Ha amanecido sin nubes ni malos presagios.
Hace frío, el frío de San Antonio que dicen por aquí. El panadero, Eulalio, ya
hace un buen rato que ha salido con su roñosa furgoneta a repartir las tiernas
hogazas de pan, el alguacil, Moisés, riega la plaza mayor solo el trozo que
ocupa el ayuntamiento. Es día de mercadillo y los asentadores montan las
costillas de varillas oxidadas que darán soporte a los apedazados toldos;
Fruta, pescado, embutidos y las preciadas paradas de ropa. Ropa de vestir que
se conoce de memoria toda la comarca por su parsimoniosa venta. Aquí no hay
Ralph Lauren ni ostias en vinagre. Un jersey verde que pica lo suyo para los
domingos de la niña, y acaso unos calzones hasta los pies para el abuelo
gruñón. No le hace ningún asco al mercadillo la Sra. Remedios, suele venir por aquí
a proveerse de ropa interior, mayormente se interesa por los sujetadores, aquí
los hay de talla cacerola y le cuadran. Para los vestidos y conjuntos antes se
iba a Madrid pero con el tiempo también claudicó, se veía en el espejo y de su
boca salían toda suerte de tacos, ¡Maldita sea yo y mis nalgas!
El sol ha llegado para empequeñecer el
frío, barnizar las calles y dulcificar la dura y monótona vida de los
lugareños. Hoy se ha dejado ver por aquí Salustiana, amiga de Reme y ninfómana
de vocación. Gusta de pasearse por el mercadillo para darse un baño de piropos
mañaneros. ¡Buenos días Salu, que buena estas hoy! ¡Hola manchega, hoy te comía
el queso, no el manchego! ¡Vaya par de cántaros, manchega! Y Salustiana henchida
de gozo y con media sonrisa de reojo, movía las caderas para enojo de media
docena de bocas desdentadas. En fin, las banalidades propias del alegre
populismo. Del ser o no ser y, a poder ser, que sea. La chica tiene maneras,
cuando alguna amiga íntima le dice aquello tan solapado de “como estas Salu?”
siempre les responde, como el fuego, ardiendo.
El Sr. Alsina, bancario él, aunque esté con
el mocho en la calle puliendo la entrada de su oficina, si se apercibe de que
pasará la Reme, se arregla los cuatro pelos, Buenos días Sra. Remedios, ¿qué la
trae por aquí? Pues me trae de todo menos entrar en su oficina, ya lo sabe. No
puede disimular su honda aversión a los bancos. Las perras al armario y no se
hable más. Ginés, Ginés Berganza es el pijo del pueblo, bueno, más que pijo
adinerado diría yo. Porque es un tarugo inclasificable, feo, desaseado,
empavonado y más falso que un duro de chocolate. Sus padres hicieron fortuna de
la nada. Y digo de la nada porque en su día tenían cuatro duros y decidieron
dedicarse al innoble oficio de la usura. Y de ese modo arramblaron con casas,
huertas y fincas, ¡toma! Es un oficio apañado, arreglado, se trata tan solo de
que aquellos dineros que prestas, no te sean devueltos. San Sebastián, padre de
las injurias y penas, te ruego que no me los devuelvan. Y de ese modo se
hicieron un patrimonio de chupa y domine. Y ahora Ginés, vive de puta madre y
ni se casa para no menguar sus bilinbines.
Continuará,