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miércoles, 16 de diciembre de 2015

SUEÑA O ENVEJECE

I have a dream”, sí, de noche tuvo un sueño Martin Luther King, era el 28 de agosto de 1963 cuando habló en las escalinatas del monumento a Lincoln, Washington, a lo largo de una de las mejores  piezas oratorias de la historia. Defensor a ultranza de la coexistencia pacífica entre blancos y negros, abolicionista de la esclavitud y defensor de las libertades individuales, caía poco antes de cumplirse los cinco años de su inolvidable discurso, cosido a balas en Memphis, Tennessee.  A la edad de 39 años. Ese fue su sueño, vivir en concordia, sin diferencias raciales, compartiendo aulas en la universidad, viajar en los mismos autobuses y comer en los mismos restaurantes. Sin duda se trató de un bello sueño, de un justo y humano anhelo. Aunque, sin él poderlo remediar, las heridas todavía no han cicatrizado, hay fisuras que fluyen y se esparcen.

Sin ser tan contundentes ni trascendentales, quién no ha tenido un sueño, quién ha puesto límites a fantasías, quimeras o espejismos? Luther combatía por la humanidad, por la igualdad entre todos los seres, nosotros solemos instalar el listón mucho más bajo, casi a nivel de tierra, por aquello de poner los pies en el suelo. Hasta en eso, soñar, somos discretos, casi prudentes. Así y todo, por poco que cueste construir castillos en el aire, qué cara nos sale su demolición, su evaporización. Cuando el sueño se transforma y se muta en realidad nos sentimos aturdidos y contrariados, y muchas veces hasta lo consideramos una injusticia. Apelamos a la mala suerte y desafiamos el azar. Pero también hay que hacer notar que somos de buen conformar, aceptamos el sinsabor con gusto a miel: “Los viejos sueños eran buenos sueños. No se cumplieron, pero me alegro de haberlos tenido”.

No les parece que la mera posibilidad de poder soñar ya nos hace la vida un poco más interesante, huir de rigideces y desalientos para desatar todas aquellas pequeñas o grandes cosas que solo en pensarlas asoma un cosquilleo en el pecho, un rayo plateado en la mirada? Coger aviones, visitar lugares exóticos, codearse con las estrellas, malgastar dinero, amar sin ser amado. No cuesta un euro ni hay que hacer cola alguna. Dispones a tu antojo porque nadie te va a contradecir, ninguna autoridad te lo prohibirá y con un poco de suerte y dedicación hasta puede que lo vivas intensamente durante una noche de profundo sueño. Pero si algún día la diosa fortuna te sonríe, comprenderás la riqueza de nuestra imaginación y la pobreza de algunas realidades.

Shakespeare dijo que “un hombre que no se alimenta de sus sueños envejece pronto”, comparto esa afirmación. Hay que soñar, es necesario soñar, porque de lo contrario nos volvemos insensibles y despiadados con la esperanza, no atendemos a los impulsos y ruegos del corazón y vagamos por las esquinas de la vida buscando respuestas en dónde no las hay; La humanidad es culpable de mis desdichas, no yo. Pero hay una cuestión que tampoco hay que pasar por alto ni olvidar: dijo Sarah Ban que el mundo necesita soñadores, pero también hacedores. Claro, una cosa es soñar maravillosas banalidades y la otra pensar en sueños en los que algo inesperado mejorará tu vida. La verdadera magia precisa de sudores, determinación y trabajo duro, todo lo demás es una utopía más fantástica que el propio sueño.

Calderón lo plasma con maestría en la voz de Segismundo:
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.


No es fracaso, traición, ni mucho menos injusticia, tan solo se trata de vivir la vida dos veces, la real y la imaginada o deseada. Es necesario soñar, y soñar que soñaste, pero jamás olvidar, ya saben, que al final de cada episodio los sueños, sueños son.
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