Musica

sábado, 10 de enero de 2015

TORMENTA

Cuantas cosas revoloteaban en mi mente durante el rato que estuve en aquella fría habitación, cuantos escenarios desfilaron por mi cabeza. Rugía el viento y zarandeaba la copa de los árboles, las hojas se desperdigaban atemorizadas dejando un rastro de remolinos verdes. El cielo presagiaba tormenta, agua a raudales. Con el rostro apoyado en los cristales de la rústica ventana sentía sus crujidos y el helor que la penetraba. El perro asomaba la cabeza por debajo de la cama emitiendo diminutos aullidos sin poder disimular su pánico. Que rápido ha pasado el tiempo, cuando veo desfilar las imágenes tan veloces por mi mente me parece ver como una película de mi vida, un resumen en el que las edades se superponen y los acontecimientos vividos se vuelcan en la platea de los recuerdos.

Cada uno de nosotros tiene alguna canción o una música que a modo de banda sonora acompaña nuestras ensoñaciones. Hay melodías para todo, para el recuerdo, para un lugar determinado, para el olvidado primer beso, para los que ya se fueron con excesiva prisa, las que nos proyectan hacia un futuro deseado o para viajar inmóvil en tu butaca. Durante mi década de los 20 a los 30 años, tocaba el piano en casa con manifiesta mala traza y evidente cabreo por parte de los vecinos. Pero me gustaba, ayudaba a imaginar un incierto futuro y sentar las bases de lo que haría cuando fuera mayor. Qué vas a ser de mayor? Puesss, quizá vividor, dramaturgo, millonario, aventurero, buen padre, periodista, actor. Creo que a excepción de buen  padre, nada de todo lo demás he alcanzado. Pero me lo pasaba bien aporreando las fusas, corcheas  y semifusas durante aquellos años. Tan solo me queda mi afición por la música. De aventurero les puedo asegurar que no tengo gran cosa, por no decir ninguna. Aunque a veces mis nietos me preguntan <si no te hubieras dedicado a lo que has hecho, qué te hubiera gustado hacer> y siempre les respondo: Corresponsal de guerra, periodista entre conflictos. Después me levanto y marcho para no oír sus risas. El piano? Si, sigue ahí, adosado a una pared de mi despacho, vestido con su frac negro de gala, brillante y limpio de polvo, con algunas fotos enmarcadas, una figura que no recuerdo y un ramillete de gardenias más falsas que la mentira. Ni tan solo molesto a vecinos, no los tengo, a lo sumo los domingos soporta estoicamente los manotazos de aquellos locos bajitos, como diría Serrat.

Me miraba el perro entre sorprendido y espantado. La luz de los rayos se reflejaba en sus ojos medio escondidos bajo la cama. Llevaba un buen rato viendo aquella conocida película, imágenes propias, secuencias de vida, momentos inolvidables. Casi que me di de bruces con las letras de Armando Manzanero: “Voy a apagar la luz para pensar en ti y así dejar volar a mi imaginación”. Solo que él habla de una mujer y yo de una vida. Para el caso da lo mismo, son historias vividas y encerradas en el disco duro de cada uno de nosotros y que nos facilita su revisión con tan solo extraer el archivo deseado. No hay color casi siempre la película es en blanco y negro.


Me desperté al alba, tenía el cuerpo aterido de frío, me debía haber dormido cuando la tormenta arreciaba. Los cristales estaban empañados y chorreaban gotas formado un diminuto charco en el suelo. Limpié un cristal y apareció el sendero por el que había llegado hasta aquí, entre brumas y nieblas espesas. Un ruinoso termómetro colgaba de un cordel junto al ventanal, dos grados negativos en el exterior. A dentro no creo que excediera de siete u ocho. Era imposible seguir y decidí esperar hasta media mañana confiando en que mejoraría el tiempo. Al fin y al cabo todos los caminos son iguales, no llevan a ninguna parte, eres tú quien escoge el adecuado.
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