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jueves, 6 de julio de 2017

AZOTES DE MAR. ROGELIO, LAS NUBES Y EL JUEZ.

Se produjo la muerte de un conocido, le apreciaba. La muerte, ni que sea esperada o temida, siempre nos coge con el paso cambiado, el efecto sorpresa nos conmueve. Y los sentimientos, como los pétalos, se abren de tal manera que entonces, y solo entonces, descubrimos que sentíamos por el finado algo más que una simple amistad. En ocasiones incluso ensalzamos aquellas virtudes que jamás tuvimos la honradez de reconocerle. Por no mencionar las críticas subidas de tono con las que denostábamos su trabajo o sus dotes.

En este caso no ha sido así, Rogelio fue un marinero de aguas precipitadas, embarcó con diecisiete años en un barco bacaladero y ya no abandonó el mar hasta el día de su jubilación, hace apenas unos cuatro años. Con singladuras de diez meses la vida de Rogelio transcurrió entre  Terranova y Groenlandia, y sus últimos abordajes fueron en el Mar de Barents, al norte de Laponia y al sur del Polo Norte.  Era un hombre parco en palabras, ceñudo, huraño y adusto. Libraba dos meses al año quemando sus cartuchos en el bar de la cofradía de pescadores. Sobre los cuarenta años un accidente le mermó en parte las facultades de su brazo izquierdo. El capitán no permitió su evacuación a ningún puerto noruego y fue atendido en la enfermería del buque. El maldito arpón destripó su antebrazo. Tenía sentido del humor e incluso hacía reír a sus contertulianos. A la pregunta de si tenía una novia en cada puerto, siempre respondía airado que él no tenía novias, tenía esposas en todos los puertos de Escandinavia que le trataban como a un marido de verdad, decía. No hay más, se ha sentado a la mesa de Neptuno y le deseo una larga y cómoda singladura en el fondo del océano en donde, a no tardar, tendrá una sirenita esperándole en cada arrecife.


El tiempo es implacable, cada día amanece según lo que le salga al tiempo de las entre nubes. Después de un junio abrasador e inquietante, julio despereza con altibajos impredecibles. Hay gente en la playa, me lo miro de lejos para no quemarme, pero las calles aparecen con cierta tranquilidad, sobre todo para los comercios. No así en la noche en que el bullicio se dispara y poder reservar una mesa en un restaurante se convierte en una odisea. Seguimos con los estereotipos de siempre, oigo una señora refunfuñar porque una tienda luce un letrero con la palabra “souvenirs”, esa manía, dice, de rotular todo en catalán. Podría ser la misma que el año pasado me indigestó el Martini por aquello de “pa”, debiendo ser, según ella, “pan”, no lo entendía, a pesar de que el establecimiento no tenía motos ni coches, ni mucho menos bragas y sostenes en el escaparate. ¡Maldito catalán subversivo!


Veo por televisión, con rubor, impotencia y asco, a una señora llorar desconsoladamente porque han ”okupado” su casa y no solamente no puede entrar en ella, sino que le han aconsejado que no aparezca por allí, que formule la denuncia pero que no tome ninguna iniciativa que podría perjudicarla gravemente. Les confieso que es algo que me aturde y saca de casillas, por no decir que me encabrona muy seriamente. Para terminar de rizar el rizo, los ocupantes, desde el balcón, se mofan de ella, la insultan y la conminan para que se vaya a hacer puñetas. Creo que legalmente existen no sé qué vericuetos legales que impiden el desalojo inmediato de las viviendas afectadas por esta lacra que se cuenta por miles. Me gustará hablar con un juez, no con un abogado o sabioncillo de turno, con un juez que me dedicara el tiempo necesario para instruirme y hacerme entender que el principio de propiedad privada es interpretativo, que pueda ser según como. A ojos de un lego como un servidor, el asunto es sencillo, diáfano, neto, indiscutible, injusto, lamentable, insultante; Yo vivo ahí, pago los impuestos, tengo una escritura justificativa de la propiedad porque la ley me obliga a tenerla, he pagado al notario sus honorarios y al registro también, y, me duele, pero también he pagado la hipoteca. ¿Y no puedo entrar en mi casa? 
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