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lunes, 11 de diciembre de 2017

NI DE ESTO NI DE LO OTRO.

Mi cartón de tabaco de esta semana viene ilustrado con un enorme ojo y su fondo blanco. En letras blancas sobre fondo negro dice “Fumar aumenta el riesgo de ceguera”, ay coño. Lo que no haré será dudar del pronóstico, ni mucho menos, doctores tiene la iglesia. Existen diversos mensajes de este tipo que se van sucediendo en el tiempo de forma correlativa. Cito como ejemplo el de un señor tendido en la mesa de operaciones al que los cirujanos lo van convirtiendo en menudillos. Por no hablar de un tío al que se le está cayendo la cara a trozos o el alentador primer plano de una herida en el pescuezo de tres pares de huevos. En fin, que uno escribe, o se inyecta un lingotazo, y encima de la mesa, aparte del bolígrafo, el encendedor, una lupa, montones de papeles libres de clasificar, el crucigrama y un fraile de alabastro en actitud meditativa, aparece el dichoso paquete de tabaco con mensajes que inducen directamente al suicidio planificado o asumir un machacón y persistente complejo de culpabilidad. Amén de un acojonamiento sin parangón. Y no es que me regodee de todas estas escabrosas y gravísimas consecuencias, de ninguna manera. Lo que sí me pregunto regularmente es ¿por qué coño están a la venta?


La droga y los estupefacientes prohibidos, hace ya muchas décadas que se han cargado a centenares de miles de consumidores. A mi su sola mención me aterroriza. Este sí que no se vende en estancos ni establecimientos de lencería fina. Es que son los cárteles, dicen. ¡Pues ostia! Con los medios técnicos y represivos que existen hoy día, con los que, sin tú darte cuenta, pueden no solo saber qué llevas en los bolsillos sino corroborar que tus cataplines se encuentran en orden de revista, ¿cómo es que no se cargan los cárteles, el palo que lo aguanta y al hijo puta que lo cultiva y distribuye. ¿O es que acaso ya no quedan 007, ni artículo 155 que los joda?

Tengo una mano en período transitorio, supongo, hecha trizas. Si señor, tres dedos de la diestra pulverizados, acompañado de un dolor insoportable y un temor wagneriano a darme algún golpecito. Llevo ya una semana con este coñazo. Bien es verdad que no he acudido todavía al galeno. Y aunque no tenga que elaborar albóndigas, pongamos por caso, si que necesito asistencia para atar el lazo de los zapatos, abrir una botella de vino o cortar el pan. Y no menciono el girar el volante en una curva. ¡Ostia! Que sacudida. Bien, resumiendo, uno de mis nietos es carne de cancha, deportista a ultranza, y como tal, dispone de ungüentos, pomadas, cremas o elixires mágicos contra los golpes o la mala leche de los contrincantes. He escogido un tubo de crema, a lo Colgate, y ya me he aplicado algunos apósitos del milagroso invento, aunque sigo igual. El caso es que me ha dado por leer las contraindicaciones y me he quedado de piedra. Visto lo leído no sería extraño encontrarme mi pobre mano por algún rincón de casa. Santo cielo, me puede pasar de todo, incluyendo el quedarme como un pajarito en el asiento del avión en el momento del despegue, que ya de por si aquel trance me produce ahogo, eso sí, conozco quien me aprieta en el cuello.

¿Y que me dicen de empinar el codo hasta extremos en que el hígado se queda como una momia? No es el titulo de una película. Que si el chupito, la copita de cava, el carajillete, el cervezote, el lingotazo playero, la lluvia dorada de morapio, el ron calentito a compartir con la Loli de turno, en fin, una verdadera destilería de fiambres. Diariamente, en todo el mundo, hay más cogorzas que poesías a las viñas. Es un verdadero escándalo lo que llega a beber la humanidad en sus diferentes opciones. Lo mismo que los efectos: Hígado a la menier, voladura de sesos, hígado al chicle, revoltillo de páncreas, soufflé de hígado y, para los iniciados en el tema, mousse de cirrosis con frutas del bosque.


Si es que, como diría Luciano, del tercero segunda, ¡Cagondiós! Tonses pa que silven los gobiennos.  

lunes, 4 de diciembre de 2017

ANOTACIONES EN EL CAMINO.

Según mis notas serían sobre las once de la mañana. Cruzaba el Puente del Milenio o de San Pablo y, por muy abrigado que fuese, el frío se cebaba en mi cara, afilado, cortante y húmedo. El Támesis discurría bajo mis pies sin otro objetivo que entregar sus aguas al mar. El flujo era rápido, desde Gloucestershire pasando por Oxford y Eton, ambas ciudades ligadas al mundo universitario y en el caso de Eton, elitismo del elitismo, ha proporcionado a Inglaterra nada menos que 19 primeros ministros. Aguas abajo el rio entregará su líquida mercancía a las gélidas aguas de Mar del Norte. A diferencia de otros ríos como el Rhin, Danubio o Mosa, el tráfico de barcazas es muy inferior, casi imperceptible en este tramo. Los graznidos de las gaviotas y sus vuelos rasantes en busca de algo que llevarse al pico, me resulta molesto, quizá aturdido por el frío. Las piernas no flaquean todavía pero la espalda es como si estuviera atravesada por mil dagas. Son días de andar y mucho. No conozco otra manera de conocer una ciudad, sus gentes, sus contrastes y, por descontado sus lugares emblemáticos, y aquí son casi interminables. Londres es una imponente ciudad, la ciudad de las ciudades. Las raíces del Imperio Británico saltan a la vista, fundiendo su glorioso pasado con un floreciente futuro, manifiesto en sus descomunales edificios en donde lo barroco y el modernismo comulgan en paz y esplendor.
Abonando 17 libras se me abre el paso a la catedral anglicana de San Pablo. En este fastuoso templo, en la zona más alta de Londres, se han celebrado los acontecimientos más importantes de la historia de Inglaterra. Su formidable cúpula con 111 metros de altura domina el horizonte de la ciudad. El frío se ha replegado en buena medida, cruzo el arco del templo y piso tierra firme en Paternoster Square. Esta plaza, al abrigo de la catedral, respira un aroma de sosiego, de paz. Todas las calles adyacentes vienen identificadas con el mismo nombre: Paternoster. Ignoro la razón. En medio de la plaza hay dispuestas una veintena o treintena de hamacas de color azul marcadas con una P. La gente da un respiro a sus castigados pies y se tiende plácidamente bajo un tímido sol. Yo les emulo y hago lo propio, me sumerjo en el azul tejido y cierro los ojos por un momento. Maldita espalda. Me sorprende ver una mesa de ping-pong en la calle en donde dos caballeros se baten a golpes de pala, uno encorbatado, el otro no. No creo haber visto otra ciudad con tantas corbatas como aquí, la gente autóctona viste bien, los turistas se encargan de poner colorido y sencillez en sus atuendos. Del mismo modo que ellos en verano, aparecen por Salou pareciéndose más a Tarzán de los monos que a un lord. Acaban de dar las doce del mediodía y comienzo a debatirme ante las dudas; ¿una pinta de cerveza rubia o negra? Me inclino por la rubia. Aquí los vasos o jarras son grandes, agradablemente fornidas, consistentes. Aunque después -sorry- aparezcan raudas las premuras de bajos. Las cafeterías suelen ser espléndidos establecimientos, algunos de ellos verdaderos templos de la decoración y el buen gusto. En muchas de ellas no sirven al sediento cliente, se va a la barra, se formula el correspondiente pedido, se abona, se coge el cubo de cerveza, y te diriges a donde más te plazca, mesa, misma barra o calle.



Salí del entorno espiritual y anduve por sinuosas y pintorescas calles llenas de pubs y abrevaderos varios. La cosa había cambiado en poco tiempo, me sentía abochornado y sudado. Puse el anorak dentro de una cabina de teléfonos roja en desuso, me desprendí del jersey, los guantes y las bragas faciales. Súbitamente se produjo un vendaval tan exagerado que no dejaba andar, moví las puertas giratorias y entré en los bajos del edificio cabezón o torcido. De inmediato me asaltaron dos individuos negros como dos castillos preguntándome a que planta iba. Me esforcé con mi inglés de la Conca de Barberà y rápidamente me invitaron a dejar el edificio. Un cristo, vamos. El hambre delataba su presencia y la vejiga reclamaba su derecho a la descompresión. A  la vuelta de la esquina había un restaurante español, pero eso ya es otra historia.    

martes, 28 de noviembre de 2017

SHETLAND

Supongamos que usted está frente a un aparador de ropa para caballero, expuesto todo el arsenal de prendas con sumo gusto y tintes navideños y, de pronto, sus ojos se detienen ante un jersey de lana Shetland de vivos colores y diseño propio de la marca. Y automáticamente se dice para sus adentros ¡coño que guapo es! Podría fardar con él, marcarme un tanto y, de pasada, disimular la estúpida barriga que no cesa de darme por el saco. Ya se lo imagina, ya se ve dentro de ese pedazo de tejido mullido, cálido y esponjoso al tacto, un diez, vamos. ¿Te lo has comprado en el corte inglés? ¡En el corte queee! Por favor, muchacho. Entonces le pego la mordida original y lo fulmino. La dependienta le suelta “Oh good, sir” con ese encanto y aplomo del Imperio Británico, mientras usted se examina ante el gran espejo, el gran delator de nuestras carencias y dedo acusador de los paupérrimos michelines. Caguentodo que barrigón, la madre que lo parió. Pero, que coño, a ver quien puede más, señorita, cuanto cuesta. ¡Santo cielo! Ciento cuarenta libras, que traducido a palabras entendedoras rondará los ciento cincuenta y siete euros, lo que vienen a ser veintiséis mil ciento veintitrés pelas. Ostia macho, vaya ostia, valga la redundancia. Me lo pondré el día del regreso a casa, más que nada por aquello de deslumbrar un poco. Aunque bien pensado como coño voy a deslumbrar con esta facha, con este bodegón entre pecho y bajuras. Pero si lo trincho en la maleta se va a arrugar o desmejorar sus nítidas trazas. ¿Y si me lo cuelgo a la espalda a lo Paul Newman? Pero vamos a ver, como coño lo cuelgo a la espalda si hace un frío de tres pares de cojones y llevo pelliza, bragas al cuello, gorro de lana a lo Brad Pitt y capucha. Mejor me lo llevo en la bolsa y ya veremos, eso sí, revisando la habitación a fondo antes de abandonarla. No sería el primer hotel en donde me dejo…



Hay situaciones en las que uno se siente como humillado, avergonzado, vigilado, sospechoso, delincuente o malnacido. Para mí una de las más escabrosas es en el momento de cruzar la zona aduanera o de la policía de cualquier aeropuerto. Qué quieren que les diga, verme andando descalzo, con los zapatos en la mano, el cinturón en una bandeja azul junto al abrigo, el teléfono, la tarjeta de embarque, la cartera, el cargador del teléfono, el gorro de NY, la cámara, no se cuantas cosas más y tres litros de mala leche. Ese jersey fuera, a la cinta. ¡Cómo que fuera! En puta camiseta Nike Just do It y los zapatos en la mano, presionando las rodillas para que no se me bajen los pantalones. Venga ya hombre, pero esto que coño es. Pip pip, vuelva a pasar por el arco, ¿lleva algo encima? Si, sí que llevo, llevo un saco de lágrimas, caguentodo. Ahora el de la bandeja, que es negro, ¿lleva el portátil en la mochila? Pues…no, solo la tableta. Pues sáquela de la mochila la pone en la bandeja con la mochila y la vuelve a pasar por la cinta. La madre que me parió, perderé el vuelo. Bueno ya está, pasó lo peor. Qué digo, ¿Cómo que ya está? pero si me quedan seis escaleras mecánicas y medio km. de pasillos hasta la puerta de embarque. Hace una hora que llevo el DNI atrapado en los dientes, no recuerdo donde guardé la tarjeta de embarque, el cinturón lo he apretado demasiado y me siento constreñido, la correa de la cámara la até al cinturón y a cada paso me va repicando los gemelos. ¡Diós, como me gusta viajar volando!¡Coño y el jersey! A la mierda el jersey. 

sábado, 18 de noviembre de 2017

LAS PALABRAS DEL ALMA ROTA (Anónimo).

No lejos de aquí el camino se bifurca y toma dos direcciones, una al oeste y la otra hacia el Norte. Es como una parábola de la vida, una encrucijada que se planta ante ti y debes tomar una decisión sin más remedio. Blanco o negro, derecha o izquierda, húmedo o seco, salida o entrada. Acierto o error. Hubo un tiempo en qué, sin apenas pensarlo ni saberlo, optaba siempre por la ruta del éxito, el camino acertado. La suerte jugaba a mi favor. La gente me saludaba y daba muestras de compartir mis ilusiones incluso, para qué negarlo, con una dulce y socarrona pátina de envidia. ¿Te van bien las cosas? Me alegro por ti, te lo mereces. El sol brillaba como nunca lo había hecho y la brisa colisionaba con las ramas secas y las plateadas hojas, originando una preciosa melodía de cristal. Desaparecieron autopistas y sinuosas carreteras, tampoco se conocían las distancias, bastaba con tener un sueño y amanecer en aquel lugar tan deseado. Acercar los labios a los pétalos de una rosa era como besar cien mejillas, cien labios, amar como nunca nadie había amado. Las palabras todas, átonas y tenues como el leve descenso de un riachuelo en la noche de luna.



Un desdichado día equivoqué el camino y la cagué. Me adentré en el bosque siguiendo el pedregoso sendero, llovía, hacía frío, y el viento azotaba la maleza  creando figuras fantasmales. Sin apenas dar por cierto mi espanto, atemorizado contemplé bajo la luz de un rayo como el lobo feroz se acercaba a mí con su asqueroso rostro ensangrentado. No había duda, acababa de zamparse a la abuelita de la zorra Caperucita. Me mordió el culo, pero pude evadirme. Bañado en sudor por la pesadilla, me encontraba en medio de la autopista sorteando veloces coches que parecían correr a por mí. Desperté bañado en sudor, sin duda erré el camino, nadie me saludaba, nadie tenía una palabra para mi consuelo, las cosas te van mal, verdad? Jódete cabronazo, te lo mereces. El sol se equivocó de planeta y vivía en las tinieblas, los ríos se desbordaron y salvé el pellejo en lo alto de un campanario en donde el jorobado, el muy canalla, no cesaba de aporrear las malditas campanas. Acerqué mis labios a una rosa y la muy puta me cosió a pinchos. Aquellos añorados cien labios me incrustaron unos pavorosos cuernos que me hicieron huir a brincos. Mientras se relamía entre los brazos (y las piernas) de su amante, me mandó un repugnante WhatsApp, diciéndome “Te añoro mucho”. Hostia que mala suerte la mía, me equivoqué de camino, de puerta, de color, y yo qué sé, coño, pero ahí voy cubierto de mierda hasta el cuello! Y sin luna.   

martes, 31 de octubre de 2017

LA FONDA DE LA HERMÍNIA. LOS VERANEANTES DE TODA LA VIDA. (2)

Los veraneantes de toda la vida (2ª parte)

Pedazo IX

El matrimonio formado por Narciso y Julia eran los padres de Julia, Elisenda y Roser. Las tres mellizas. Venían de Girona, creo que de La Bisbal. Narcís Raventós era un hombre de negocios muy destacado en el sector de la madera, ignoro si de palillos o muebles. Los veraneantes les tenían un gran respeto y se sentían halagados cuando hablaban con ellos o participaban de alguna excursión por los alrededores. Decían de ellos que olían a tinta, a tinta de billetes, ya saben, de cartera inflamada. Las niñas eran las muñequitas de la fonda durante la primera quincena de agosto. Incluso el Niño, debe hacer unos tres años, les construyó una carretilla para cada una, eso sí, por orden de Herminia, Caguendiós! Cogían piedrecitas de entre la mierda del jardín y las llevaban dentro la fonda, haciendo las delicias de la gente y el encabronamiento de Rosendu que tenía que ir detrás barriendo. Después las chicas del comedor encontraban incluso en el armario de los platos y mantelerías, las ponían dentro una caja de cartón y Niñooo! Caguendiós! Pero, pobrecitas, se les tenía que consentir todo porque quien paga manda, el Sr. Narcís paga y Herminia no está por gilipolleces. Un día que Herminia había bajado muy contenta, chupito seguro, mandó que les prepararan un picnic y que el Niño los llevara hasta la Fuente del Hierro a pasar el día. No importa que no tuviera carné de conducir, sabía y mucho. Mantente alerta de que no se haga daño nadie, no refunfuñes por nada y haz lo que te manden. Tienes mi bendición, Caguendiós! Una tarde de rayos y truenos al atardecer, antes de cenar, Rosendu dormía, el hombre de negocios madereros y la dueña tenían un estira y afloja en relación al mantenimiento del negocio, los estudios de inversión en mejoras y, en eso insistió mucho el Sr. Narciso, las cuentas de resultados y los umbrales de rentabilidad. Hacía rato que Herminia cerraba el ojo y redondeaba la morrera, y he aquí que intervino la señora Julia: Narciso, que la Sra. Herminia ya tiene de sobra con la dirección y conducción del negocio, no le calientes la cabeza. Bueno, sí, yo de números sé muy poco, es Rosendu quien hace estas cosas, seguía durmiendo, los resultados y los estudios de inversión supongo que los tiene en ese libraco grande de las reservas, gentileza de Codorniu. Y los umbrales, mire, eso está muy claro, todo lo que hay desde las rejas hacia dentro, es nuestro. Mire, cuando Rosendu cierra cada noche, y después sube arriba, llama a mi cuarto y esté despierta o duermiendo, me deja la caja de puros Coiba con la recaudación del día dentro, sobre la mesita de noche. Usted ya me entiende, esto es lo único que yo tengo claro y lo único que me interesa. Hostia Julia, no me esperaba tanto, ¿quieres decir que esta mujer sabe leer? Venga, calla y duerme.



Las dos primas, Alba y Antonieta no han faltado a la cita veraniega, y de eso ya hará unos diez años. Ahora deben estar en la raya de la cuarentena, más o menos. Cuando reservaron la primera vez, remarcaron muy ceremonialmente que no les pusieran dos camas, exigieron una cama de matrimonio. Y el año pasado, telefónicamente hablando, al confirmar las fechas, última semana de julio y primera de agosto, les preguntaron si podían cambiar la cama por una de las de hoy día, de dos metros casi. Herminia con mucho tacto y deshaciéndose en amabilidades y elogios les dijo que muy lamentablemente esto ya no era posible, porque su suministrador de camas está en Francia y ya no hay tiempo material para la gestión. Esto es lo que les dijo. ¡Que se vayan a follar al armario si no les basta con la cama que tienen, las primitas, anda ya! Y eso es lo que dijo cuando concluyó la conversación telefónica. No había duda de que tenían como clientes a un par de lesbianas, de primitas, nada. Ya noté algo extraño. Le comentó  a Rosendu el segundo año, porque él de por sí no se da cuenta de nada. Fíjate, Rosendu, aquel par son lesbianas. Qué quieres decir, ¿que son políticas? También una mañana, cuando bajó la niña quiso comentárselo. Sabes una cosa nena, Alba y Antonieta son tortilleras. Por el amor de Dios, mamá, querrás decir lesbianas, ¿no? Hoy ya no hay tabúes afortunadamente con estas cosas, son gente como nosotros, como todo el mundo. Es una opción personal y muy respetable. La gerente dio un portazo y bajando las escaleras, yo no entiendo esta criatura, que ya no hay tuboes dice y que son como nosotros, Virgen de las Nieves! Pero lo más gordo pasó otro día en que el Niño pasaba la escoba por la alfombra de recepción, Antonieta salía del comedor después de inyectarse un café con leche y los cuernos crujientes de un croissant. No se sabe cómo, el caso es que cuando se cruzaron alguien le tocó el culo a la veraneante y allí sólo había la escoba y el Niño. Se montó un cirio descontrolado porque Antonieta se sintió muy ofendida por el tocamiento. Yo creo que se debía a que la mano traviesa era la de un hombre. Acudió Herminia para interrogar el Niño, Caguendiós, muy exaltada y con el ojo cerrado. Yo pienso que exageraba porque el culo tocado era el de una mujer que no era ella. Las dos chicas eran muy correctas en los saludos y tenían palabras de cortesía con todos. Si bien trataban de esquivar las conversaciones o la participación en juegos de mesa o tertulias de media tarde. Tampoco les hacían ascos a las butifarras con judías ni a los plátanos de fácil pelado. Pero para miradas cómplices, las que dedicaban a las dos chicas del comedor. Desde aquel episodio tan aterrador y delicado de tratar, del culo y la escoba, las señoritas lesbianas exigieron amenazantes de que el Niño no fuese nunca más a llevarlas ni a buscarlas a la estación. Caguendiós. El tema es de aquellos que se han de coger con pinzas y mucho cuidado, pero, aun así, el personal de la cocina hacía unas coñas y unos hartones de risa que iban mucho más allá de lo permisible. El día que se restregaron dos manzanas por los bajos del delantal y les dijeron a las chicas, llevad las manzanas a ese par de croquetas, a ver si mañana nos saludan como Dios manda. No sé a dónde vamos a llegar! Siempre que ya marchan hacia Barcelona, ​​en Rosendu dice parsimonioso desde encima el taburete, joder tanto alboroto, más valen dos tortilleras que un par de maricones! Quién lo parió, será borde! Tosco, ignorante y burro ... además de vago.
Continuará.

martes, 24 de octubre de 2017

LA FONDA DE LA HERMINIA. LOS VERANEANTES DE TODA LA VIDA (1ª PARTE)

Pedazo VIII

LOS VERANEANTES DE TODA LA VIDA (1ª parte)

Como todas las fondas, en Ca l’Herminia tenían una clientela muy fidelizada, hasta el punto de que algunas familias ya eran la tercera generación en pasar el verano allí. Cierto que en los últimos veinte años la clientela ha envejecido mucho y tampoco se ha ido renovando como pasaba en años anteriores. En ocasiones el comedor parecía la antesala del más allá. Por no mencionar los avances de todo tipo, las ofertas de hoy y el talante de la gente que es muy diferente. Ahora viene gente joven que al día siguiente han de hacer una travesía de montañas, y se limitan a cenar y dormir. Sí que hay veraneantes, pero menos. Y grupos, muchos grupos de chicos y chicas que cenan y beben como condenados a muerte y luego salen al jardín a tocar la guitarra y cantar, y esto a Caguendiós no le gusta nada. O poner de vuelta y media la fonda y al recepcionista perrazo con la raya sobre la oreja. Y claro, por si fuera poco se mean por los cuatro puntos cardinales de lo que queda  de la mierda de jardín.
Los veraneantes daban vida a la fonda y al pueblo entero. La propietaria, de buena mañana ya llevaba impecablemente pintada la morrera y ladeaba las ancas con soltura por en medio de las mesas ¿ya le han servido la crema catalana estas chicas? Durante estos dos meses el Niño iba como loco arriba y abajo, cada día al menos una avería de mayor o menor importancia, Caguendiós! Destornillador, alicates, roscas del cuatro y alambre, arriba y abajo! Si no me compráis guantes no saco la mierda, eh! Eso sí, por la noche premio, lametazo y chupetón! ¡Glups! Y eso se notaba, se nota. El día que Herminia ha mojado por la noche, va más arregladita, bien pintada, bien peinada, a veces con delantal azul cielo y unas puntillas blancas que la hacen un verdadero amor de mujer, se nota que es una recalentada satisfecha, incluso las ollas a presión las lleva, como lo diría, más apretaditas, más en su sitio y el canalillo ni que decirlo, comestible del todo. Bien que lo saben los que antes llamaban viajantes, estos siempre saben de todo. Después de cenar echaban unas partiditas de cartas y Herminia no se estaba de pasar a menudo, todo bien, que falta algo? De lo que después ellos comentaban me abstengo, no estamos para indecencias ni flatulencias. Este oficio casi ha desaparecido con internet y las nuevas maneras de comunicarse. Y si circula alguno ya no es un viajante o representante, no, han mejorado el estatus, ahora es un técnico / corporativo / de aprovisionamiento, medalla al mérito de ventas que no les obsta para mirarse igualmente el culo de Herminia. ¿Y el bueno de Rosendu? Pues holgazaneando, como siempre. Sentado en el taburete de recepción hojeando los santos del Lecturas. Se enfada como un mono cuando Herminia le escupe un grito ¡Rosendu! Por favor! Levanta el culo y lleva una baraja de cartas y el tapete verde a los Sres. Guilleumes! Familia de latón sin pulir que se han destacado desde siempre por tocar los cojones cada dos por tres, con demandas ilógicas, alabanzas fuera de contexto o ficticios refinamientos del pixapins no viajado. No tengo la menor duda de que todo se debe al detallista comportamiento de Herminia, porque cuando terminan su estancia hacia finales de agosto, en el momento de la partida, les endosa un jamón dentro del maletero del coche. Jamón que ni el Dr. Ulldemolins sería capaz de recomendar a Amelia, maloliente y seco, el gozo de Teruel ¡toma ya! Solían pasar todo el agosto.



Por cierto, hablando de los Guilleumes, me viene a la memoria aquella famosa cena de fin de año del 97 en que por un desgraciado incidente doméstico, podríamos decir, el reloj de pesas dejó de funcionar, muerto, sin dar la hora, tumbado en el suelo como un ataúd cualquiera. Bailaban la conga alrededor de las mesas unas veinte personas, la última el Sr. Guilleumes, y ya se sabe que el último es el que se zarandea más, de un lado al otro. Resulta que con un latigazo de la conga, Guilleumes salió disparado yendo a dar de frente contra el reloj,  donde dejó incrustada una buena porción de su epidermis facial. Tendido en el suelo como una lubina al horno, las señoras chillando, los señores intentando escenificar preocupación, y la dueña de la fonda llamando a Rosendu y el Niño a gritos. El Niño juntó tres tablas y de un manotazo barrió uvas, turrones y barquillos a la mierda. Lo tendieron allí y el Dr. Ulldemolins se hizo con  la situación bajo un silencio impuesto y ciertamente sepulcral. Las chicas de servicio enmudecieron el tocadiscos. Aunque el accidentado hiciera una cara de susto que daba miedo, no fue inconveniente para que el doctor lo sometiera a un riguroso examen de constantes vitales. Afortunadamente, al cabo de un rato se reincorporó y con el rostro sonriente se dirigió a los componentes de la conga y clientes en general para notificarles: el año nuevo nos trae una buena nueva, este señor se ha hecho una pequeña herida en la frente, motivada por el impacto de su cuerpo contra la madera del reloj. Penosa consecuencia de la melopea que lleva, que no es poca, y que yo diagnostico como desvanecimiento agudo de ignorada procedencia. Cama, larga sueño, y apósitos de agua caliente en la cabeza hasta mañana por la tarde. Naturalmente del diagnóstico del Dr. Ulldemolins no hizo caso nadie, más que nada porque la merluza que calzaba el doctor era de cátedra, y el resto de comensales, aparte de exhibir cara de cadáveres todos, ya ni se aguantaban los pedos. Feliz año nuevo a todos! Amelia estalló con aplausos y las chicas se arrancaron con el carro de Manolo Escobar, qué se lo habian robado. Rosendu y Niño! Subid al Sr. Guilleumes a su habitación y vigilad que va meado hasta los calcetines. Caguendiós! Recoged la colcha! Pero si la colcha es un trapo deshilachado y tiñoso, Caguendiós, la madre que la parió, morros de coño, decía el bueno de Rosendu, para sus adentros.

Continuará.

domingo, 15 de octubre de 2017

LA FONDA DE LA HERMINIA (CAGUENDIÓS)

Pedazo VII

CAGUENDIÓS (EL NIÑO)

En este caso Caguendiós no es un exabrupto, es el Niño. Algo siniestro el personaje sí que lo es, tiene 46 años y hace veinte y cuatro que fue bautizado como el Niño y entró a formar parte de la saga de Ca l’Herminia. Se destaca por no abrir casi nunca la boca, habla muy poco. Entiende perfectamente el catalán, pero lo poco que habla siempre lo hace en castellano. Tan sólo utiliza una palabra, un mote, con el semblante ausente: Caguendiós! No da para más. Seguramente en otra casa podría pasar perfectamente como el niño de los recados o niño para todo, pero no es el caso, esta descripción escondería unas connotaciones burlescas y el Niño es algo más serio. Él se ocupa en exclusiva de todas aquellas tareas de conservación y mantenimiento que afecten a la fonda. Lleva un lápiz siempre en la oreja sólo para marcar puntos o hacer señales. Es hombre de soluciones drásticas y normalmente sale airoso. Es cierto que, si no le mandan, él no mueve un dedo. Y como quien debe mandar, no manda por incompetencia manifiesta, vive con holgada comodidad y una inactividad igualmente manifiesta y placentera. Por norma no se levanta nunca antes de las nueve, ni después. Un día a la semana toda su atención la invierte en los grifos de los lavabos y boyas de las cisternas, en verano. A pesar de las reformas, siguen siendo las de origen y se estropean un día sí y otro, también. Igualmente son frecuentes los atascos de aguas fecales, tuberías y los canalones de bajada que están en muy mal estado, por suerte esto no lo revisan los de Hasienda. Es trabajo del Niño. En ocasiones se cruza con algún cliente de los de toda la vida, y el conocimiento y confianza les permite alguna sugerencia, Niño, cuando puedas mírate el inodoro de la 12 por favor. Y mientras siguen su camino ... es muy buen chico el Niño, alabanza que se cruza con un rumor que se va alejando, Caguendiós! El día que está por arriba con la caja de herramientas en una mano y en la otra una mala leche de aquí te espero, se oye como un hilo musical continuo donde insistente y repetidamente sólo se oye la canción del Caguendiós por todas partes. Nadie sabe de dónde ha salido, ni quiénes son sus padres, ni tiene carné de identidad, ni seguros, ni ha salido del pueblo. Si alguna vez se ha sentido indispuesto, Herminia lo ha enviado al Dr. Ulldemolins para que le echara un vistazo. No es nada Niño, tan solo cansancio, o, bájate los pantalones que comprobaremos los reflejos. ¡Tú lo que necesitas es penicilina y cama, dale este sobre a la Sra. Herminia y que te lo compre todo! Caguendiós! La gripe!
Coincidiendo con lo de los veintiocho años, este es el tiempo que hace que Rosendu hizo un viaje de una semana entera a Madrid. Nadie ha sabido nunca la razón de este viaje, que compartía con otros colegas fondistas de la demarcación. Porque no es que sea burro, es que nació asno y con una pereza imbatible. ¿Qué podía hacer él en un congreso, si apenas sabe escribir su nombre con mayúsculas? Pues fue. Mientras tanto, la Herminia se fue a Barcelona a pasar un par de días en casa de una amiga. Por aquel entonces Herminia se sentía valiente y nada le daba miedo. Desmontando la cosa, ni amiga ni casa, ni hostias. Andaba quemada y caliente como un hierro en el yunque, ¡maldito Rosendu!, y se pasó dos días enteros, con sus noches, dándole a la manivela de una manera diabólica, que no detuvo hasta que el pito de las actuales ollas a presión no la alertaron de que el pato ya estaba cocido. Flamenca y dominante exprimió aquel niño, abatido, inerte, afligido y debilitado. Con el manubrio retorcido, vamos. Estoy solo señora, no tengo donde ir. Caguendiós, pensó ella. Dicho y hecho, hacia Rocanúa. A ver si te aprendes esto, niño. Tú has venido aquí pidiendo trabajo. Es todo lo que tienes que decir. Aquí en casa no te faltará de nada. Rosendu toleró porque no quería gritos ni escándalos, pero mosca en la oreja, la tenía, sí. Pero hombre, no ves que es un buen muchacho, llegó famélico y atemorizado, tan sólo quería trabajo y tiene muy buenas manos (Y lo otro, no veas) Dormirá en la caseta de atrás, en el jardín, y ya verás como no molestará para nada, es muy prudente. Santo cielo! La caseta era una mierda integral, llena de grietas y ratones, se guardaba la leña y los útiles de jardinería, que nadie usaba, claro. ¿Y cuando lleguen las heladas de invierno? Que la limpie Rosendu. No le dijo que el niño era un cagüendiosero de alquiler, claro. Desde que tuvo este cambio de impresiones con su marido durante la presentación del Niño, Herminia empezó a sentirse desazonada, a tener escalofríos, asustada incluso podía describir su estado. Hola Ulldemolins, estarás en casa esta tarde o subirás arriba? A las seis, gracias. El doctor le hizo lo que se hace en estos casos y desapareció un rato en su laboratorio. Enhorabuena Herminia, estás preñada. Con la mirada clavada en las asquerosas baldosas y los ojos humedecidos, pensó, Caguendiós! Sin perder el aliento ni un minuto, durante la cena, le dijo a Rosendu: Rosendu, esta noche me has de hacer el amor. ¿Qué te has vuelto loca? Pero ella estaba ausente, encantada, ya se lo había dicho, y ahora pensaba como haría el amor con aquel pedazo de asno que sólo de verlo le venían arcadas. Pero no había alternativa, todo o nada. La verdad es que necesitó dos horas y media para poner aquel hombre en condiciones de aprovecharlo, pero cuando vino el momento clave el Rosendu hizo un intento de levantarse, pero ¡coño! Herminia se lo apretujó tan fuerte contra sus tetas que el tipo no tuvo opción, voy pallá! ¿Pero qué has hecho, Hermínia? Enhorabuena Herminia, ahora sí, te acabas de comprar un papá.
El Niño comía aparte, nunca mejor dicho. No participaba en casi nada y comía en un rincón de la cocina, bajo la escalera. Las mujeres de la cocina, como que nunca les decía nada, le colgaron el muerto de que quizás era un rasca sotanas. Y obviamente que no lo era. Un atontado dijeron una vez, habladurías sin ton ni son. Si hubieran conocido que la mejor defensa que tenía el Niño era un arma de un solo cañón entre las piernas, fuertemente agresiva, puede que no le hubieran dicho tantas tonterías. Comía, callaba y se iba, sin mirarlas, y eso las sacaba de quicio, picha corta, coño! Pobres ilusas. Pero él las ignoraba, tenía su abrevadero arriba, en el primer piso, detrás de las cortinas que tapaban la puerta que ni los bomberos la podrían abrir, sólo él, Caguendiós! Herminia se hizo un juramento recién nacida la niña, un día de otoño, con las calles vacías y las cuatro tiendas aún más vacías, se puso un pañuelo en la cabeza y casi de noche se fue a ver Nuestra Señora de las Nieves. Hola Nieves. No es necesario que me regañes, bien lo sé que no vengo nunca a verte, quiero que me ayudes. Dame fuerzas para que nunca se me escape, que no tenga ningún momento de debilidad, guárdame de las tentaciones del demonio porque nunca nadie llegue a enterarse de que el Niño es el padre de Dolores. No lo debe saber nunca nadie, ni el tarugo de Rosendu. El Niño, tampoco.


Continuará.