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jueves, 2 de julio de 2015

CRÓNICAS EN TINTA AZUL (2)

Las mañanas siguen impactándome. De buena mañana hacer un recorrido por el circuito de la playa es una sensación que casi carece de palabras para definirlo. No es ni mar, es una inmensa sábana de agua inmóvil  y una sabia combinación de azules y verdes que encadenan tu pensamiento. El inicio de esta semana ha sido muy turbulento para mí. He tenido verdaderos problemas para conseguir que la bicicleta respondiera con las concretas prestaciones para las que fue pensada e inventada. Una fatal repetición de anomalías incontrolables. Me he personado en la tienda responsable de mi malestar y desasosiego con cara de ya basta y, amigos, chapeaux por los franceses; bici nueva.

Hoy no, pero llevamos unos días de sol intratable, poderoso y exterminador de pieles sensibles como la mía. Y de cerebros agotados como el mío también. No me gusta ni me disgusta ver la arena llena a rebosar de sombrillas, reconozco que endulzan y pintan el paisaje. Pero me revientan aquellos que con letra enfermiza dicen por ejemplo toldos Pepe o bar de copas Lucy, adultos. Estos mensajes rompen el glamour del momento. Lo mismo que los inefables barrigones que con esperpénticas piruetas y ridículos tropiezos tras una pelotita creen deslumbrar la toalla en la que se regodea una niña con unos pechos más tensados ​​que una raqueta. Si tenemos que soportar determinadas cosas pues venga, pero, por favor, que vuelvan las pelotas de Nivea. Y si las tiran desde una avioneta ya sería como para apagar la luz.

La pregunta es una obviedad, es difícil cortar cuatro rebanadas, arrastrar el tomate, y adornarlo con finas láminas de fuet? Pues sí. Desgraciadamente son infinitos los establecimientos o chiringuitos donde no tienen ni la menor idea. Es una extravagancia de los hermanos Roca? No, de ninguna manera. Lo puedo llegar a cocinar yo solito y con óptimos resultados. Por cierto, hoy le he hecho un primer plato a mi mujer, que no ha tenido más remedio que ensalzar mis no suficientemente celebradas aptitudes culinarias. En parte mal, porque entonces dice aquello de los primeros los podrías hacer tú. Hoy no he parado con la bicicleta, de aquí para allá, encargos recaditos y gestiones varias. No he tenido más remedio que parar a desayunar en un bar, siempre frente al mar, de aquellos de las tostadas con mermelada y lleno de guiris que suelen fumar como Greta Garbo, ya saben, la enigmática esfinge divina. El camarero era un niño de dieciséis o diecisiete años, feo, con gafas y que no ha sabido responder a mis buenos días, lo que me cabrea. Le he detallado con mucho cuidado mi modesto pedido: cuatro rebanadas untadas con tomate, sembradas de fuet finito, una copa de birra y a posteriori un café. Pues no, me ha traído un trozo de baguette sin tomate, pasado por la tostadora y los cortes de fuet demasiado gruesos. El primer impulso ha sido romperle las gafas para ver si podía reaccionar, pero curiosamente me he tranquilizado y lo he dejado para el final, a la hora de marchar. Al marchar ya no he podido, pobrecito, seguramente era un adolescente ganándose unas perras en época de vacaciones. Otro día le diré al dueño quieres hacer el favor de poner un camarero como dios manda, darlo de alta en la SS, y pagarle un sueldo digno. En fin, dejémoslo, en un momento que se ha acercado a la mesa le he preguntado si tenía wifi y me ha respondido no, hace días que no vienen.


Después dicen que soy un gruñón, empezando por mi mujer, pero que quieren que les diga, es que casi todo lo encuentro mal y hecho de mala gana. Ya lo digo yo, cualquier día nos encontraremos una alcaldesa en Barcelona que provocará vergüenza ajena y una directora general de no sé qué meando por las esquinas. Es mejor que coja la bicicleta, le ponga la segunda, y cagando leches a casa.
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