Musica

miércoles, 6 de mayo de 2015

"SEIS"


A principios del próximo mes de junio se cumplirán seis años de esta increíble y apasionante relación entre mis más intimas sensaciones y recuerdos y el lector, que es quien da sentido al blog, a través del Tren de llarg recorregut. Un símbolo sobre ruedas de hierro que metafóricamente ha servido como correa de transmisión para poder plasmar sobre el papel cientos de historias almacenadas en el cuaderno de bitácora y arrancadas semana a semana para encajarlas entre vías, cambios  de aguja, pasos a nivel con barrera y semáforos en verde. Son tantos los quilómetros recorridos que ya he perdido la cuenta. Miles de estaciones transitadas, unas durante el anonimato de la noche y el candor de la belleza oculta en pequeños rincones de ensueño. Algunas con el ajetreo y la masificación de las grandes ciudades. Otras más modestas y calladas, casi vergonzosas y tímidas, al pairo de heladas colinas entre montañas nevadas. A riesgo de caer en el atrevimiento he de decir que casi nada de este mundo le es ajeno a la curiosidad del tren. Tampoco puedo obviar en este largo recorrido el lugar destacado que siempre he reservado para la música, fiel y leal compañera de todos mis itinerarios, siendo la ópera brillante y destacada protagonista. Como lo es también en mi vida. No hay historia si no hay difusión, y el tren ha tenido los mejores raíles para ello: La Vanguardia.

En esta fértil singladura he conocido personas que con sus impagables opiniones han dado sustento y ánimo para que el tren no desfalleciera ante las brumas del Báltico, ni con mis devaneos juveniles en la decadente Venecia, entre muros enmohecidos por la humedad y el romanticismo. La turbación en las praderas de Kenia buscando a Karen o en Madison al encuentro de un cruel semáforo que heló el corazón de Francesca. Cinecittà, derruída, abandonada y solitaria, sin rastro de Fellini ni Visconti, pero sí de su legado imperecedero. La quinta de Mahler siguiendo el humo del tren a lo largo del Danubio, o paralizado de emoción al cruzar la bella Toscana con el intermedio de Caballería Rusticana batiendo los cipreses.

No soy escritor, ni tan solo un mal escritor, solo intento ser un relator que, embriagado por la música, viaja por el mundo y pone letras en sus ojos para contar lo que ven y lo que les cautiva. Ya es tiempo de bonanza y el sol tuesta los muros del monasterio para que las piedras se camuflen de color manzana al horno. El puente de Brooklyn visto desde el River Café se asemeja a un descomunal brazo que enmarca el skyline de Manhattan. La Scala, el Metropolitan, el Liceu, La Fenice, el San Carlo, el Covent Garden y tantos otros templos musicales donde nos bautizamos con notas de oro y charol. Volendam y su mar embravecido como una guinda en la cabeza de Holanda. Auswitch y Mauthausen nos rompieron el corazón y sentimos el gélido frío de la muerte y el  horror. Los fascinantes colores de Andalucía. El espectacular amanecer de Lisboa como una gran puerta abierta al misterio atlántico. Paris, Londres, Roma, Florencia, Múnich, Ámsterdam, Atenas, New York,Viena, Praga, Berlín, Nairobi, Nápoles, Milán,etc, viejas ciudades a las que el tren descosió sus costuras para admirarlas y aprender de ellas.

Palidezco al recordar un trocito de mediterráneo llamado Mar Tirreno en donde se alza la isla de Capri, lujuriosa, subyugante, emperatriz de la belleza, de la que escribí…el sol se sumerge en el mar irisando sus profundidades. Lucca, patria de Puccini, antigua fortaleza en círculo donde rendí homenaje de admiración al maestro que aun hoy turba mis sentidos con su dulce sensibilidad. Los conciertos nocturnos en los cálidos veranos en Central Park. Las reposadas anotaciones en la libreta de campo en un refugio de montaña cubierto de nieve, las largas conversaciones frente al hogar quemando troncos de encina y haya entre los muros de Poblet. Tran-tran,tran-tran,tran-tran. Es imposible hacernos eco aquí de todos los lugares en donde el tren a cruzado silencioso y abnegado recorriendo la vida.

Seis años, setenta y dos meses, trescientas doce semanas, dos mil ciento noventa días con sus noches han alumbrado trescientas doce crónicas que deseo fervientemente que les hayan acompañado y entretenido tanto como a mí de podérselas ofrecer.

Me tendrán que disculpar, el tren arranca de nuevo.
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