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viernes, 19 de mayo de 2017

SENDEROS SIN GLORIA

Es un hecho inalterable e indiscutible que Catalunya hace ciento cincuenta años que tira de los desballestados cimientos de la nación española. Sin el empuje de los catalanes, España, con tilde, a día de hoy seguiría siendo lo que nunca ha renunciado a ser: un país encerrado en sí mismo, que detesta la modernización de sus estructuras administrativas y organizativas, así como el ensamblaje con las naciones de progreso. De igual manera se opone a renovar la gobernanza política basada en un pseudo feudalismo liderado y controlado por las élites de siempre, degenerando en arcaicos y arbitrarios sistemas de gobierno con el consiguiente endurecimiento de sus políticas trasnochadas. La mitad del país es yermo, y sobre la otra mitad recae la inamovible obligación de sustentarlo contra viento y marea, aunque ello suponga una degradación y asfixia financiera de las zonas productivas. Singularidad nefasta e injusta, que condena al acomodo y ostracismo de las partes receptoras de recursos, creando una situación de victimismo a perpetuidad, con la complacencia, no ya de los distintos gobiernos, sino de la misma población. Con la constante evocación a Madrid, como concepto, no como ciudad y su población, se pretende concentrar todo el poder habido y por haber desde hace trescientos años. El resto del territorio no pasa de ser considerado como “provincias”, entes de segundo orden que, cual vasallos descarriados, restan obligados a tributar y depender del acérrimo centralismo. Para no confundir hay que precisar que estas actitudes se han mantenido a lo largo de centurias en república, monarquía, derechas, izquierdas o dictadura.



El nacionalismo español es cien veces más identitario y excluyente que lo que pudieran ser vascos o catalanes. Todo lo que no sea españolismo a ultranza es despreciado o eliminado. Si un sujeto es entrevistado en televisión y responde en inglés o suajili, es ignorado, pero si el caso se da cuando asoma alguna palabra catalana, entonces arde Troya. Porqué, pues porque odian el idioma catalán y no soportan lenguas que no sean el castellano. A tal extremo llegan que la franja de políticos mayores de 50 años se ven en la necesidad de acudir acompañados de un intérprete en sus relaciones internacionales, con el consiguiente bochornazo que ello supone. Y para fobias basta echar un vistazo a las redes sociales para darse cuenta de hasta qué punto la catalanofobia es abrumadora, insultante y encarnizada. Y ni tan solo en las amenazas de todo tipo, incluyendo las de muerte, he visto jamás un fiscal de oficio interesarse por el caso.

Se hace muy difícil entender el porqué de esa animadversión a todo lo catalán, que viene arrastrándose desde tiempos inmemoriales. Alemania, por ejemplo, no esconde su reconocimiento y admiración por Baviera o Hamburgo, potentes motores del estado teutón, ambos con una aportación aproximada del 18’1% al erario alemán. Lo mismo puede decirse de La Lombardía con cerca del 25% de la economía italiana. En el caso alemán su contribución a la cuota de solidaridad interterritorial es del 5% y están hartos y quejosos de tanto dispendio. En el caso catalán supera el ocho por ciento, dejando las arcas de la Generalitat en situación de quiebra perenne.


Recientemente Ian Gibson, buen conocedor de las Españas, ha declarado “España no hace más que tejer y destejer. Es un país amnésico, de maricón el último. Donde solo los gilipollas pagan impuestos, un país, en definitiva, que funciona a ostias. No debería ser así,dice, pero la verdad es que si no hay ostias, aquí nadie hace nada”. En 2016 Catalunya registró un PIB per cápita superior a Finlandia, Suecia, Alemania y Francia. Su volumen económico es superior al de Finlandia, Irlanda, Grecia, Portugal, República Checa, Rumania, Hungría o Eslovaquia. Inmediatamente por debajo de Dinamarca. Y la única realidad española es su desmesurado y estrambótico plan para entorpecer, eliminar, difamar, confundir, expoliar y combatir mediante la judicatura, cualquier expresión o iniciativa de los catalanes, incluidos el amedrentamiento y la amenaza continua. ¿Hay algún remedio?
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