Musica

martes, 16 de enero de 2018

CAFÉ SIN AZÚCAR.

Un café sin azúcar es el mejor punto y final después de la comida. Y corto, muy corto, más de media cucharilla de azúcar desvirtúa el sabor y se convierte en melaza. Ya no es un café, sino una bebida endulzada para después de comer. Saboreo la tacita de líquido bien negro y disparo los ojos hacia los ventanales, la tarde ha tomado el relevo de la mañana, luminosa, azul y estimulante. Las mañanas son para emprender, para planificar las gestiones del día, y para agradecer de ser testigo de este maravilloso espectáculo que nos propone una nueva jornada. Pero estamos en invierno y las cartas se juegan de otra manera, sobre todo en las tardes, los vientos se pelean, pisan, giran y avanzan más o menos rápidos. Y las nubes, majestuosas y titánicas, dóciles y pícaras, se dejan mecer por las corrientes de aire, de mar a tierra adentro o media vuelta y de las llanuras hacia al mar. Una vez en el mar recargan sus depósitos a la vista de todos, pero sin que nadie lo pueda ver.

El invierno, a diferencia de la primavera que transcurre a saltitos y golpes escondidos, es más conservador, mucho más constante que la primavera. No tiene prisa, sabe que los días se acortan y no ve motivo para correr. Lo que no hacemos hoy, mañana tendremos tiempo para hacerlo. Las nubes van cambiando su vestimenta, no te das cuenta, aparecen de repente, cuando la madrugada ya se ha ido, cubiertos con la capa negra y gruesa hecha de grandes burbujas de algodón tintado, acercándose lentamente pero firmes, como los felinos a la presa. Puede que llueva a gusto de todos o se puede dar el caso de que se abran grietas terriblemente ruidosas de agua, luz, y estruendos que acobarden las almas al raso o los perros miedosos. Aquí de tramontana poca, una decena de veces al año. Eso sí, limpia el espacio, desbroza bosques, se lleva la polvareda y se carga mosquiteras, torretas, toldos y ganas de salir. Lo suyo son los soplos del Sereno y la Marinada. El Sereno viene del norte y cuando sopla a no sé cuántos por hora, cálzate bien, cierra puertas y busca bufandas y gorras. La Marinada es salada y marítima, viene del mar casi todos los días del año, se agradece en verano y hace blasfemar en invierno, sibilina, suave, callada y húmeda. Su mejor momento coincide cuando las sombras desfilan.


Me he bajado para hacerme otro café sin azúcar. De arriba a abajo o de abajo arriba hay unos siete metros y medio o, lo que es lo mismo, treinta dos peldaños. Veo calles, casas, almendros, viñedos y el perfil gótico de un monasterio, todo enmarcado dentro de las montañas y bosques que nos rodean. El ruido más molesto aquí arriba es el del silencio, que no me molesta ni perturba porque me acompaña y me empuja a no distraerme. El amargor del café resulta gratificante y bienvenido. A la derecha veo la carretera, desierta, larga y algo inhóspita a esta hora. Al frente las altas montañas donde el frío le ha clavado su fino estilete y las copas de los árboles oscilan de un lado a otro como si dijeran que no. A la izquierda entra el sol en esta parte de la estancia, irá girando y dará calor a toda ella. Las larguísimas hileras de cepas hasta más allá del sotobosque, dan una sensación en la viña de rectitud, disciplina y orden. La cepa no tiene prisa, podada y peinada espera la llegada de la primavera, aristocracia de los olores y los colores. De momento los pámpanos rojos y amarillos se sostienen en minoría, el otoño los pintó y el invierno los va borrando. Viñas emparradas y altas, viñas verdes a la espera del sol, cultivadas, mimadas y vigiladas. Ahora dormidas y desnudas, lejos queda la última vendimia, lejos se ve la próxima licuación del fruto que regará mesas y bocas, hasta el último grano de uva. El último café ya sólo es un regusto de recuerdo.


jueves, 11 de enero de 2018

LA CHIRIGOTA DEL DAME PAN Y DIME TONTO

Una vez más la genialidad de determinados grupos jaleados como coros graciosos y sorpresivos, a los que se supone ingenio y humor, disfrazados a tenor del personaje a envilecer y humillar, ha pisado las tablas del teatro gaditano, en donde el publico se embelesa ante las caricaturas de las Agrupaciones Carnavalescas de Cádiz con sus célebres Chirigotas.

Bien, estamos en lo de siempre, en la escenificada burla de un espectáculo bochornoso, agresivo, insultante y, por descontado, de un mal gusto a prueba de bala. Como no podía ser de otra manera, este año le ha tocado el sambenito a Carles Puigdemon. Una parodia fuera de lugar, abstracta por indecente, chabacana por naturaleza, y pseudo cómica para consumidores propios. Un retrato más, pretendidamente azucarado, de la Marca España.


“No sabemos si cortarle la cabeza o mandarlo a pelar”.” “Pido perdón por haber celebrado un referéndum. Pido perdón por las urnas que allí coloqué. En realidad eran cajas de ropa de invierno, pero es que allí es ver las cajas y echar un papel. Yo te pido perdón, que no quiero cumplir más condena. Te pido perdón de la única forma que sé. Perdóname la vida”, ruega el personaje. Tras las súplicas, el verdugo lo espanta con la bandera de España, que acaba siendo sustituida por la estelada”. De ese texto canturreado ya se desprende el nivel artístico de la puesta en escena. Zafiedad, vulgaridad y descaro que concluye con su decapitación, tras consultarlo con el público del foro.


La frase “pero es que allí es ver las cajas y echar un papel” ya da una idea del nivel democrático de estas zarandungas. Pero aquí esto es lo de menos. La risa fácil y peregrina basada en el descabello y destripe del personaje a vilipendiar es, siendo generosos, de una tristeza y desprecio lejos de rehusar. Conviene preguntarse si tal despropósito se representase en Catalunya y como víctima la Sra. Susana Díaz, cual sería el grado de aceptación de la Agrupación Carnavalesca. En una provincia española en donde la tasa de paro oscila entre el 35-50%, no deja de tener su gracia. 

miércoles, 10 de enero de 2018

PALABRAS HERIDAS AL ATARDECER.

¿Cómo te hiciste esa herida?

Me atropelló un coche en una esquina.

Pues a simple vista no parece que hayas acudido a ningún hospital, veremos que se pueda hacer. ¿Tienes hambre?
En el fuego del hogar los troncos crepitaban y escupían diminutas chispas. Ya se amontonaba un buen rescoldo de brasas que parpadeaban su rojizo fuego. En el exterior los árboles mantenían una cruel batalla con las ráfagas de viento que barrían todo cuanto encontraban a su paso, el frío era insoportable y los pequeños cristales a modo de ventanitas habían perdido la transparencia.

¿Cuántos años tienes?

Voy a cumplir quince, ya soy muy mayor, me siento viejo y cansado. Me quedé huérfano a los diez años y desde entonces ando perdido, sobreviviendo como puedo o como me dejan.

¿No tienes familia?

No, ya no, todos fueron muriendo, mi madre la última. Vivíamos en una granja, a unos doce kms de la ciudad. Mi padre siempre fue muy retraído, tímido se podría decir, los tiempos eran malos y había mucha escasez. Fue mi madre, que era mucho más osada, la que intercedió por todos y a fuerza de insistir al final nos acogieron en aquella granja, eran buena gente. Ahí nacieron mis dos hermanos, pero en un desgraciado incendio en el pajar, perecieron los dos. Quedaron acorralados y nada pudo hacerse por ellos, eran gemelos y tendrían unos cinco años. Mi padre no lo superó y mal vivió un par de años más. Tres años más tarde fue mi madre la que me dejó solo en este mundo. Y como te dije antes, me vi en la calle con diez años. Acostumbrado a la vida en familia y rodeado de naturaleza por todas partes, jugando, corriendo, ayudando en las labores de casa, de pronto me encontré en medio de la jungla. De la jungla urbana quiero decir. He deambulado sin parar durante años, he hecho de todo y he comido las porquerías más nocivas y humillantes que nadie puede imaginar. Pocos, muy pocos han sido los que me han echado una mano, ayudado o alimentado. El género humano tiene golpes escondidos que dañan mucho, hay mucha maldad. Cuanto más miserable te ven, más golpes te dan. Claro que hay buena gente, mucha, pero resulta insignificante en la vida de uno.


Le lavé y desinfecté la herida y apenas hizo ninguna queja. Me miraba, pero se le cerraban los ojos. No había duda, estaba exhausto, rendido. Le vendé la pierna y dejé que descansara un rato mientras preparaba algo para la cena. Llevaba un vistoso colgante en el cuello, una chapa plateada con una T resaltada y en la mejilla derecha se adivinaba el trazo de alguna antigua cicatriz. Las cejas muy pronunciadas y las uñas desgastadas y sucias, como de barro. Pensé que, aun teniendo las mismas oportunidades, o casi todas, en este mundo los hay que nacen cenizos, marcados, la vida se les pone de espaldas y las penurias y dificultades se adosan a ellos como la hoja a la rama, como el barro a la piedra.
Después de cenar le preparé un lecho donde pasar la noche, poca cosa, aquello no era más que un refugio de montaña, una antigua casa de labrador medio arreglada. Se había rehecho un poco y tenía ganas de hablar, se notaba en la viveza de sus ojos.

Antes te he mentido, te he dicho que mi padre murió de pena por la muerte de mis hermanos, y no es cierto. Me ha dado vergüenza decirte la verdad. A mi padre lo emboscaron entre tres o cuatro malnacidos que lo torturaron y finalmente lo mataron de una patada en el vientre. Ni la policía los encontró ni nadie nos dijo nada nunca más.

¡Dios mío! Pero como es posible llegar a ser tan hijo de puta. Que cosa más horrible. Lo siento mucho.

Ya te he dicho antes que hay mucha gente buena, pero son más los que no tienen corazón ni entrañas. Si no te importa me voy a dormir.

Pues claro, ahí lo tienes. Por cierto, no me has dicho tu nombre.

Toby, siempre me han llamado Toby.

Y se ha dormido. ¡santo cielo! En que mundo vivimos que ¡ya ni perro se puede ser!



martes, 2 de enero de 2018

BUENAS INTENCIONES, ¡FELIZ AÑO NUEVO!

¡Hola, bienvenidos amigos y lectores! Nos volvemos a reencontrar después de haber culminado con cierto éxito la noche de las trompas, la pesada mesa de Navidad, los canelones de San Esteban, el concierto de Viena, los resbalones en la nieve, la persistente mala leche de la lotería, el malicioso amigo invisible y, finalmente, a los buenos y esperanzadores propósitos para el futuro. Espero que podamos compartir esta visión tan edulcorada de las fiestas de Navidad. Si, si, también me han hecho regalos, la familia siempre es espléndida con un servidor. Aunque yo sigo siendo un pedazo de asno para las cuestiones de obsequios y demás signos de buen gusto. En fin, cada uno es como es.

Este año me incordiaba una manía en la cabeza desde hacía tiempo, una losa. Desde que mi vida, digamos profesional, hizo un giro repentino, de un día para otro, las cosas se simplificaron mucho, casi diría que todo mi entorno y yo mismo caímos en relajarnos, en la tranquilidad, en ensimismarse - que quiere decir embobarse-. Desde aquel instante ya no usé nunca más una agenda. La agenda, guía y despensa de la memoria, disco duro portátil donde se apilan cantidades de eventos clasificados por días y horas, la mayoría antipáticos, pero también algunos de deseados y esperados. Calendario, distancias kms, conversión de monedas, santoral, números de teléfono, especies animales en peligro de extinción, capitales del mundo y un largo etcétera de curiosidades y datos de interés.


Dicho y hecho, ya me la he comprado, lomo y cubiertas de piel marrón, señalador de urgencias, colores para resaltar la preferencia o interés de la anotación, averías más frecuentes de un coche, concesionarios más destacados, por marcas. En fin, lo de antes más lo de ahora. Tanto es así que esta misma mañana me he decidido a estrenarla. Nada como el olor de un libro nuevo y páginas vírgenes. Escribo con pluma, me gusta. He comenzado por escribir mis datos personales. Un poco más tarde, mientras ya estaba en la C de los números telefónicos, pensaba que no era necesario que escribiese mis datos personales, porque si la pierdo cualquier desaprensivo me podría chantajear. Bien, el caso es que cuando terminaba con la C y tenía de continuar con la D, me he preguntado <porque debo traspasar casi trescientos números de teléfono a mano, si ya los tengo en el propio teléfono>. Ya lo pensaré, no corre prisa.

Mientras me tomaba un café pensaba que quizás lo más sensato seria estrenar la agenda propiamente dicha. A ver, primero, asuntos de relevancia para esta semana que merezcan mi atención. Bueno, ahora no se me ocurre ninguno. Tareas ineludibles de hoy hasta el domingo, a ver, aquí sí que hay materia. Vaya, sé que el jueves tenía algo. Ep! Domingo sí que me barrunto que tenía que ir al pueblo de aquí al lado, es igual, ya saldrá. Ya está, abro la página de marzo y en el día 19, anoto <Hoy es mi santo>, sin color, no es importante. Ep! Julio y agosto rayados de arriba a abajo, nos vamos de vacaciones como cada año a C, hace veinticinco años. En este caso la C significa Cambrils. Viendo que me estaba poniendo nervioso, he dejado de lado la agenda y he salido a dar una vuelta.


Por la tarde ya no me he puesto. Al contrario, he pensado el por qué cojones necesito yo la agenda. Mañana tengo que ir al almacén a buscar leña y mi mujer me lo suele decir dieciocho veces antes. El puto teléfono me avisa de santos y aniversarios, distancias kms, despertador, noticias, avisos de prensa y ocho mil setecientas cosas más que no sé ni cómo se manejan. Teléfonos, mensajes, WhatsApp, cámara, fotos, vídeos, Youtube, soplagaitas que no cesan de enviar tonterías o jacas en pelotas, recordatorios de que estamos bajo el puto paraguas del 155 y no podremos ir a mear sin un permiso de la autoridad competente, Antonieta que todavía se acuerda de mi después de cuarenta años. Joder, joder. A ver para qué coño necesito yo una agenda si aparte de que no tengo de hacer nada, ni tan solo prevenirlo, ya tengo el bwana del puto teléfono martirizándome de noche y de día. Lo mismo pasa con los buenos propósitos de año nuevo: Aprender inglés, dejar de fumar, ir al gimnasio, no mirarme la Loli, hablar decentemente bien, no correr con el coche, etc. ¡A la mierda ya el gimnasio, la agenda, el inglés, el coche y la madre que los parió!

viernes, 22 de diciembre de 2017

NOCHES DE BLANCO SATÉN

Las noches de blanco satén a las que me refiero no tienen equivalencia ninguna a la celebrada versión musical de los Moody Blues, allá por los setenta. Una acaramelada balada que se extendió como un reguero de pólvora por los cinco continentes, facilitando las escenas de baile en las que se permanece quieto y se da rienda suelta a las manos y labios. Un puntazo en vinilo, vamos. Satén se define como tela brillante, tersa, ligera y suave que se hace con fibras. El satén del que pretendo hablar es el de nieve, de esa nieve espesa y a la vez mullida que cede con delicada suavidad a nuestro paso. Pocos paisajes son tan extremadamente sugestivos como una noche de luna en un páramo alfombrado por el blanco satén de nieve o la mirada absorta de las cumbres nevadas con sus recortados perfiles al trasluz. Y no termina aquí el milagro de la naturaleza, enmudezcan en la llanura iluminada, cierren los ojos y dispóngase a oír el impresionante murmullo del silencio más absoluto. Qué momento tan grato y persuasivo, qué efecto narcotizante nos produce la nieve. Si no hay ventisca, si los copos no revolotean, si los afilados abetos se convierten en rígidas estatuas, apercibirán que el frío ha desaparecido. Sí, no hace frío, el silencio es ensordecedor y el tiempo se detiene.
Es ahí, en la larga noche con luz, perdido entre los grandes circos pétreos de la naturaleza, rocosos, donde anotas en tu cuaderno de bitácora una referencia, un punto, un camino, una señal que te libre de dilapidar la vida en caminos y peñascos de incierto retorno. La montaña, como el mar, son libros abiertos del conocimiento, la reflexión, la formación, la prudencia, la mesura y la contemplación. Siempre aprendes en sus inmensos límites. Pero no los tientes, no intentes burlarlos, no pongas a prueba sus colosales recursos o terminarás reencarnado en edelweiss o coral en las profundidades del océano. Solo entonces podrás saber lo que es el infierno.


Me encuentro en lo alto de una modesta montaña, a unos ochocientos metros de altitud. La visión del valle es apoteósica, se reflejan las lucecitas de un diminuto pueblo y de cuatro casas esparcidas por la vertiente, junto a un riachuelo encallecido, herido por el hielo y destellante por la luna. Me rodean gigantes vestidos de blanco satén que armonizan el conjunto. No es una postal, es un momento único, un instante en la vida en donde las manecillas del reloj quedan imantadas, inertes. No hay mirlos ni tampoco vuelan avefrías o aguzanieves. Los zorros, gatos o perros se fueron hace mucho. Los pocos renos que hay guardan silencio y cuidan de su vida, mientras el oso finge dormir dando descanso a su pesado volumen. Tan solo el lobo, dueño y señor de la noche, corta la respiración con su solitario y cruel aullido de sangre. A mi espalda el páramo resiste a la fuerza del silencio sepulcral, donde el diminuto chasquido de una ramita es un estruendo.

Deambulo por el pueblo, esta vez sí, aterido de frío, con los ojos entre acristalados y llorosos por la ventisca. Las chimeneas caldean las alturas y esparcen sus cenizas arrastradas por el viento con su aroma a encina y pino. Una desvencijada puerta, medio abierta, medio cerrada, hace crujir su centenaria madera, ocultando los relinchos de algún potro pensativo, lejos de la yeguada. El día abre sus ventanas, sin prisa, puntual y metódico. A no tardar harán acto de presencia los primeros copos de nieve, etéreos, ingrávidos, blancos como la nieve porque son nieve. Y el valle seguirá viviendo en ese mundo que no es aquel, el de los ruidos, el de las multitudes, el del asfalto, el de los humos tóxicos. El de satén corrompido.   

domingo, 17 de diciembre de 2017

CON SU PERMISO, ALZO LA COPA.

Esta semana en el fantástico Palazzo Venezia de Roma, ha tenido lugar la dieciseisava edición de los prestigiosos premios Europa de Teatro. El clima del público ha subido la temperatura al conocer que el ganador –ex aequo con Isabelle Huppert- ha sido el gran actor Jeremy Irons. Es un actor al que he seguido desde sus inicios, inexpresivo para algunos y reconcentrado para otros. Nada ajeno a la prestigiosa tradición teatral británica. Si en el cine destaca por su marcada idiosincrasia, tras las candilejas es un actorazo sin paliativos. Lo último que he visto de él, con retraso, ha sido el film La Correspondencia, de Giuseppe Tornatore y banda sonora del genial Ennio Morricone. Tuvo una tibia acogida, en principio, pero Irons, fiel a su estilo como ausente, irónico, perdido, distraído, tierno y educado, sobresale en su calculada réplica a su joven amante. Los años no perdonan y su gestualidad adolece de cierta flaqueza que compensa con escenas de alto contenido erótico.


Hablo de este actor, con principios y creencias un tanto enrevesadas, en primer lugar porque es un gran actor, a nadie deja indiferente, en un sentido u otro, pero es que además, gente cercana a mí me han identificado siempre a él. Ojo! Sin coñas ni carcajadas, en un plano informal, jolgorio festivo y entre amigos y familia. Evidentemente no hablo para nada del físico, no nos parecemos en nada, Irons es un personaje atractivo y seductor, y un servidor, pues bueno, que les voy a decir. Sí es posible que en la actitud, el gesto o la mirada, tengamos un parecido, conmigo y con otros tantos millones de hombres. Tampoco su cuenta corriente tiene parecido alguno con la mía, lógico.

Fanny Ardant subrayó de Irons su concentración, su voz suave y oscura, su generosidad y la capacidad para abrirse emocionalmente y totalmente al público, pero manteniendo el control absoluto de la situación. Sí, dicen que soy un mandón, que me gusta tomar la iniciativa y controlar todos los pasos. Algo así como desconfiar de los demás y creer que solo yo puedo salir victorioso. Claro que también tiene otras interpretaciones, por ejemplo, ser un fulano engreído, metomentodo y mal fiado. “Cuando te aburres en alguna cosa empiezas a hacer las cosas mal, hubo un tiempo en que me aburrí del cine”, dice el astro. Hombre! en una versión más de estar por casa, siempre me han dicho que soy culico mal asiento. Es verdad, me aburro pronto y me canso de las rutinas. Me gusta innovar, cambiar, buscar, renovar…en fin, un tío insoportable. Otra frase de este descendiente shakespeariano, “el consumismo se nos ha escapado de las manos y de aquí unas décadas lamentaremos como nos estábamos matando por hacer dinero”. Pues hombre, no digo que no, pero no en un sentido general. Desgraciadamente hoy es mucha la gente que se está matando no para hacer dinero, o amasarlo, sino que únicamente pelean para subsistir, para no morir de inanición, cosa muy distinta a morir de éxito. Es cierto que quien puede, gasta cantidades nada despreciables en chorradas y bagatelas que son manifiesta y lastimosamente absolutamente prescindibles. Mi sosias inglés tiene un formidable castillo en Irlanda, yo no.


En fin, no hagan mucho caso, tarde de aburrimiento y frío. Alzo mi copa para este gran actor, pero sin líquido. Para todos ustedes que tienen la santa paciencia de leerme, sí que la alzo llena de burbujas de oro y brindo por todos nosotros, para que podamos seguir incordiando pletóricos y, finalmente, que Dios nos libre del 155, somos una comunidad maldita, de acuerdo, pero no imbéciles del todo.

lunes, 11 de diciembre de 2017

NI DE ESTO NI DE LO OTRO.

Mi cartón de tabaco de esta semana viene ilustrado con un enorme ojo y su fondo blanco. En letras blancas sobre fondo negro dice “Fumar aumenta el riesgo de ceguera”, ay coño. Lo que no haré será dudar del pronóstico, ni mucho menos, doctores tiene la iglesia. Existen diversos mensajes de este tipo que se van sucediendo en el tiempo de forma correlativa. Cito como ejemplo el de un señor tendido en la mesa de operaciones al que los cirujanos lo van convirtiendo en menudillos. Por no hablar de un tío al que se le está cayendo la cara a trozos o el alentador primer plano de una herida en el pescuezo de tres pares de huevos. En fin, que uno escribe, o se inyecta un lingotazo, y encima de la mesa, aparte del bolígrafo, el encendedor, una lupa, montones de papeles libres de clasificar, el crucigrama y un fraile de alabastro en actitud meditativa, aparece el dichoso paquete de tabaco con mensajes que inducen directamente al suicidio planificado o asumir un machacón y persistente complejo de culpabilidad. Amén de un acojonamiento sin parangón. Y no es que me regodee de todas estas escabrosas y gravísimas consecuencias, de ninguna manera. Lo que sí me pregunto regularmente es ¿por qué coño están a la venta?


La droga y los estupefacientes prohibidos, hace ya muchas décadas que se han cargado a centenares de miles de consumidores. A mi su sola mención me aterroriza. Este sí que no se vende en estancos ni establecimientos de lencería fina. Es que son los cárteles, dicen. ¡Pues ostia! Con los medios técnicos y represivos que existen hoy día, con los que, sin tú darte cuenta, pueden no solo saber qué llevas en los bolsillos sino corroborar que tus cataplines se encuentran en orden de revista, ¿cómo es que no se cargan los cárteles, el palo que lo aguanta y al hijo puta que lo cultiva y distribuye. ¿O es que acaso ya no quedan 007, ni artículo 155 que los joda?

Tengo una mano en período transitorio, supongo, hecha trizas. Si señor, tres dedos de la diestra pulverizados, acompañado de un dolor insoportable y un temor wagneriano a darme algún golpecito. Llevo ya una semana con este coñazo. Bien es verdad que no he acudido todavía al galeno. Y aunque no tenga que elaborar albóndigas, pongamos por caso, si que necesito asistencia para atar el lazo de los zapatos, abrir una botella de vino o cortar el pan. Y no menciono el girar el volante en una curva. ¡Ostia! Que sacudida. Bien, resumiendo, uno de mis nietos es carne de cancha, deportista a ultranza, y como tal, dispone de ungüentos, pomadas, cremas o elixires mágicos contra los golpes o la mala leche de los contrincantes. He escogido un tubo de crema, a lo Colgate, y ya me he aplicado algunos apósitos del milagroso invento, aunque sigo igual. El caso es que me ha dado por leer las contraindicaciones y me he quedado de piedra. Visto lo leído no sería extraño encontrarme mi pobre mano por algún rincón de casa. Santo cielo, me puede pasar de todo, incluyendo el quedarme como un pajarito en el asiento del avión en el momento del despegue, que ya de por si aquel trance me produce ahogo, eso sí, conozco quien me aprieta en el cuello.

¿Y que me dicen de empinar el codo hasta extremos en que el hígado se queda como una momia? No es el titulo de una película. Que si el chupito, la copita de cava, el carajillete, el cervezote, el lingotazo playero, la lluvia dorada de morapio, el ron calentito a compartir con la Loli de turno, en fin, una verdadera destilería de fiambres. Diariamente, en todo el mundo, hay más cogorzas que poesías a las viñas. Es un verdadero escándalo lo que llega a beber la humanidad en sus diferentes opciones. Lo mismo que los efectos: Hígado a la menier, voladura de sesos, hígado al chicle, revoltillo de páncreas, soufflé de hígado y, para los iniciados en el tema, mousse de cirrosis con frutas del bosque.


Si es que, como diría Luciano, del tercero segunda, ¡Cagondiós! Tonses pa que silven los gobiennos.