les gustaría hacer un referéndum para saber la opinión de sus habitantes –llanitos- que, como era de esperar, ya se han manifestado con aquello de…y un huevo. También han metido cuchara ilustres Lords, Sires, ministros y militares ingleses, con contundentes razones: Una acción militar como la de Las Malvinas, tenemos un ejército muy superior al español y, a medio término, aplastaríamos España, invitar a Londres a los líderes separatistas catalanes y exponer a Naciones Unidas el deseo de Gran Bretaña de que Catalunya sea independiente, al fin y al cabo los catalanes, al contrario de los españoles, son un pueblo abierto de miras, atlantista y que hace mil años ya comerciaba con Cornualla y el País de Gales. Recontrahuevos! Vaya tíos. ¿Y si preguntáramos a los cinco mil españoles que cada día cruzan la frontera con el Peñón para ganarse las papas? En las páginas de The Sun he leído “los gibraltareños no quieren a los Follaburros dirigiendo su estratégico enclave”. Joder, que fuerte!!